José María Beauvoir, nació en Alassio, Reino de Piamonte, el 1 de junio de 1850. Ingresó al Oratorio el 18 de octubre de 1866. Allí estudió, obteniendo el título de maestro elemental.
El 9 de octubre de 1869 ingresó al noviciado. Recibió el hábito talar de manos de don Miguel Rúa, el 18 de marzo de 1871. El 16 de septiembre de 1873 hizo la primera profesión religiosa y, la profesión perpetua, el 16 de mayo de 1876.
Ya salesiano, fue maestro y asistente y, al mismo tiempo, estudiante de Filosofía y Teología. El 15 de septiembre de 1875 recibió el subdiaconado en Casale; el diaconado en Alberga el 7 de noviembre y fue ungido sacerdote por monseñor Manacorda en Fosano, el 18 de diciembre de ese mismo año. Se desempeñó como docente en Alazio desde 1876 a 1878.
Por invitación de don Bosco partió hacia América como misionero. El 2 de enero de 1879 acompañó la cuarta expedición misionera de Salesianos y la segunda de las Hijas de María Auxiliadora, recalando en Montevideo y en Buenos Aires.
Su primer campo de apostolado americano fue el incipiente colegio de San Carlos de Almagro: allí ejerció la docencia y prestó su colaboración como vice-párroco en la parroquia salesiana que se extendía hasta la localidad de Flores.
Fue trasladado a La Boca, donde enfermó a principios del mes de agosto de 1881. Ese mismo mes, si bien convaleciente, fue enviado a acompañar al padre José Fagnano a Carmen de Patagones, arribando el 30 de agosto de 1881.
Ese mismo año, el padre Beauvoir inició, junto al padre Domingo Milanesio, su primera gira apostólica a Guardia Mitre. Por desavenencias entre ambos regresó a Viedma y el 30 de agosto de 1882 inició una nueva excursión misionera a lo largo del Río Negro. Visitó Cubanea, Pringles, Fortín Mercedes, Conesa y Choele Choel.
El 11 de ese mismo mes, emprendió una nueva gira en una expedición más extensa, hasta el fuerte General Roca, donde estaba acantonado el ejército y habitaban varias tribus. Allí se incorporó a las tropas del general Conrado Villegas como capellán. El 1 de enero de 1883 celebró la Eucaristía a orillas del río Collón Curá y el 4 partió hacia la cordillera hasta las orillas del lago Nahuel Huapi, donde catequizó a la tribu de Curruhinca. El 20 de mayo ya estaba de regreso en General Roca, y poco tiempo después, en Viedma.
Un confuso acontecimiento, en medio de la persecución religiosa que acontecía en el país, el padre Beauvoir, entonces párroco de Viedma, tuvo que emigrar a Buenos Aires, porque las autoridades militares lo culparon a él del incendio de la iglesia.
Creadas la Prefectura y el Vicariato Apostólico, en 1884 el arzobispo de Buenos Aires lo nombró primer capellán del territorio nacional de Santa Cruz. Allí realizó el primer casamiento de la región. En marzo de 1886 fue enviado por monseñor Juan Cagliero, junto al padre Ángel Savio, a la gobernación de Santa Cruz, convirtiéndose en los primeros en ejercer la enseñanza en la provincia.
Ese año recorrió el estrecho de Magallanes junto a una comisión enviada por el entonces gobernador, Carlos Moyano al Cabo Vírgenes.
En 1887 los padres Beauvoir y Savio regresaron a Puerto Deseado en el vapor “Magallanes”. Fuertes vientos provocaron el naufragio de la nave cerca del puerto. Los viajeros y tripulantes fueron rescatados por el navío chileno “Mercurio” en viaje a Punta Arenas. Repuestos del susto viajaron a Ushuaia.
Fue también fundador de la Presencia Salesiana de Río Gallegos en 1888 y precursor de la Obra Salesiana en San Julián.
El 11 de noviembre de 1893 el P. Beauvoir con los otros primeros misioneros: los hermanos coadjutores Antonio Bergese, Pablo Ronchi y Juan Ferrando, fundaron La Candelaria. Se instalaron en Barrancos Negros, al margen norte del Río Grande y en 1894 se mudó a Los Chorrillos donde Beauvoir reside hasta agosto de 1896, año en que viajó a Italia, llevando al Archivo Central las crónicas de la misión. En diciembre de ese año, la misión se incendió.
