Juan Zenone nació en Piossasco, Novara, Italia. Hay divergencia en la documentación sobre su fecha de nacimiento. El P. Pietro Stella, quien redactó su carta mortuoria, dice que tenía 69 años al morir, y el libro de Salesiani Defunti dice que tenía 73 años.
Quedó huérfano de padre y madre a los 9 años de edad. Estudió en el San Juan Evangelista de Turín y terminó el secundario en Valsálice. Fue alumno protegido de Felipe Rinaldi, quien lo apreciaba mucho. Realizó los votos perpetuos en 1890 en Foglizzo, Turín, y se ordenó sacerdote en Punta Arenas, Chile, en 1895.
Vino a América en 1892 donde permaneció hasta 1923. Llegó a la misión de la Candelaria en agosto de 1895. Fue el primer maestro rural de los nativos.
El padre Beauvoir en sus memorias, entre otras cosas, escribió de Zenone:
Si bien de constitución muy delicada y de salud precaria, trabajaba como un mártir, atendiendo constantemente a los niños... Les daba clase cuatro horas por día, los asistía siempre y en todas partes con singular paciencia. Los ocupaba con la música y con variados trabajitos, los llevaba a paseo; era paciente con ellos, tolerando sus travesuras infantiles, y muy benigno al corregirlos y castigarlos cuando cometían faltas. Era de una humildad y obediencia a toda prueba; atento y activo: en suma, el padre Juan Zenone era muy virtuoso; era un verdadero salesiano. Por eso, todos lo apreciaban. Doy gracias a Dios por haberme tocado un compañero así.
Fundó la casa de Santa Inés en el Río Fuego, con la intención de acoger a los indios desalojados de la Isla Dawson. Esa casa funcionó tres lustros, fue su primer y único director. Fundó además la casa de San José del Lago Fagnano, actual Tolhuin. Y vivió algún tiempo en en la actual Estancia Viamonte a 47 km al sur de Río Grande, junto con los hermanos Bridges, protestantes, enseñando a los originarios a criar, bañar y esquilar ovejas, de modo que pudieran insertarse en el mercado laboral.
Aprendió el idioma y dejó escritos vocabularios. Dejó su trabajo registrado en los libros de bautismo de campo, un verdadero tesoro no sólo para la Iglesia, ya que rinden cuenta de la existencia de unos trescientos selk’nam en el territorio que recibieron el bautismo. Él es el cronista de los primeros años de la misión. Sus relatos no registran el frío ni las adversidades de la misión, sin embargo, registra las muertes de los indios como lo único que sucede en el día y a veces en la semana, de lo que inferimos que ha sufrido mucho al respecto.
El frío y las condiciones precarias de la vida en el extremo sur habían minado su salud. Comenzó a beber, lo que le generó deudas y dificultades con sus hermanos y superiores. Restringieron sus movimientos y debía pedir permiso para salir.
Los últimos años, ya enfermo de alcoholismo, regresó en 1923 a su tierra natal en Piossasco Italia, donde murió el 23 de marzo de 1941.
Artémides Zatti, nació en Boretto, Italia, el 12 de octubre de 1880. Lo bautizaron ese mismo día en la parroquia San Marcos. Hijo de Luis Zatti y Albina Vecchi, fue el tercero de ocho hermanos. Emigró con toda la familia, llegando al puerto de Buenos Aires, Argentina, el 9 de febrero de 1897 en el vapor Vittoria. Desde allí se trasladaron a Bahía Blanca, donde los esperaba el tío Juan Zatti con una casa preparada en la calle Lavalle 327. Al poco tiempo, se trasladaron a Sarmiento 385, más cerca de la plaza de la ciudad.
La primera visita familiar que hicieron fue a la parroquia, para presentarse ante el párroco, como se acostumbraba en Italia. Era la única parroquia bahiense de entonces, dedicada a “Nuestra Señora de la Merced”, hoy catedral de la ciudad.
Artémides, junto a dos de sus hermanos, consiguió trabajo en una fábrica de mosaicos de la familia Tissot. Cada mañana, antes de ir a trabajar, asistía a misa y por la tarde, el tiempo que le dejaba libre su trabajo en la fábrica, solía pasarlo en la parroquia, ayudando al padre Carlo Cavalli, SDB, acompañándolo en algún funeral o en sus visitas a los enfermos. En poco tiempo el sacerdote se convirtió en su confesor y consejero y fue a instancias suyas que, el 19 de abril de 1900, ingresó al Aspirantado Salesiano en Bernal.
Artémides había ido a la escuela en Italia hasta cuarto grado y nunca había estudiado formalmente el español. En Bernal tuvo que retomar los estudios después de once años y afrontar el nivel secundario, que incluía clases de latín. En 1901 él mismo, en cartas enviadas a su familia, manifiesta la alegría y el entusiasmo con el que vivía sus días en Bernal. Así como la preparación para recibir la sotana, ceremonia con la que, en ese tiempo, se daba comienzo formalmente al año de noviciado para ser luego, salesiano.
Sin embargo, el 4 de enero de 1902, murió en Bernal un joven sacerdote, enfermo de tuberculosis. Artémides era uno de los que lo habían cuidado y contrajo la enfermedad. Sus compañeros recibieron la sotana el 27 de febrero de 1902, en cambio él, en esos días, partió nuevamente hacia Bahía Blanca para regresar a su casa familiar, con un sueño truncado.
Por recomendación del padre Carlo Cavalli, retomó otra etapa de su viaje, esta vez hacia Viedma, Río Negro. Llegó el 4 de marzo de 1902.
Su salud debilitada fue una de las preocupaciones durante los primeros años en Viedma. Le asignaron tareas sencillas. No mejoraba. Con frecuentes crisis de fiebre y expectoraciones con sangre proveniente de sus pulmones, las expectativas no eran positivas. Por eso, el padre Evasio Garrone, al frente del hospital y su director espiritual, le propuso que hiciera una promesa a la Virgen que, si se curaba de su mal, consagraría su vida al cuidado de los enfermos en el Hospital “San José” de Viedma. Zatti mismo, en 1915, en una edición especial del periódico “Las flores del Campo”, en homenaje al padre Garrone, escribió:
Si yo estoy bueno y sano y en estado de poder hacer algún bien a mis prójimos enfermos, se lo debo al padre Garrone, doctor, quien viendo que mi salud empeoraba cada día, me dijo terminantemente que, si no quería concluir como otros tantos, hiciera una promesa a María Auxiliadora, de permanecer siempre a su lado ayudándole en la cura de los enfermos y él, confiando en María, me sanaría... De allí su famosa expresión: “creí, prometí, sané”.
El deseo de Artémides era ser sacerdote, pero su enfermedad y las normas de la Congregación hicieron que pasara varios años viviendo en la Comunidad salesiana de Viedma, prácticamente como un Salesiano más, pero sin ingresar formalmente al noviciado y sin hacer la profesión religiosa como Salesiano.
En 1902 se instaló en Patagones el noviciado salesiano. Aunque no hay constancia que Zatti asistiera, ya que en esa época no dejó de residir en Viedma, es probable que haya cruzado el Río Negro para asistir a las conferencias del maestro de novicios y para sostener conversaciones personales con él. De lo que sí hay constancia es que el 18 de enero de 1907, después de haber superado “la prueba del noviciado” (sic) Zatti pidió ser admitido como Salesiano Coadjutor. La admisión llegó un año más tarde. El 11 de enero de 1908 hizo su primera profesión religiosa y el 18 de febrero de 1911 profesó como Salesiano Coadjutor.
Cuando Zatti llegó a Viedma, ya hacía trece años que el padre Evasio Garrone estaba a cargo del Hospital “San José” y seis que se había organizado la farmacia “San Francisco de Sales”. A medida que su salud iba mejorando, Artémides dedicaba más tiempo a trabajar en la botica y en el hospital, donde fue aprendiendo el oficio y asumiendo responsabilidades.
En Italia, había cursado algunos años de nivel primario. En Bernal debió interrumpir los estudios a causa de la tuberculosis. En Viedma y en franca recuperación de su enfermedad, intentó hacer el nivel secundario a distancia en un instituto privado porteño. Sin embargo, la correspondencia de aquella época, estudiada por el padre Entraigas para su biografía, muestra que, a pesar del esfuerzo de Zatti, se interrumpió. Sin el secundario completo, debió renunciar a la posibilidad del título universitario de farmacéutico, pero con mucho esfuerzo, pudo conseguir el de idóneo en farmacia. Lo atestigua un diploma de la Dirección General de Salubridad y Obras Sanitarias de la Provincia de Buenos Aires fechado en La Plata, el 30 de mayo de 1917 qué dice: “Aprobado en los exámenes rendidos ante esta dirección el 28 de mayo de 1917, Artémides Zatti, de nacionalidad italiano, de 36 años, queda reconocido como Idóneo en Farmacia.”
Cuando murió el padre Garrone, en 1911, asumió como vicedirector, administrador y enfermero del Hospital “San José”. No hay notificación oficial que designe a Zatti con alguna responsabilidad respecto al hospital, pero en su proceso de beatificación se testificó:
La responsabilidad directiva del Hospital recayó sobre él casi espontáneamente, porque antes que muriera el padre Garrone, hacía tiempo que ejercía como farmacéutico y enfermero. Muriendo el padre Garrone, no quedaba otro en su lugar y lo ocupó Zatti con la anuencia de los superiores.