En todo este proceso los salesianos constataron que las matanzas hacia los originarios no cedieron y no dejaron de denunciarlas: Beauvoir, Borgatello, Carvajal, Migone, Bernabé y Fagnano denuncian el pago de los estancieros por cada “cabeza de indio”. Beauvoir, en sus memorias escribe: “Para que los indios, acosados por el hambre, no roben ovejas, los estancieros contaban con cuadrillas de peones a caballos que, armados de buenos rifles y cuchillos, recorrían todo lo largo de los alambrados; y a cuantos desgraciados indígenas les venían a la vista, les daban balas hasta alcanzarlos, y cortándoles las cabezas, se las llevaban al dueño, que les daba por cada una de ellas, una libra esterlina”.
Retirado a Punta Arenas, Chile, pensó dejar constancia de toda su experiencia y comenzó a trabajar en escritos sobre lingüística y etnografía. Publicó en 1900 su “Pequeño diccionario de idioma fueguino Ona”, editado en Buenos Aires por la Escuela Tipográfica Salesiana, con un amplio éxito en los ambientes científicos de su época y que aún hoy es estudiado por científicos y lingüistas en el ámbito académico.
En 1907 publicaron en Turín su segundo libro: “Pequeño álbum de retratos de aborígenes fueguinos y patagónicos y de varias apreciaciones de las misiones salesianas de la Patagonia Meridional y de la Tierra del Fuego, editado también por la Escuela Tipográfica Salesiana.
En 1915 apareció en Buenos Aires su tercera publicación: “Los Onas, tradiciones, costumbres y lengua”. Seis años más tarde, en 1921, publicó en Puerto Deseado, su residencia en ese tiempo, su cuarto y último escrito: “Leyendas Onas”. En esta población construyó y fundó en 1926, el colegio salesiano San José.
José María Beauvoir falleció el 29 de abril del año 1930, en Buenos Aires.
Juan Bernabé nació en Trento en 1860, cuando la zona formaba parte del imperio austríaco. Estudió en la Escuela de Artes y Oficios de la Universidad de Innsbruck. Luego de pasar por Barcelona, llegó a Magallanes hacia 1887.
Se destacó como misionero, arquitecto, proyectista, ingeniero, albañil y docente. Sus edificios se extienden desde Puerto Deseado hacia el sur, incluyendo el sector austral chileno y las Islas Malvinas.
Sus conocimientos profesionales, habilidades manuales y talento creativo, le permitieron participar activamente en dichas construcciones desde la creación del proyecto hasta la elaboración de la madera, siendo incluso pionero en la fabricación de ladrillos. Con la ayuda de algunos migrantes croatas, fabricaron los primeros hornos de ladrillos de la región, que daban mayor firmeza y seguridad a las construcciones. Las forraban con diarios para aislarlas del frío y del viento implacable. Para conseguir la madera que era imposible obtener en Río Grande o en Río Gallegos, con la ayuda de los lugareños y de otros Salesianos, organizó un aserradero en la Isla Dawson. Considerando la precariedad de las comunicaciones y la pobreza de recursos disponibles en esos tiempos, su labor es aún más sorprendente.
Todas las iglesias católicas construidas en la Patagonia austral y en Tierra del Fuego entre 1887 y 1932 fueron realizadas a partir de sus proyectos y bajo su dirección de obra: se contabilizaron 22 templos y 5 colegios. Sus edificios se extienden desde Puerto Deseado hacia el sur, incluyendo el sector austral chileno y las islas Malvinas.
El que sigue es un listado de las obras del padre Juan Bernabé en la Patagonia realizado por LOLICH, Liliana, en base a los datos proporcionados por FERNÁNDEZ MALLO (2003) en su obra: La acción constructora del Padre Juan Bernabé S.D.B. en la Prefectura Apostólica de la Patagonia Meridional y la Tierra del Fuego. Punta Arenas.