El padre Luis Pedemonte, primer inspector salesiano con sede en Viedma, al asumir en 1912, comprendió la importancia real y simbólica del “Hospital San José” y, al conocer a Zatti, constató que necesitaba y merecía ser apoyado en su empeño. Para eso, consiguió el aval del Rector Mayor, Pablo Albera, calculó el costo de la obra, consiguió benefactores, consiguió ayuda del gobierno y puso la piedra fundamental. Pero quien se encargó de dirigir los trabajos de la edificación y la provisión de materiales fue Artémides Zatti. Ambos se complementaron en el trabajo a favor de los enfermos. El Coadjutor Antonio Patriarca brindó su experiencia de constructor y el 5 de septiembre de 1915 se inauguró solemnemente la planta baja del nuevo Hospital. Ya en 1913 se habían creado Centros de Asistencia Pública en Viedma, San Antonio, Valcheta y Conesa, pero al carecer de internación y sala de operaciones, derivaban a quienes lo necesitaban al Hospital “San José”.
En su biografía titulada “El Pariente de los pobres”, el padre Raúl Entraigas dice acerca de las tareas de Zatti en el hospital:
Su labor no era naturalmente burocrática. Era director porque él lo hacía todo: contrataba, dirigía y pagaba al personal, compraba la leche y la verdura para los enfermos, vigilaba la limpieza de las reparticiones (...) Sobre todo, debía buscar lo necesario para pagar lo que consumía el hospital.
Su extensa jornada comenzaba a las 4:30 h o 5 de la mañana y, a lo largo del día, alternaba la atención personalizada a los enfermos del hospital y los domiciliarios distribuidos por toda la Comarca, con las prácticas religiosas de su comunidad. Trabajaba en la farmacia, hacía reparaciones, respondía correspondencia y se reunía con las enfermeras acompañándolas para el buen funcionamiento del hospital.
También fue enfermero del colegio “San Francisco de Sales”, del colegio de las Hermanas de “María Auxiliadora”, del “Círculo de Obreros Católicos” y de la Cárcel de Viedma.
En el discurso que el Dr. Fernando Molinari pronunció al inaugurar un monumento en su memoria, en 1956, se rescata la personalidad y los valores que sustentaron su accionar cotidiano:
Es imposible no recordar las andanzas en su bicicleta, sus rondas incansables, con su clásico guardapolvo blanco anudado a la cintura, saludado con cariño por cuántos encontraba a su paso. En el lento rodar de su bicicleta había tiempo para todo... Un saludo afectuoso, la palabra cordial, el consejo mesurado, alguna indicación terapéutica, ayuda espontánea y desinteresada... Sus amplios bolsillos estaban siempre repletos de medicamentos qué distribuía a manos llenas entre los necesitados. Recorría uno a uno cuánto llamado recibiera, prodigando no solo sus conocimientos en medicina, que los tenía y muy sólidos, sino también confianza, optimismo y la fe que irradiaba su sonrisa constante ancha y dulce y la bondad de su mirada.
En 1914 Zatti obtuvo la ciudadanía argentina.
En 1934 al crearse la diócesis de Viedma aparece la necesidad de establecer una sede para su primer obispo, el salesiano Nicolás Esandi. Con este objetivo se decidió encarar la construcción de la curia episcopal, al lado de la catedral y frente a la plaza, justo en el espacio que ocupaba el Hospital San José.
La congregación dispuso el traslado del hospital al terreno de la Escuela Agrícola San Isidro, en las afueras del pueblo. Comenzaron con los trabajos de demolición inmediatamente, incluso antes de poder retirar a todos los enfermos del lugar, y sin poder acondicionar el espacio asignado para su atención. Fue una decisión administrativa que no tuvo consideración de las personas, de los enfermos y mucho menos, del trabajo que había desarrollado Artémides Zatti.
Fueron 48 años de trabajo en el Hospital “San José” durante los cuales creció su fama de santidad.
El 15 de marzo de 1951 a los 70 años de edad, falleció en el Hospital de la quinta San Isidro en Viedma, como consecuencia de cáncer en el hígado. Sus restos fueron depositados en el panteón salesiano del cementerio de Viedma. Posteriormente, el 13 de diciembre de 1981, fueron trasladados a la parroquia Don Bosco de la misma ciudad.
El 14 de diciembre de 1952 se designó una calle de Viedma con el nombre de Artémides Zatti. En 1954 el padre Raúl Entraigas publicó su primera biografía y, el 13 de diciembre de 1975 se puso su nombre al Hospital Vecinal de Viedma.
Desde el 22 de marzo de 1980 hasta el 17 de mayo de 1982 se realizó la investigación diocesana en Viedma para la causa de beatificación. El 19 de abril de 1980 Carlos Bosio, sanó milagrosamente, hecho que fue atribuido a su intercesión. El 6 de febrero 2001 el papa San Juan Pablo II aprobó este milagro y lo beatificó, en Roma, el 14 de abril de 2002.
En agosto de 2016 se produjo otro milagro atribuido a su intercesión, en Filipinas. El papa Francisco lo aprobó para su canonización celebrada en Roma el 9 de octubre de 2022.
Bernardo Vacchina nació el 19 de marzo de 1859, en Revignano d' Astí, uno de los tantos pueblitos que rodean la capital del Piamonte, pertenecientes a la provincia de Alessandria, Italia. Hijo menor de una familia de campesinos.
Los primeros años de su infancia los pasó en la casa familiar y ayudando en las tareas campesinas. En esos tiempos la fama de Don Bosco, tanto como sus escritos y el trabajo educativo con los jóvenes pobres y abandonados se iba difundiendo en esa zona norteña italiana. Esto habría alimentando en Bernardo el deseo de conocer el Oratorio de Turín, al que ingresó en 1873.
Vacchina descubrió en Don Bosco una personalidad de un carisma y afecto que llamaron su atención. En 1875 cursaba el bachillerato, enfermó gravemente de tifus. Pero Don Bosco le vaticinó una larga y prolífica vida. Los tiempos que vivió en el oratorio fueron los años de la "euforia misionera por la patagonia”.
Vacchina llegó a América en 1880, tomó contacto con Luis Lasagna y fue encomendado a trabajar como secretario del nuncio, Monseñor Luis Matera. La experiencia no fue buena y pidió ser relevado.
Hacia el año 1882 Vacchina fue destinado a la comunidad de San Nicolás de los Arroyos. En abril, monseñor Aneiros, lo ordenó sacerdote.
Durante 1883, 1884 y 1887 residió en la parroquia San Juan Evangelista, primera parroquia salesiana de América, en el barrio porteño de La Boca. Interrumpidos en 1885 y 1886 en que residió en la comunidad de San Carlos del barrio de Almagro, donde trabajó en una experiencia de vanguardia que fue la implementación de la catequesis en los colegios estatales.
En 1887 Cagliero le pidió que se hiciera cargo de la parroquia de Viedma donde residió entre 1888 y 1892. Como párroco de Viedma, que era la casa central de las misiones del vicariato, el novel misionero tuvo que ir desplegando su creatividad para seguir afianzando la obra de la Iglesia en la región. Asumió la responsabilidad de abrir el colegio, el oratorio, hacerse cargo del cuarto grado, y de recibir a los primeros 12 pupilos “... entre los cuales cuatro eran indiecitos”. Intercedió ante las autoridades para mejorar el cementerio y empezó a recorrer los rancheríos en busca especialmente de los enfermos.
Como director de Viedma creó en 1889 su obra de mayor impacto social: el Hospital "San José" de Viedma. La precariedad de los pobladores se veía reflejada también en las severas dificultades de salud que experimentaban sobre todo los más pobres.
En 1891 realizó una misión itinerante en el sur de la provincia de Buenos Aires, jurisdicción de la parroquia de Bahía Blanca, a cargo del padre salesiano Miguel Borghino: por Coronel Suárez, Pigüé, Saavedra, Arroyo Corto, Torquinst, Napostá, Vitícola, Colonias rusas, Coronel Suárez, entre otras predicando, catequizando, casando, visitando enfermos y sobre todo preparando primeras comuniones.
Esta fue la única experiencia como misionero solitario de Vacchina, y de tal manera marcó su corazón, que escribió una memoria aparte para describir lo que vivió en esos días. Terminada su misión, se dirigió a Bahía Blanca a rendir cuenta al párroco, y transcribir los datos de la administración de los sacramentos realizados. Luego de culminado este trámite se dirige a Buenos Aires. Allí, en 1892 recibió la designación como capellán del Chubut.
Vacchina tomó posesión de la misión de Rawson el 4 de diciembre de 1892 en un informe del 26 de diciembre que remite al vicario con los proyectos a realizar que podemos sintetizar en:
• Abrir dos colegios, uno para niños y otro para niñas a cargo de los salesianos y las Hijas de María Auxiliadora respectivamente.
• Abrir un pequeño pupilaje y una escuela de Artes y Oficios... para los indios, para los católicos y para los protestantes...;
• Abrir una enfermería para los adultos;
• Pide recursos para emprender la expedición al interior de la provincia, para comenzar la evangelización de los aborígenes que "... es la obra máxima y la que importa mayores sacrificios".
La primera concreción será la atención de los enfermos, que del mismo modo que en Viedma, se fue dando espontáneamente. Poco a poco se fue constituyendo en algo permanente que fue dando forma a lo que sería el hospital "Buen Pastor" de Rawson. A mediados de 1893 ya funcionaba la escuela de varones. Al poco tiempo, y aprovechando la visita del padre Domingo Milanesio en Rawson, Vacchina parte a Buenos Aires con el fin de conseguir recursos para afianzar la misión y traer a las Hijas de María Auxiliadora para abrir el colegio de niñas. En la Capital logra reunirse incluso con el presidente Sáenz Peña, que le ofrece una importante ayuda económica. No tuvo tanto éxito en el Consejo Nacional de Educación ante una propuesta suya de hacerse cargo de los colegios nacionales de la zona, la cual fue rechazada. Llegó Vacchina a Rawson el 18 de noviembre, con medios materiales y cuatro hermanas, que a los pocos días, el 20 de noviembre, abrieron el colegio para niñas.
Hacia junio de 1894 el presidente Luis Sáenz Peña firmó un decreto donde determinaba que los menores delincuentes o depositados (huérfanos) les serían entregados a la custodia de los R.P. Salesianos o a las Hijas de María Auxiliadora. De modo que ya para octubre de 1894 tenían gran cantidad de niños originarios y galeses.
En 1895 se nombró gobernador a Eugenio Tello, quien con sus decisiones gubernamentales benefició a la obra salesiana. Trabajaron juntos en la construcción del cementerio de Rawson y realizaron una travesía a lo ancho, por primera y única vez del territorio a su cargo. Será para Vacchina la experiencia más importante por el contacto con las poblaciones aborígenes en su medio ambiente.
En diciembre de 1897 llegó a su antiguo primer destino patagónico con el cargo de director de la casa central de las misiones y provicario-delegado del obispo. El motivo del traslado del padre Bernardo fue que, en el traslado del gobernador de ese territorio, don Eugenio Tello, de Chubut a Río Negro, habría dicho al obispo: "No vendré si no viene también el padre Vacchina”. La intención tanto del nuevo gobernador como del vicario era repetir la experiencia del trabajo mancomunado que habían tenido en el Chubut. El misionero fue encargado de preparar la fiesta de bienvenida al nuevo gobernador, que llegaba a esa ciudad a principios de 1898. Este hecho no fue muy bien visto por los anticlericales y liberales de Viedma y sospechaban de cierta obsecuencia del gobernante ante el poder eclesial.
Esto trajo como consecuencia una marcada hostilidad de un sector de la población, que se extendió a lo largo de los años, canalizada sobre todo a través de la prensa local.
Vacchina trabajó como provicario o delegado y de Director del colegio. Los pupilos estudiantes y artesanos llenaban la casa; también la casa de las Hijas de María Auxiliadora estaba repleta de postulantes, novicias, profesas, pupilas, externas, señoritas depositadas por la autoridad. Las confesiones y sermones eran incontables. Monseñor Cagliero con frecuencia se ausentaba para sus apostólicas excursiones quedando Vacchina con sobrecargo excesivo de trabajo.
Vacchina visitaba a los presos, como capellán de la cárcel de Viedma llevaba “diarios, libros, cigarros, fruta y remedios de la enfermería” “me los gané y deseaban que los visitara con más frecuencia”. MV 14 f. 4 y 5 r.
El 17 de mayo de 1903 comienza a publicarse el periódico “Las Flores del Campo”, que sirvió, sobre todo para contrarrestar los ataques de la prensa, contraria a la misión católica. En el mismo año comienza las actividades del Círculo Católico de Obreros de Viedma, buscando integrar a la comunidad eclesial a un sector que se había mostrado reacio y contrario a la iglesia.
En la segunda mitad de julio de 1899, el desborde de los ríos Negro y Chubut, arrasó prácticamente con las más importantes poblaciones de la Patagonia septentrional. En Viedma todo el personal de la misión debió ser evacuado. En la correspondencia con Cagliero, Vacchina se muestra “destrozado” porque “nuestras misiones ya no existen”, “lo que me aflige y destroza mi corazón, es el abandono en que necesariamente han de quedar tantas almas, tanta juventud que sin nuestros pobres trabajos y nuestros colegios, han de ser víctimas del vacío y de la impiedad”. BS 1899, 266.
Cagliero le sugirió visitar Italia para pedir ayuda económica. Fue en noviembre y volvió en diciembre de ese año, con remedios, aportes económicos y maquinarias para los talleres.
El entusiasmo por el retorno de Vacchina se demuestra por algunas acciones inmediatas; las crónicas de la casa nos cuentan que el 5 de diciembre “principian a levantar los talleres de zapateria y carpintería”; el 7, “se confesó toda la tarde”; el 8 “Fiesta de la Inmaculada; Gran solemnidad” el 16 “se instalaron los talleres de sastreria y carpintería”. Con el primer día del año 1905, comienza a salir el periódico “La Cruz del Sur”, publicación análoga a la realizada en Viedma, y con los mismos objetivos. El 9 de febrero de 1908 se comenzaba con la atención sistemática y continua de los presos de Rawson, iniciativa que también imitaba a la hecha en Río Negro.
Se funda el Colegio Domingo Savio y apoya la creación del Colegio María Auxiliadora de Trelew.
Este brío que siempre lo caracterizó se comenzaba a opacar. Vanzini, su biógrafo, lo cuenta así:
“El valiente misionero de antaño, ya siente que no puede más, y tiene terror que su salud y el mal carácter que le provoca, hagan derrumbar lentamente lo construído con tanto esfuerzo. Así, en el año 1917 deja Vacchina la tierra que lo vio crecer como hombre, como misionero.”
No se sabe mucho de los últimos años. Si bien descansó algún tiempo en Asunción del Paraguay, se instaló en La Boca, Buenos Aires, desde donde dirigió la publicación parroquial “La Verdad”.
Falleció en 1935, a los 76 años de edad.
Alejandro De Stefenelli nació en Fondo, Val di Non, Trento, Italia, el 15 de diciembre de 1864. Fue el séptimo de doce hijos del doctor Enrique De Stefenelli y Catalina De Stefenelli. Su padre, quien ejercía la profesión de médico comunal, falleció cuando Alejandro tenía once años. Tres meses más tarde falleció su mamá. Él y sus siete hermanos (cuatro fallecieron tempranamente) quedaron al cuidado de su tío paterno, Guido De Stefenelli, sacerdote, quien se preocupó de que sus sobrinos recibieran una esmerada educación.
En la mente joven de Alejandro se encontraban y oponían varias tendencias con respecto a su futuro. Amante de la matemática, la mecánica y del arte de construir, deseaba ser ingeniero, pero a menudo se veía misionero en países lejanos, predicando y a la vez, construyendo casas, hospitales e iglesias.
Su párroco, que era Cooperador Salesiano, le habló de don Bosco y le propuso que vaya a vivir y estudiar en el Oratorio de Turín. Su tutor, el tío Guido De Stefenelli, se opuso terminantemente considerando que ni el ambiente ni el cura turinense tenían el nivel social que quería para su sobrino. Pero Alejandro y el párroco insistieron hasta conseguir el permiso para llegar a Turín a modo de prueba: iría a conocer a Don Bosco y ver si se adaptaba a la forma de vida del Oratorio. Como reaseguro llevaba en su bolsillo el dinero para comprar el boleto de regreso.
Alejandro De Stefenelli ingresó en el Oratorio el 15 de marzo de 1879. Evidentemente, el estilo de vida era muy diferente al de su casa: la pobreza y austeridad, la dieta poco atrayente, la rusticidad de los utensilios de latón y madera chocaron con sus costumbres señoriales. Incluso el clima de Turín le generó serios problemas de salud en la piel y consecuencias pulmonares. Pero el ambiente de estudio y alegría y el acompañamiento espiritual de don Bosco, terminaron definiendo el camino a seguir.
Según las costumbres de la época y con diecisiete años de edad, el 4 de noviembre de 1881, recibió la sotana de manos de don Bosco y el 11 del mismo mes inició el noviciado. El 7 de octubre de 1882 hizo su profesión perpetua. En 1884 terminó sus estudios de filosofía, al tiempo que había profundizado en sus ciencias preferidas: matemática, física y química.
Don Bosco y monseñor Juan Cagliero, recientemente designado Vicario Apostólico de la Patagonia septentrional y central, recibieron del padre Denza, barnabita de Moncalieri - insigne físico y astrónomo - la solicitud para que los Salesianos fundasen en la Patagonia una red de observatorios metereológicos. Ante esta propuesta, Don Bosco eligió a Alejandro De Stefenelli para capacitarse como meteorólogo.
El 1 de febrero de 1885, partió con Juan Cagliero hacia la Patagonia. Durante el viaje desde Marsella a Buenos Aires, Stefenelli, que ya había renunciado al “De” de su apellido señorial, tuvo que cambiar el lugar de su destino misionero, de Tierra del Fuego a Carmen de Patagones.