- Primera capilla salesiana. Punta Arenas, Magallanes, Chile
- Iglesia Misión San Rafael. Isla Dawson Magallanes, Chile
- Iglesia en Plaza de Armas (destruida luego por un incendio) Punta Arenas, Magallanes, Chile
- Iglesia de la Misión de Nuestra Señora de la Candelaria. Río Grande, Tierra del Fuego, Argentina
- Parroquia Nuestra Señora de la Merced. Ushuaia, T. del Fuego, Argentina
- Parroquia Nuestra Señora de Luján. Catedral de Río Gallegos. R. Gallegos, Santa Cruz, Argentina
- Parroquia del Sagrado Corazón de Jesús. Catedral de Punta Arenas. Punta Arenas, Magallanes, Chile
- Capilla Mortuoria Salesiana. Cementerio Punta Arenas, Chile
- Capilla Asilo de Niñas Huérfanas. Punta Arenas, Magallanes, Chile
- Iglesia San Francisco de Sales. Porvenir, Magallanes, Chile
- Capilla de San José. Tres Puentes Barranco Amarillo, Magallanes
- Capilla de San Antonio de Padua. Leñadura, Magallanes, Chile
- Catedral de Puerto Santa Cruz. Prov. Santa Cruz, Argentina
- Capilla de Nuestra Señora del Carmen. Río Seco, Magallanes, Chile
- Iglesia Parroquia. San Miguel Arcángel Punta Arenas, Magallanes, Chile
- Capilla de los Santos Ángeles. Punta Arenas, Magallanes, Chile
- Capilla del Colegio María Auxiliadora. Punta Arenas, Magallanes, Chile
- Capilla del Niño Jesús de Praga. Miraflores, Punta Arenas, Chile
- Santuario de María Auxiliadora, Don Bosco. Punta Arenas, Magallanes, Chile
- Templo Parroquial de María Auxiliadora. Puerto Natales, Magallanes, Chile
s/f. Colegio San José. Punta Arenas, Magallanes, Chile
s/f. Colegio Sagrada Familia. Punta Arenas, Magallanes, Chile
s/f. Colegio María Auxiliadora. Punta Arenas, Magallanes, Chile
s/f. Colegio Don Bosco. Punta Arenas, Magallanes, Chile
s/f. Colegio María Auxiliadora. Puerto Natales, Magallanes, Chile
s/f. Colegio María Auxiliadora. Porvenir, Magallanes, Chile
Se debe agregar la Iglesia de la Misión de Nuestra Señora de la Candelaria en los Chorrillos, construída entre 1895 y 1894 y destruida en diciembre de 1896 por un incendio.
Además de ser el “arquitecto de monseñor Fagnano” construyendo las iglesias de Puerto Santa Cruz, Río Gallegos y Punta Arenas, entre otras, fue un excelente administrador.
Falleció a consecuencia de la caída de un andamio mientras inspeccionaba las obras del Santuario María Auxiliadora, en Punta Arenas, el 29 de julio de 1932 a los 72 años de edad.
Pedro Bonacina nació en Oggiorno, Como, Italia, el 8 de noviembre de 1859. Cursó sus estudios eclesiásticos en el seminario diocesano de Milán donde se ordenó sacerdote el 23 de junio de 1882. Ocupó el cargo de vicerrector, con la responsabilidad de administrador. Hubo un déficit en la contabilidad del seminario y lo culparon, tanto que huyó de Milán. Llegó a Turín y Don Rúa lo ayudó, lo embarcó a América. En enero de 1886, llegó al colegio Pio IX de Buenos Aires y comenzó el noviciado salesiano.
En 1887 visita la zona del río Colorado. En 1889 Cagliero le confió la fundación de dos casas en Pringles, hoy Guardia Mitre, una para los salesianos y otra para las Hijas de María Auxiliadora. Allí trabajaba como maestro en el Colegio "Ángel de la Guarda" de Guardia Mitre, y hacía largas excursiones por los campos.
En aquella comunidad de Pringles: las hermanas amasaban el pan para todos y lo cocinaban en un horno de barro hecho por los Salesianos. En las chacras cosechaban hortalizas abundantes. En algún puesto de la zona, el padre Bonacina conseguía una oveja cada semana, con lo que tenían suficiente alimento para vivir.