El 8 de junio de 1885 arribó al muelle de Carmen de Patagones. Instaló el observatorio e hizo estudios climatológicos de la región. En el último semestre de 1885 el observatorio funcionó con regularidad, cumpliendo sus tres observaciones diarias, con los cálculos respectivos y enviando los registros al padre Denza, en el Observatorio Moncalieri.
Stefenelli realizaba las puntuales mediciones sin interrumpir sus numerosas horas de clase en el colegio “San José”. Sus colaboradores fueron los marinos de la guarnición en el puerto de Patagones, particularmente el comodoro Martín Rivadavia, jefe naval del puerto.
El de Patagones se convirtió en el primer observatorio permanente y técnicamente organizado de la Patagonia, lo que en 1887 le valdrá al clérigo Stefenelli, el diploma de Socio Efectivo de la Sociedad Meteorológica Italiana.
En ese mismo tiempo, tal como lo hacían los misioneros itinerantes, recorrió a caballo el valle inferior del río Negro. Y, en 1888, remontándose en barco, acompañó al padre Andrés Pestarino al fuerte General Roca, que entonces era un pequeño pueblo-guarnición de apenas mil habitantes.
En 1889 fue ordenado, con pocos días de diferencia, subdiácono, diácono y sacerdote, de manos de monseñor Cagliero en Carmen de Patagones. Fue la primera ordenación sacerdotal al sur del Río Colorado.
Él mismo se ofreció para quedarse como capellán permanente del fuerte General Roca. Consciente de que no sería tarea fácil relata en sus memorias: “preparé cuatro caballos, puse en mis alforjas el altar portátil, objetos de devoción, catecismos, medicinas y la máquina fotográfica”. La primera noche durmieron en el suelo con los aperos. Al día siguiente, les regalaron dos bolsas; las que llenaron de pasto y en adelante fueron sus “cómodos colchones”.
Y sigue recordando el misionero en sus memorias:
“Era urgente preparar la escuela tanto más que la del estado estaba cerrada por falta de maestro. Con diez tablones construí cinco bancos con patas clavadas en el piso que servían para los alumnos y los fieles. Un cajón vacío sirvió de púlpito para la sacristía. Así, con una silla para el maestro, la escuela fue inaugurada el 20 de julio con catorce alumnos, que a fines de agosto, fueron ya veintisiete.”
Y con un proyecto apenas iniciado, comenzó a planificar otro... Había muchos niños abandonados que vagaban por el pueblo y, analizando la potencialidad que ofrecía la naturaleza, sintió la necesidad de fundar una escuela de agricultura, considerando que sería mucho más útil que una escuela de artes y oficios.
Las fechas siguientes dan una clara impresión del ritmo de trabajo de aquellos tiempos fundacionales: en 1889 el padre Stefenelli pone en marcha no solo el colegio San Miguel, sino también la primera parroquia de General Roca. Ese mismo año, un estudio minucioso realizado por el ingeniero Francisco Dehais, registra que “el cura realiza el primer riego en todo el alto Valle de Río Negro. Con una noria construida con tachos de cinco litros comprados en Buenos Aires alcanza a regar seis hectáreas de los lotes 255 y 256, de cien hectáreas cada uno”.
En la Pascua de 1890 se bendijo la piedra fundamental de la nueva iglesia de San Miguel. Ese mismo año, 18 de julio, con un carromato que le prestaron en Patagones y una tropilla de caballos, también prestada, llevó hasta General Roca a las primeras Hijas de María Auxiliadora que luego fundarían el colegio para las niñas. En 1894 inaugura la iglesia de San Miguel.
A comienzos de 1895, Stefenelli consiguió una audiencia en Buenos Aires con el Presidente de la República José Evaristo Uriburu. Con diez años de estadía en el país, el joven misionero ya puede presentar al primer mandatario una memoria de su actividad y algunos proyectos. Lo hace de esta manera:
En numerosos viajes de excursión tuve la ocasión de conocer palmo a palmo las riberas de los ríos Negro y Colorado y desde entonces sueño con ver transformadas aquellas tierras en preciosos centros agrícolas, activados por laboriosos agricultores que disfrutando de las aguas corrientes, enriquecerían a sus hogares y al país.
En septiembre del ´88 llegué por primera vez a la colonia de General Roca. Aquel embrión de canal que se acababa de abrir decía cuán fácil hubiera sido darle proporciones suficientes para regar las cuarenta mil hectáreas que constituyen los lotes rurales de la colonia, de suerte que, ayudado por la nivelación natural de esos terrenos, fácilmente transformaría estos arbustos amarillentos en lozanos pastizales y verdes trigos y, el espinoso piquillín y el alpataco, en árboles frutales, viñedos y olivares.
Desde luego me di cuenta de la necesidad de preocuparnos no solo de la educación intelectual sino también de dar una profesión o un oficio a los numerosísimos niños desvalidos de aquellas regiones y con permiso de mi Superior, a costa de importantísimos sacrificios, por ser extremada la pobreza de aquella Misión, y antes de tener casa para el misionero, se pensó en tener terreno para una futura escuela de agricultura práctica a beneficio de los niños pobres”.
En 1896, con la intención de ampliar la superficie de riego, Stefenelli compró en Barracas al Sud (la actual ciudad de Avellaneda, al sur de la Capital) un motor a vapor de catorce caballos que pesaba seis mil kg y una bomba de diez pulgadas de diámetro para elevar trescientos metros cúbicos de agua por hora. Con enorme esfuerzo logró trasladarla, primero en barco hasta Patagones y luego en grandes carros tirados por veintiséis bueyes que recorrieron a la rastra, durante veintisiete días, los 620 km restantes hasta Roca. Fue la primera bomba de agua en el alto Valle.
En 1898 con una ayuda recibida del General Roca, que por segunda vez había asumido la presidencia de la nación, Stefenelli consiguió abrir un nuevo canal.
Cuando el cura le comunicó la noticia, el presidente le respondió con un telegrama diciendo: “si alcanza a mantener con agua el canal durante cuatro meses, le doy mi palabra de que le enviaré el mejor ingeniero para construir el canal definitivo”. El cura lo consiguió y el presidente cumplió. Así fue que poco después arribó al Valle del Río Negro el ingeniero italiano César Cipolletti. Enseguida trabó amistad con el cura que lo hospedó durante algunos días y fue el encargado de acompañarlo en las recorridas de reconocimiento y estudio de la zona.
En 1899 todo estaba listo para estrenar el nuevo edificio del colegio San Miguel con la presencia del presidente Roca, que atravesaría en tren el Valle del Río Negro inaugurando las nuevas estaciones del Ferrocarril Sud. Pero apenas antes de la fecha fijada una terrible inundación -provocada por los deshielos en la cordillera- no sólo impidió cualquier festejo sino que arrasó con la pequeña población de la que sólo el nuevo colegio y apenas un poco más quedó en pie cuando bajaron las aguas. Las crónicas del colegio San Miguel recuerdan aquellas horas críticas, con el rescate de los más pequeños en carros, subiendo hasta lo más alto de las bardas, desde donde se escuchaba el rugir de las aguas caudalosas arrasándolo todo. Con lo poco que lograron rescatar a las apuradas, improvisaron un campamento en lo alto de la barda durante quince días, racionando los alimentos y cocinando en grandes fogones que también servían para aliviar el frío. Después, el padre Stefenelli consiguió alquilar carros para trasladar a niñas, niños y hermanas. La caravana tardó siete días para llegar hasta Choele Choel, y varias horas más en tren hasta Bahía Blanca. Los colegios María Auxiliadora y La Piedad se organizaron para albergarlos a todos durante varios meses, hasta que bajaron las aguas y pudieron regresar.
Comenzar todo de nuevo no fue tarea fácil. Pero Stefenelli no era hombre de achicarse a la primera contradicción. Después de la gran inundación, el pueblo nuevo de General Roca se reconstruyó en una parte más alta y segura, a 5 km de la ubicación anterior.
Contra la opinión de muchos, apostó a quedarse en el lugar en el que estaba Roca antes de la gran inundación, confiando tozudamente en que la población se restablecería allí cosa que finalmente no sucedió.
Con dificultad, tanto el colegio como la escuela de agronomía práctica fueron retomando su ritmo hasta que un decreto del presidente Roque Sáenz Peña, fechado el 30 de diciembre de 1912, impuso el desalojo de todas las tierras del colegio agrícola, para instalar allí una estación experimental de agronomía.
Stefenelli viajó a Buenos Aires intentando hacer volver atrás una decisión que le resultaba incomprensible. Lamentablemente no lo logró y la primera escuela de agronomía de la Patagonia terminó siendo expropiada por el gobierno.
Quien había superado el desprecio total en sus inicios, la inundación devastadora e incluso atentados contra su propia vida, no pudo soportar el disgusto que le provocó esa decisión arbitraria del gobierno. Desalentado recaló en Bahía Blanca, donde en poco tiempo levantó la torre de la Iglesia del Sagrado Corazón junto al colegio Don Bosco. Fue su despedida de la Argentina.
Después de casi tres décadas en la Patagonia, partió definitivamente a Italia.
Vivió primero en su pueblo natal, en el Trentino, durante los horrores de la Primera Guerra Mundial ejerciendo su ministerio sacerdotal y ayudando en el cultivo del campo a tantas familias pobres que tenían a los varones enrolados en las filas del ejército.
Finalizada la guerra, su destino fue la Escuela Agrícola de Mandrione, que los Salesianos levantaron en las afueras de Roma para los huérfanos de la guerra.
Desde 1927 a 1929 se desempeñó como administrador en Rovereto colaborando con la fundación de la obra salesiana en esa ciudad. Luego pasó al aspirantado “María Auxiliadora” en Trento donde permaneció durante 23 años hasta su fallecimiento el 16 de agosto de 1952 a la edad de 88 años.
En 1933 la antigua estación de ferrocarril “Los Perales”, vecina a General Roca, fue rebautizada en su homenaje con el nombre de Padre Alejandro Stefenelli.
En sus memorias, que redactó en sus últimos años, dejó escrito: “el lugar donde se ha consumado lo mejor de nuestra vida, no puede menos que ser nuestra verdadera patria”.
Carlos Rossetti nació en Chiavasso, Turín, Italia, el 29 de febrero de 1864. Conoció la congregación y a Don Bosco mismo en 1885; y se hizo salesiano coadjutor. En 1889 llegó a la República Argentina formando parte de la décimosexta expedición misionera, y se integró a las misiones de la Patagonia. Hizo su profesión perpetua, el 2 de febrero de 1892.
Su vida misionera transcurrió íntegramente en el Colegio Don Bosco de Bahía Blanca, donde simultáneamente al oficio de sacristán, añadía el de enfermero, ropero, despensero, recadero... un verdadero factótumn; esas tareas las cumplía con exactitud y a satisfacción de salesianos y extraños, conquistándose el afecto de todos. Fue siempre atento, humilde, servicial, y se desvivía para atender a los hermanos salesianos que llegaban a Bahía Blanca, particularmente con ocasión de los Ejercicios Espirituales.
Atendía a los salesianos y alumnos enfermos, con exquisita caridad. Frugal y breve en sus comidas. Siempre estaba presente en los recreos para asistir a los alumnos.
Rossetti había venido a las misiones como familiar del vicario apostólico, pero la escasez de personal hizo que Cagliero se privase de su compañía para proveer a la fundación de la obra salesiana de Bahía Blanca.
Con paciencia soportó los dolores que le acarreaba un tumor maligno en el estómago. A fines del mes de octubre de 1920 fue trasladado al hospital San José de Viedma para una mejor atención. Allí, los hermanos Artémides Zatti y Augusto Rébola lo atendieron durante los cinco meses que permaneció internado; ambos lo admiraban como modelo de enfermo paciente y resignado a la voluntad de Dios. Falleció el 20 de marzo de 1921 a los 57 años de edad, 33 de profesión religiosa y 33 de vida misionera.
Bartolomé Panaro nació en Castelletto d'Emo, Alessandria, Italia, el 4 de marzo de 1851. Creció en el ambiente de una familia cristiana. Tuvo alguna experiencia en la milicia que no se puede determinar.
Entró en el oratorio de Turín el 18 de octubre de 1875. Ingresó en el noviciado en 1876 y profesó en la Congregación con los votos perpetuos el 26 de septiembre de 1877. Se sintió llamado a la vida misionera y formó parte de la tercera expedición de misioneros salesianos que don Bosco enviaba a tierras americanas en 1877. El joven Bartolomé partió en compañía de Costamagna, Vespignani y Milanesio.
Trabajó sucesivamente como maestro y asistente en las casas de San Nicolás de los Arroyos, Paysandú y la Boca, donde tuvo como alumno a Luis Pedemonte, luego inspector de la Patagonia, quien dejó testimonio de su paciencia en el trato con los educandos y de su celo por el bien moral y espiritual de los mismos. Mientras trabajaba duro, no mezquinaba tiempo al estudio. Recibió todas las órdenes sagradas en Buenos Aires en 1884, siendo consagrado sacerdote el 22 de enero. Después dio libre curso a sus ansias de apostolado en las misiones. Llegó a la Patagonia cuando monseñor Cagliero trazaba el plan general de evangelización de los indígenas.
Fue compañero de monseñor Fagnano en Carmen de Patagones. Ayudó en la evangelización de los indígenas que poblaban las orillas del río Negro, desde Viedma hasta Chichinales. Acompañó también a monseñor Cagliero en sus largas y riesgosas excursiones apostólicas.
Fue misionero en Chos Malal, capital del territorio del Neuquén desde 1887 y asumió como párroco en 1888. Allí fue compañero del padre Domingo Milanesio, fundador de esa misión. Ambos trabajaban a la par y edificaron la capilla del lugar. Cuando el padre Milanesio dejó Chos Malal, acompañó a Panaro el padre Mateo Gavotto, los dos pasaron el resto de su existencia en esa Misión, haciendo una vida verdaderamente eremítica. La soledad pesaba más sobre ambos misioneros que el duro trabajo. El padre Panaro luchó denodadamente por la evangelización y educación de los indígenas y contra los excesos de los blancos que llegaban para apoderarse de las tierras usurpadas a sus legítimos ocupantes.
Los moradores de aquellos parajes testimonian que el padre Bartolomé Panaro era valiente en el cumplimiento de su misión, también cuando la autoridad suprema del territorio, olvidando las leyes divinas y humanas, obraba a su arbitrio, como sucedió con el Gobernador, por ejemplo. Con una gran capacidad de sacrificio, se sujetó a muchas privaciones para reunir los fondos necesarios con el propósito de dotar de un colegio salesiano a la misión de Chos Malal. A pesar de 30 largos años de empeño para tal fin, el misionero no tuvo el consuelo de ver realizado su deseo.
Hasta el día de hoy, en Chos Malal no ha surgido colegio salesiano alguno.
Este misionero de la Patagonia, con su laboriosidad, difundió la palabra de Dios y visitó las comunidades originarias. Demostró que aquel valle era apto para variados tipos de cultivos, cuando muchos lo consideraban una necedad en aquellas tierras.
En el oasis chosmalense dos cosas eran admiradas: la huerta del misionero, donde crecían todo tipo de verduras y plantas frutales y la humildísima vivienda de los salesianos, un claro testimonio de laboriosidad y pobreza.
El padre Panaro vivía con gran sencillez y bondad. Los pobladores lo llamaban cariñosamente el padre Bartolo: él mismo firmaba así sus comunicaciones.
El deceso del padre Bartolomé Panaro, acaeció el 27 de octubre de 1918, a los 67 años de edad. Fue sepultado en el cementerio de Chos Malal.
Ceferino Namuncurá nació el 26 de agosto de 1886, en las tolderías de Chimpay, Río Negro, hijo del cacique Manuel Namuncurá y Rosario Burgos. Desde su nacimiento vivió plenamente la organización tribal y, mientras permaneció en el territorio, participó de las creencias del pueblo mapuche.
Su padre, cacique mapuche, estaba al frente de las huestes armadas, defendiéndose de la campaña militar del naciente estado nacional. Luego de resistir en forma guerrera y diplomática por años al embate del ejército en la llamada “campaña del desierto”, para evitar que su pueblo sea aniquilado, cedió a la mediación ofrecida por el misionero salesiano Domingo Milanesio. Ofreció rendirse pero pedía garantías en las condiciones de supervivencia para su gente: raciones de comida y un territorio donde permanecer. De esta manera, el 5 de mayo de 1884, en General Roca, presentó su rendición y firmó un acuerdo de paz entre el Ejército Argentino y el pueblo mapuche. En ese acto le fue otorgado el grado de Coronel de la Nación, conservando el título de “Gran Cacique”. Viajó a Buenos Aires para gestionar el otorgamiento de tierras y la ayuda prometida.
Ceferino nació en ese momento de inflexión histórica. Llevó en su sangre la estirpe mapuche. Defendió los derechos y los valores de su pueblo, no desde la confrontación y la violencia, sino abriéndose al diálogo intercultural e integrando elementos de la cultura blanca a su identidad aborigen.
El 24 de diciembre de 1888, fue bautizado por el padre Domingo Milanesio. El hecho consta en el Libro de Bautismos N° 29, folio 127 de la parroquia de Carmen de Patagones. Siendo muy pequeño cayó a un canal del Río Negro y fue arrastrado por la corriente. Su papá lo rescató y el hecho fue considerado por los suyos como un milagro.
Alfredo Namuncurá, uno de sus hermanos, al exponer ante el tribunal eclasiástico de Viedma en 1947, señaló: “durante su niñez se dedicaba a pastorear chivos y ovejas. Todos los días llegaba con un atado de leña que traía desde lejos para ayudar a su mamá. Era muy afectuoso con mamá y con nuestro papá”.
Aunque era un niño, se daba cuenta de la situación de postración y decadencia que vivía su gente. Posiblemente haya escuchado protestar a su padre contra los “huincas” que no cumplían con las promesas que había hecho el gobierno sobre el envío de las raciones de comida. Con intuición sorprendente para sus once años le dijo a su padre: “padre, las cosas no pueden seguir así. Quiero estudiar para ser útil a mi gente”.