En 1892 en una misión por Valcheta encuentra a la tribu de Sayhueque. El padre Pedro Bonacina escribió:
Fuimos también a los toldos de Sayhueque, que a la sazón estaba de paso para Valcheta. ¡El cacique! ¡El gran rey del tiempo! ¡El príncipe del desierto!… El actual Sayhueque ya no era el de antes. (...) algo conservaba de su altivez y poderío de rey de las pampas. El Cacique se me presentó ya viejo, decaído, aplastado, desgarbado, zurdo, sin ninguna dignidad… Eso sí, de a caballo se engrandecía, se percibían los rastros de su perdido imperio y autoridad. Pero de a pie no era más que un indio viejo, un león desmelenado…
En 1892 el Vicario Apostólico le confió una difícil misión en Rawson, la capital del Chubut, que no era más que una aldea. Organizó la parroquia, y poco a poco, logró amigarse con católicos y protestantes, que al principio, fueron muy hostiles con él. En 1894 realizó giras apostólicas por Choele Choel, Chañares, Chimpay, Chichinales, General Roca y el cauce del Río Negro en que impartía sacramentos.
En 1895, hizo su profesión perpetua en Viedma y a solicitud de Cagliero, se trasladó a Fortin Mercedes, a orillas del río Colorado. El padre Pedro Bonacina lo visitaba desde 1887, asumió como director en 1895 y se quedó por más de 20 años.
En sus memorias narra…
Fortín Mercedes. Principios. Estamos en pleno desierto. Los habitantes están diseminados a grandes distancias unos de otros. En Fortín Mercedes había una casa de comercio y la estación telegráfica. En total dos familias. El 29 de junio tomamos posesión de unas 20 hectáreas de terreno en la costa del río, que ocupaban parte del antiguo fuerte en destrucción, pensando en levantar un espacioso colegio sobre una colina, desde la que se puede ver el valle y la campaña circundante. No hay señal de civilización alrededor. Sólo el hilo del telégrafo nos mantiene unidos con el resto del mundo y la galera o correo nacional que de 10 en 10 días pasa en un azaroso viaje cruzando la pampa argentina.
El Sr. José Luro, donante de la tierra y de los materiales, hizo que, con la aprobación del Vicario Apostólico, el 16 de julio de 1895 bendijera el inicio de las obras.
Se fundó un colegio con internado para la educación de un elevado número de niños, hijos de colonos, peones y estancieros. También supo ser hospital, correo, servicio meteorológico, lugar de capacitación agropecuaria y de distribución de semillas y, espacio de encuentro para todos los vecinos en aquellos años.
En el Boletín Salesiano de 1910, el padre Bonacina informa sobre las actividades pastorales, educativas y productivas que se desarrollaban en Fortín Mercedes. La noria podría abastecer de 400 m cúbicos de agua en 24 h. Así obtenían el riego para el cultivo: tenían uvas, cerezos, ciruelos, granados y hasta algodoneros.
En Fortín Mercedes construyeron islas con puentes y jardines, donde todos eran recibidos, particularmente las personas más humildes, tratadas como si fuesen viejos amigos; esos lugares eran la delicia de escolares, vecinos y peregrinos.
Bonacina era un hombre muy sacrificado y trabajador, habilísimo agricultor. Demostró, cuán fértiles eran las tierras de la zona, que, racionalmente trabajadas y cultivadas, se convertían en un oasis, ganando espacios al desierto. Enseñó a la gente a aprovechar el agua del río, a alimentarse también con pescado y no tan solo de carne, a cultivar frutas y verduras.
No existiendo ni el más humilde dispensario de primeros auxilios, también debió ejercer de médico local y hasta de cirujano, ya que, los enfermos debían viajar a Viedma o a Bahía Blanca por territorios sin caminos. Ante esta situación, el padre Pedro se proveyó de libros de medicina y se pasó largas noches, a la luz de una vela, estudiando para adquirir conocimientos médicos.
Estableció una farmacia y al llegar al atardecer de cada jornada visitaba a los enfermos para ofrecerles medicinas y animarlos con su palabra de consuelo.
A principios de 1908 hubo una epidemia de escarlatina que llegó a los colegios de Fortín Mercedes, el P. Pedro hizo intervenir al P. Garrone, pero ante la muerte de 6 alumnos se decidió la clausura de ambos colegios.
En 1915, el padre Pedro pasó a Carmen de Patagones para regir el Colegio y la parroquia del lugar. Ahí continuó trabajando al cuidado de los pobres que acudían para recibir su ración de víveres, que el párroco distribuía personalmente.