Su padre lo escuchó. Viajaron a Buenos Aires. Luego de asesorarse con el Ministro de Guerra y Marina, Manuel Namuncurá lo inscribió en la escuela-taller de la Marina de Tigre, a la que ingresó como aprendiz de carpintería. Sin embargo, cuando fue a despedirse, antes de regresar a Chimpay, Ceferino le dijo que no se sentía bien en ese ambiente y le pidió que lo retirara. Accedió a su pedido.
Buscando asesoramiento recurrió al presidente Dr. Luis Saenz Peña, quien le habló de la acción educativa de los Salesianos. Con su recomendación y recordando a los misioneros que trabajaron por la paz en sus tierras, presentó una solicitud de admisión en el colegio “Pío IX” de Almagro. Ceferino fue aceptado e ingresó el 20 de septiembre de 1897, según consta en el libro Mayor de Estudiantes, en el folio 190.
Nada fue fácil o sencillo para él ni para la institución que lo recibía. Los alumnos pupilos comían y dormían en el colegio “Pío IX”, pero estudiaban enfrente, en el colegio “San Francisco de Sales”. Ceferino puso en juego su tenacidad y esfuerzo para desarrollar sus cualidades, pero era sólo un niño que, al arribar al “mundo de los blancos” no conocía el idioma ni esa cultura tan diferente a la suya. Su condición mapuche e hijo del gran cacique, lo hacían “diferente”.
Inició la escolaridad más tarde que los niños de su edad, pero se adaptó rápidamente y, en pocos meses logró comunicarse en español y escribir con una caligrafía excelente. Era rápido y seguro en matemáticas, estableció buena relación con sus compañeros y superiores. Poseía una voz soprano con la que se destacaba como solista en el coro. Su memoria privilegiada le permitió obtener los primeros puestos en los concursos catequísticos y, por su destreza y habilidad, sobresalió en los juegos y el deporte.
Su escasa preparación intelectual y el desconocimiento de las prácticas escolares hizo que no logre aprobar el primer año, sino hasta rendir los exámenes finales de febrero de 1899. Desde entonces, con perseverancia y capacidad de superación, en los años siguientes, fue accediendo a los primeros puestos hasta aprobar el sexto grado en 1902. Ese fue un año problemático: comenzaron a aparecer los primeros signos de tuberculosis, por lo que a mediados de octubre fue trasladado a Uribelarrea para recuperarse de la enfermedad.
Desde su ingreso en el colegio “Pío IX”, Ceferino demostró un interés poco usual por la formación cristiana. El padre Antonio Costamagna lo preparó para la Primera Comunión que recibió el 8 de septiembre de 1898 y, monseñor Gregorio Romero le confirió la Confirmación el 5 de noviembre del año siguiente. Según se infiere de la profusa correspondencia que estableció con sus superiores y con su familia, se puede decir que en esta etapa comenzó a vivir una profunda espiritualidad y manifestó el deseo de transmitirlo a su pueblo. El padre Luis Pedemonte, al testimoniar en su Causa refirió que en una oportunidad le dijo: “debo salir primero en el certamen porque después tendré que enseñar el catecismo a mis pobres com-paisanos”.
La oportunidad de educarse en el colegio de los Salesianos y atraído por la acción de los misioneros en su tierra, fue despertando el deseo de ser como ellos, sacerdote y misionero. Su padre esperaba que llegara a ser militar o político para defender los derechos de su raza, pero Ceferino, en cambio, eligió otro camino.
En el cuarto año de su estadía en Buenos Aires su salud comenzó a declinar: una tos insistente y resistente a todos los cuidados atacó sus pulmones. Monseñor Cagliero decidió llevarlo a Viedma por tres razones: había creado el colegio para aspirantes al sacerdocio en Patagones. La segunda razón: esperaba que el clima natal pudiera beneficiar a Ceferino y, la tercera, era que allí se encontraba el padre Evasio Garrone que había desarrollado empíricamente un tratamiento para la tuberculosis y confiaba que con él, Ceferino podría sanar.
En el mes de enero, Ceferino se embarcó hacia Viedma. Viajó solo. En el Libro Matriz del colegio “San Francisco de Sales” se registra su llegada, el 15 de enero de 1903. Le correspondió la matrícula N° 299.
En aquellos años reinaba en el colegio un ambiente de confianza, fervor espiritual y afecto recíproco entre todos los integrantes. Se vivía y respiraba un verdadero clima de familia. Por ello, con espíritu de servicio, Ceferino pudo establecer relaciones con otros salesianos, entre ellos, Artémides Zatti, quien lo atendía en la enfermería. La enfermedad siguió implacablemente su curso. El padre Garrone siguió con solicitud la salud de Ceferino.
A pesar de que Ceferino había llegado a Viedma como aspirante salesiano tuvo muchos obstáculos para realizar su vocación: en principio no era hijo biológico de la mujer que su padre legitimó como esposa al convertirse al cristianismo. En aquellos años, esta condición pesaba mucho para ser admitido al sacerdocio. Por otro lado, no pudo conseguir el acta de bautismo, tan necesaria para aspirar a las órdenes sagradas. Pero sin duda, el factor salud, una de las condiciones de aceptación para la Congregación Salesiana, fue determinante. Por todo esto, cuando finalmente sus compañeros partieron hacia el aspirantado salesiano de Patagones, Ceferino se quedó en Viedma.
El 6 de julio de 1904, junto con monseñor Juan Cagliero y el padre Evasio Garrone viajó desde Viedma rumbo a Buenos Aires, para el 19 de julio embarcarse a Europa, sumándose a los Salesianos nominados para el 10° Capítulo General Salesiano.
Monseñor Cagliero se despedía de la Patagonia en la que había actuado como misionero. El diario “La Nueva Provincia” de Bahía Blanca, el 12 de junio de 1904 publicó:
(...) La misión de la congregación salesiana y a la que monseñor Cagliero ha dedicado especial cuidado ha sido la difusión de las ideas cristianas y la elevación por enseñanza en ese mundo indígena oscuro, ignorante, pobre y casi nómade. Entre los indios es donde se palpa la obra redentora del salesiano y, monseñor Cagliero ha querido llevar un recuerdo de la Patagonia al mismo tiempo que exteriorizar un afecto leal, y ha conseguido que el cacique Namuncurá le confíe su hijo menor, un jovencito de 14 años que va a Italia bajo su tutela, a educarse e instruirse.
En cartas enviadas a sus superiores y a su familia, Ceferino dejó constancia de las vivencias que experimentó al descubrir la “tierra santa de don Bosco y el Papa”. Fue recibido por varias personalidades de la vida pública, cultural y eclesiástica que quisieron conocerlo, incluso lo presentaron ante Miguel Rúa, el sucesor de don Bosco. Ceferino no se dejó perturbar por los “homenajes” ni por los “personajes”. Su sencillez y naturalidad quedaron intactas. Participó de la audiencia que el papa concedió a los Capitulares el 27 de septiembre y, al día siguiente, partió hacia Florencia, Bolonia y Milán.
Su ideal misionero seguía presente. En una carta dirigida al padre Esteban Pagliere, el 26 de septiembre de 1904, le manifestó el deseo de quedarse en Roma para estudiar. Volvió a Turín. Fue inscripto en primer año (equivalente al sexto año aprobado en el colegio “Pío IX”) y, con 18 años de edad, tuvo que compartir la clase con chicos de 12 ó 13 años.
La segunda semana de noviembre tomó una semana de vacaciones en Grana, Monferrato y desde allí regresó definitivamente a Roma para seguir estudiando. En Villa Sora, Frascatti, última etapa de su camino en Italia, Ceferino estuvo desde el 21 de noviembre de 1904 hasta el 28 de marzo de 1905.
La tuberculosis había avanzado. A principios de marzo de 1905 ya no pudo asistir a clase. Y el 28 de ese mes fue internado en el hospital Fatebenefratelli.
Monseñor Cagliero le dio los últimos sacramentos y lo acompañó hasta el final. Su hospitalización duró 44 días. Falleció a las seis de la mañana del 11 de mayo de 1905. Sus restos, llevados a Campo Verano (cementerio de Roma) por un pequeño grupo de personas fueron enterrados en una humilde tumba. Colocaron una cruz de madera, con una chapa de cinc que tenía la siguiente inscripción: “Zeffirino Namuncurá de anni 17. M - Roma L´ 11 maggio 1905”.
En 1911 se lanzó la idea de escribir una obra sobre Ceferino, y el Congreso Internacional de exalumnos de don Bosco presentó la moción de introducir la causa de beatificación y canonización. El 6 de mayo de 1915 su cuerpo fue exhumado, reducido y colocado en una urna en el mismo cementerio de Campo Verano en Roma. Se realizaron los trámites de repatriación y el 13 de mayo de 1924 la urna inició el viaje de regreso. Luego de arribar a Buenos Aires, llegaron en tren a la estación de Pedro Luro, y desde allí fue transportada a Fortín Mercedes. Fue depositada en la sacristía del colegio “San Pedro” y luego transportada solemnemente al “Fortín”, preparado especialmente para venerar sus restos.
El 2 de mayo de 1944 se dispuso la apertura del proceso informativo para la causa de beatificación. La segunda guerra mundial impuso una pausa en la causa por lo que el proceso romano se extendió hasta 6 de octubre de 1948. En enero de 1947 se abrió el proceso diocesano informativo en Viedma. Las sesiones apostólicas concluyeron en 1958. El 7 de abril de ese mismo año, se realizó el reconocimiento de los restos en el santuario de María Auxiliadora de Fortín Mercedes. El 22 de junio de 1972, el papa Paulo VI lo declaró Venerable. Sus restos fueron colocados en el bautisterio del santuario.
El 6 de julio de 2007, el papa Benedicto XVI firmó el decreto sobre el milagro de curación instantánea y total de un cáncer de útero de Valeria Herrera, atribuido a la intercesión del venerable Ceferino Namuncurá. La ceremonia de beatificación se realizó el 11 de noviembre de 2007 en la localidad de Chimpay, Río Negro.
Finalmente, solicitado por su familia y por orden del Vaticano, los restos del beato Ceferino Namuncurá fueron trasladados al paraje “San Ignacio”, acceso Ruta 40, Kilómetro 2294, Comunidad Namuncurá, Neuquén.
La misión se fundó el 13 de junio de 1893. En 1886 Fagnano había presenciado la matanza al pueblo Selk'nam en manos del capitán Ramón Lista, mientras participaba de la expedición científico militar que lo llevaría hasta Punta Arenas, sede de la Prefectura Apostólica. Decidió entonces fundar en las proximidades del Río Grande una misión en favor del pueblo selk´nam, para protegerlos del genicidio al que estaban siendo sometidos.
Se necesitaron tres emplazamientos hasta llegar al definitivo: el primero fue Barrancos Negros, Puerto Golondrina. Se fundó el 11 de noviembre de 1893, pero allí la tierra era anegadiza, de modo que se trasladaron a la segunda ubicación a dos kilómetros y medio, en “Los Chorrillos”, pero la misión que ya tenía dos capillas, la casa de los salesianos, la casa de las Hijas de María Auxiliadora, anchos corredores para los recreos, salones dormitorios, salones de clases, talleres, comedores... se incendió, el 12 de diciembre de 1896. Durante un año las hermanas durmieron en las casitas que habían construído para las indias y los salesianos en un cobertizo utilizado para guardar objetos.
En Cabo Domingo se realizó la tercera y definitiva instalación, inaugurada el 6 de noviembre de 1897. Las construcciones se realizaron todas por separado, para poder contener el fuego, en caso de que volviera a suceder.
La vida cotidiana en la misión: salían a pasear salesianos y originarios, los niños tenían clases, las mujeres asistían a talleres para aprender a hilar y tejer con las hermanas, los hombres acompañaban a los salesianos en el trabajo del campo, y al final del día, cada familia construía su toldo en los terrenos de la misión para alojarse. Los salesianos faenaban una vaca por día para alimentar a los 350 indios que frecuentaban los terrenos de la misión.
Eran abastecidos económicamente por los barcos que enviaba Fagnano desde Punta Arenas: la goleta María Auxiliadora y el vapor Torino. También compraron lanares, en 1897 para que los originarios se aprendieran a criarlos y pudieran usarlos para su manutención. En 1912, se comenzó a pagar a los originarios por su trabajo de crianceros, esquiladores y pastores de ovejas.
En las crónicas, los salesianos todas las semanas hacían una lista de los trabajos realizados, entre los que incluyen: arreglar los alambrados, contar y enfardar cueros y lanas, el marcado de los animales, atender la ropa, recoger y cortar leña (para ellos y las hermanas) cortar turba, atender al comedor, la ración, componer zapatos, cortarle las uñas a los caballos, trabajar en la huerta, atender a los enfermos, el cuidado y mantenimiento de la casa, hacer muebles, reparar el piso, forrar con papel el comedor, hacer las ventanas, etc.
También se registra en las crónicas las muertes de los originarios: su nombre, su edad, el parentezco y la causa.
Mucho esfuerzo hicieron los salesianos para poder obtener los terrenos, ya que para comprarlos debían ocuparlos y eso dispersó a la comunidad: los salesianos vivían solos, en viviendas precarias, uno o dos en cada terreno. Finalmente los lograron escriturar en 1913. Pero en 1914 fueron vendidos por ser acusados de latifundistas a la Sociedad Menéndez Behety. En 1934 el padre Aliberti logró comprar 2464 hectáreas con la intención de formar la escuela agrícola que fue oficializada en 1946 y que aún funciona.
Domingo Milanesio nació en Settimo Torinese, Italia, el 18 de agosto de 1843, pasó su infancia trabajando en la huerta y haciendo canastas. A los 23 años se presentó a Don Bosco y le dijo que quería ser misionero, fue admitido como aspirante y profesó como salesiano en 1869, a los 26 años, en Trofarello. Con mucho empeño completó en poco tiempo los estudios para el sacerdocio. La consagración sacerdotal le fue conferida el 20 de diciembre de 1873 en Albenga. Trabajó como director del Oratorio Festivo de Valdocco.
En 1877, a los 34 años, formando parte de la tercera expedición misionera, dirigida por Costamagna, el padre Domingo Milanesio llegó a América. Pasó 3 años en la Boca del Riachuelo, Buenos Aires, allí sufrió la agresión de un apóstata de la fe cristiana, que puso en peligro su vida: fue herido de gravedad por un feroz golpe en la cabeza.
Monseñor Mariano Antonio Espinosa, vicario del arzobispo de Buenos Aires, creó en el año 1880 la parroquia de Viedma, que juntamente con las difíciles misiones de la Patagonia, fue encomendada a los salesianos. El primer párroco fue el padre Domingo Milanesio. Su jurisdicción abarcaba 800.000 kilómetros cuadrados. Su cargo duró sólo 3 años, en mayo de 1883 asumió Beauvoir.
En 1883, Milanesio comenzó a explorar, a caballo, el Neuquén y la Cordillera de los Andes. Visitaba las chozas de los indígenas para predicar el Evangelio, impartir sacramentos a las tribus y aliviar su mucha miseria. Alentaba a los colonos blancos a perseverar en la fe de sus antepasados. Cruzó al menos, en veinticinco oportunidades, las altas y peligrosas cimas de la cordillera de los Andes en busca de personal salesiano y medios econónicos para sostener la obra misionera. Visitó Chile en 1886, siendo el primer salesiano que pisó tierra chilena.
Milanesio estudió y logró hablar mapuzungun en 1885. Escribió catecismos y léxicos en lengua originaria. Valoraba los momentos de encuentro con los indígenas para aprender su lengua y hacer extensas anotaciones. Su método, lo humanizó poniéndose “a la par” en un ida y vuelta, en una suerte de alfabetización mutua.
El padre Raúl Entraigas dijo:
El padre Domingo Milanesio; italiano él, se encargó en soledad de descifrar el idioma de los aborígenes, ordenar alfabéticamente los vocablos, usos de armas, herramientas; la interpretación de gestos, sonidos guturales, sistematizó la región con dibujos y mapas, al final publicó, en 1915, un libro denominado: ‘Etimología araucana. Idiomas comparados de la Patagonia. Lecturas y Frasario Araucano’.
Fue mediador en la capitulación del cacique Manuel Namuncurá desde 1881 hasta 1884. El 12 de enero de 1883 el comandante Rufino Ortega escribió al gobierno nacional: “Namuncurá escapó de caer en poder del mayor O’Donnel”. Milanesio intervino: se entrevistó con embajadores del cacique y le envió una carta con fecha del 20 de abril de 1883 donde aprueba la decisión de “tratar la paz con las autoridades militares”.
Ante el problema de la posesión de las tierras para los pueblos originarios, propuso y gestionó un proyecto superador al modelo de reducciones: sugería una colonización agrícola en base a colonias mixtas, ofreciendo espacios de organización donde pudieran convivir criollos, inmigrantes e indígenas; espacios de contacto interétnico o entre grupos de diferente procedencia.
Esta idea entró en colisión directa con el modelo latifundista y ganadero impulsado desde el Estado Argentino. Por eso, a pesar de su astucia e inteligencia para buscar formas de inclusión, chocó con la indolencia de un Estado que no tenía conocimiento, ni interés en la realidad indígena.
Su experiencia de misionero itinerante durante 30 años le permitió conocer la realidad y expresarla. El proceso de invisibilización de los pueblos indígenas estaba en acto. El religioso veía que se vendían indiscriminadamente los terrenos para cubrir necesidades fiscales del Estado, como si no hubiera gente en ellas. Esto producía la concentración de la propiedad de la tierra en pocas manos y generaba un vaciamiento de la población existente en la Patagonia. “Se reemplazan personas por vacas”, decía el padre Milanesio.
En una, de sus cartas pide:
(...) que se le reconozca el derecho como primeros ocupantes de tierras fiscales, derechos a los que se han hecho acreedores por sus trabajos, aunque rudos, en el ramo de agricultura y ganadería. Es cierto que con sus pequeños ensayos han descubierto miles y miles de lugarcitos en donde producen las legumbres, pastos domésticos, hortalizas, etcétera. Ellos han sabido elegir el retazo de tierra más abrigado y de mejor clima y han señalado con eso la ruta que debe seguir el agricultor en mayor escala. Todo esto no tiene mérito?
Su objetivo siempre fue evangelizar y eligió un modo de hacerlo: aprender de la cultura, hablar el idioma y respetar la manera de vivir de los habitantes del lugar.
En 1886 y 1887 cruzó la cordillera de los Andes y visitó Chile junto con Cagliero.
El 24 de diciembre de 1888, en Chimpay, bautizó al hijo del cacique Namuncurá: Ceferino. En 1889 estuvo en Choele Choel. En 1890 se inaugura la misión de Bahía Blanca, Milanesio llega en mayo. Toma contacto con el hermano Rosetti. En sus misiones por la colonia Tornquist, La Vitícola, Sierra de la Ventana, Napostá, y el curso del Sauce Chico llevó al niño Esandi, quien luego sería el primer obispo salesiano. En 1890 en Viedma visitó a los reclusos.
En 1894 fundó la obra salesiana de Junín de los Andes y en 1897 viajó a Chile para recaudar fondos y traer las primeras misioneras para que se hicieran cargo, en Junín de los Andes, de un asilo para indiecitos y niñas pobres.
La libertad y la vida de este intrépido misionero estuvieron en peligro muchas veces. Supo llarmar la atención a los que abusaban de su autoridad en detrimento de los paisanos e indígenas, y por ello, tuvo que soportar la prisión.
El misionero no agradaba al gobernador de Río Negro, el general Lorenzo Vintter, y mientras estaba misionando en Choele Choel, una orden militar lo obligó a galopar casi 400 kilómetros hasta Viedma y quedó detenido. El padre José Fagnano logró liberarlo y lo "exilió" a Buenos Aires, hasta julio de 1885.
El padre Milanesio sufrió otra prisión en Chos Malal, detenido arbitrariamente del 1 de septiembre hasta 22 de noviembre de 1887 por el gobernador del Neuquén, el coronel Manuel José Olascoaga, que trataba de obtener dinero del misionero con la excusa de construir una capilla. Ya se había guardado en su bolsillo 20.000 pesos que le habían sido remitidos desde la Capital Federal para su construcción. Recuperada la libertad, el misionero construyó los caminos para traer los postes y otros materiales para la construcción de la capilla de Chos Malal, ésta se inauguró el 8 de diciembre de 1888.
Desde 1902 y hasta 1906 se encuentra en ltalia y en México, buscando fondos para las misiones.
En 1913 realizó sus últimas excursiones prolongadas. Resentida su salud, vio grandemente disminuida su posibilidad de acción. Se retiró a Viedma el año 1914, afectado de un reumatismo, un año después lo enviaron al Colegio Pío IX de Buenos Aires.
En 1920, se retiró al estudiantado de Bernal donde terminaría sus días. Sin embargo, no olvidó a los pueblos indígenas de la Patagonia. Por ellos siguió llevando adelante ingentes gestiones ante el Estado para lograr la propiedad de las tierras que ocupaban y defender sus derechos. Ese mismo año predicó en mapuzungun en una misa que se llevó a cabo en la Basílica de San Carlos y María Auxiliadora, con motivo del primer Congreso Nacional Indígena en el que tomaron parte delegados y caciques de distintas agrupaciones. En ese congreso se fundó la Asociación Nacional de Aborígenes (ANA) y tuvo repercusión en el Bolettino Salesiano, en su edición de noviembre de 1920.
Trabajó hasta el final de sus días, redactando sus memorias. Murió en Bernal, el 19 de noviembre de 1922, a los 79 años de edad, 49 de sacerdocio y 53 de profesión religiosa. Los restos mortales del “Patiru Domingo”, como lo llamaban los originarios, reposan en el templo parroquial Nuestra Señora de las Nieves de Junín de los Andes.
Mario Luis Migone nació en Montevideo, Uruguay, el 13 de diciembre de 1863. Fue la primera vocación y el primer sacerdote salesiano de América Latina. Cuando ingresó en el colegio Pío IX de Villa Colón, solo tres comunidades salesianas existían en América: San Nicolás de los Arroyos de Buenos Aires y Villa Colón de Uruguay.
Ingresó el año 1877 en el colegio Pío IX. Dejó sus tierras y puso pie en Buenos Aires como aspirante a la vida salesiana.
Realizó un viaje a Europa en compañía de sus padres. Al visitar el Oratorio de Turín con su progenitor, don Bosco invitó a ambos a sentarse a su mesa, esta distinción incitó aún más al joven uruguayo a seguir su vocación salesiana.
Grandes salesianos intervinieron en su formación cultural y religiosa: monseñor Luis Lasagna; monseñor Santiago Costamagna; monseñor Juan Cagliero, monseñor José Fagnano y don Rúa.
Finalizados sus estudios secundarios ingresó en el noviciado, mientras trabajaba en el Boletín Salesiano, editado en castellano, como corrector y redactor. Ya desde 1881 era asistente de los aspirantes y ayudante del padre José Vespignani. Profesó el 27 de enero de 1882. Siendo estudiante de teología, se ocupaba también de la traducción de los artículos del Boletín Salesiano italiano para publicarlos en la edición nacional.
Cuando monseñor Cagliero regresó de Chile, en 1887, lo consagró sacerdote. Elegido secretario de monseñor Cagliero, pasó 3 años en Viedma, desempeñando al mismo tiempo el cargo de director espiritual de los alumnos del colegio San Francisco de Sales.
Cuando se estableció la Prefectura Apostólica, las Islas Malvinas quedaron a cargo de los salesianos. Entre 1889 y 1891, no habiendo otro salesiano que supiese hablar inglés para acompañar al padre Patricio Diamond, monseñor Cagliero envió a Migone a las Malvinas. No pudo soportar los grandes fríos... se le hincharon los pies y las manos de tal manera que apenas podía celebrar la misa. Cagliero lo hizo retornar y lo nombró provicario y director de Viedma.
En 1892 acompañó a Cagliero en la visita a la casa de Concepción, Chile. Al retornar, pasó por la ciudad de Punta Arenas y visitó la Isla Dawson, donde monseñor Fagnano había fundado la floreciente misión San Rafael para evangelizar a los kawéskar y selk’nam.
Cagliero le asignó ser director de Patagones o de las Malvinas, Migone eligió las Malvinas. Paulatinamente se fue habituando al lugar, considerado por otros como de destierro. Vivía feliz y deseaba quedarse hasta la muerte. Pero pronto le cambiaron los planes. La Congregación acababa de aceptar la dirección del colegio “El Patrocinio de San José" de Santiago, Chile. Monseñor Santiago Costamagna necesitaba un director y Migone fue elegido para el cargo.
Desplegó una actividad multifacética: organizó la educación católica de la capital malvinense y fue concentrando poco a poco la misión en la propuesta de las Hijas de María Auxiliadora, que llegaron a las islas de su mano, en 1907.
Escribió sus memorias, publicadas en Buenos Aires en 1948: “Treinta y tres años de vida malvinera”, intenta ser una demostración científica de la soberanía argentina sobre las islas. En él se lee: “De las conversaciones con el gobernador de Malvinas salí convencido de que el mentado derecho inglés no tenía más apoyo que la fuerza”. Y escribió también una biografía de Fagnano “Un héroe de la Patagonia. Apuntes biográficos de José María Fagnano”, publicado en el Colegio Pío IX de Buenos Aires en 1933. En este libro denuncia, entre otros atropellos, el rapto de las mujeres originarias para el servicio doméstico y sexual, por parte de los blancos criollos o extranjeros.
Sacerdote de vasta cultura, además del castellano, hablaba y escribía el inglés, el francés, el italiano y el alemán.
El cine, primero y único en Puerto Stanley por mucho tiempo, fue creación del padre Migone. Él lo cuenta así:
El gasto era grande, porque incluía la adquisición de maquinaria eléctrica para la producción de esa luz que aún no existía en la Colonia. En aquellos tiempos, los jóvenes tenían pocos medios de distracción, y ese hecho contribuía a que se reunieran en las casas de bebida para pasar el tiempo, expuestos a la adquisición de malos hábitos...
Escritor y fiel observador de la realidad, el padre Migone expresó libremente su opinión respecto de la soberanía de las islas, sin tapujos y defendiendo la causa argentina, aún siendo de origen uruguayo. En su libro “Treinta y tres años de vida malvinera” escribió:
Debo confesar que aún antes de tener ideas propias sobre el litigio, mis simpatías se inclinaban en favor de la Argentina. Me movía a ello su ecuanimidad y paciente tolerancia, que se daba por satisfecha protestando continuamente contra el hecho consumado, en contraposición a la arrogancia inglesa, que mira y miró siempre con desdén lo que califica de pretensiones argentinas.
Sus siete últimos años de vida fueron de tribulación por una enfermedad que exigía diariamente dolorosas curaciones. En medio de aquella soledad tuvo el consuelo de verse amado por católicos y protestantes, que se alternaban para asistirlo. Lo estimaban las autoridades, los trabajadores, los marineros... y lo reconocían como un hombre santo.
Celebró sus bodas de oro sacerdotales en el mes de junio de 1937. Murió en Puerto Argentino, Islas Malvinas, el 1 de noviembre de 1937 a los 74 años de edad.
Su sepelio fue un homenaje de todos los pobladores de las Malvinas, incluidas las autoridades civiles, que ya en vida de Migone le habían dedicado una calle como ciudadano benemérito. Sus restos descansan en el cementerio de Puerto Argentino que él mismo había construido.