Cuando hubo necesidad de personal en la obra salesiana de Junín de los Andes, el padre Pedro, aunque ya escaso de fuerzas, aceptó. Manifestaba que le recordaba sus mejores años de misionero. El 24 de septiembre de 1927, falleció.
En una carta del padre Zacarías Genghini encontramos este relato:
No sé cómo describir el acompañamiento al cementerio. Fue una apoteosis, un triunfo más que un entierro. Estaba todo el pueblo de Junín, todas las autoridades, los comerciantes cerraron las puertas de los negocios, había estancieros, industriales, trabajadores, más de sesenta niños acompañando la cruz parroquial, las asociaciones de Angelitos, Hijas de María, Sagrado Corazón, María Auxiliadora, cada una con su estandarte enlutado, caballeros que vinieron expresamente de San Martín de los Andes para el acompañamiento fúnebre. Fue el primer y único entierro que acompañaron todos los pobladores de Junín. Una prueba que manifiesta el aprecio y veneración que tenían al padre Pedro, fue la propuesta y resolución espontáneamente manifestada de querer edificar ellos mismos un panteón y revestir de zinc el ataúd, para la mejor conservación de los restos.
(...) Tanta concurrencia, el silencio y devoción que los acompañaron en el trayecto desde la iglesia al cementerio, animó al suscrito a dirigirles la palabra e instarlos a practicar los sabios y saludables consejos que recibieron del malogrado padre Bonacina.
Fuente: Carta particular que el padre Zacarías Genghini envió al superior de la misión, padre Manachino. Periódico Misiones de la Patagonia. Colegio Salesiano de Viedma. Año III. Octubre de 1927, N°26
Los restos mortales del padre Pedro Bonacina descansan en el precioso Santuario de María Auxiliadora de Fortín Mercedes.
Maggiorino Borgatello nació en Varengo, Italia el 8 de febrero de 1857. Llegó al oratorio de Don Bosco a los 16 años. Hizo los votos perpetuos como salesiano en Lanzo en 1877 y se ordenó sacerdote en 1880 en Lucca, donde fue director espiritual hasta 1884 y desempeñó la misma tarea en Turín, en 1885. Luego fue prefecto de la sacristía del templo Sagrado Corazón de Roma hasta 1886. Luego se enfermó y tras la muerte de Don Bosco, en 1888, pidió a Don Rúa ir a la Patagonia, a cumplir el sueño de Don Bosco.
Desde 1888, Fagnano lo destinó a atender la capilla de Punta Arenas que tomó el rango de parroquia en 1901 y de la cual fue párroco y rector hasta 1912. Impresiona la meticulosidad con que llevaba los libros parroquiales. Dejó varios cuadernos, de doscientas páginas cada uno, con el título de “Crónica de las funciones de la parroquia de Punta Arenas”.
En 1893 inició en Magallanes un Museo etnográfico y de ciencias naturales, que bautizó como “Museo Territorial Salesiano” y que ahora se denomina Museo “Maggiorino Borgatello”. Reunió una amplia colección de objetos etnográficos, piezas arqueológicas, fósiles y ejemplares de flora y fauna local. Hay ejemplares únicos: el “perro fueguino”, por ejemplo, especie extinguida desde hace muchos años. También, junto a Lino Carbajal y Durando, fue responsable de la presentación de las misiones fueguinas en la Exposición de Arte Sacro desarrollada en Turín en 1898.
Fue director de las misiones de San Rafael en isla Dawson hasta su cierre en 1911. El desempeño de esta tarea le sirvió para conocer mejor a los naturales que vagaban por los canales fueguinos. Hombre prolijo como era, estudió la lengua de aquellos aborígenes: onas, yaganes y alacalufes (sic) y se aventuró a hacer un parangón de esas tres lenguas con la de los tehuelches de la Patagonia.
Estuvo en Nuestra Señora de la Candelaria en 1913, donde levantó dos locales importantes: uno para el servicio meteorológico y otro para el Museo de la Misión que inauguró en junio de 1913, que lleva el nombre de “Monseñor Fagnano” y aún está en funcionamiento.
En el Boletín Salesiano se pueden leer no pocas relaciones, que Borgatello remitía desde las misiones. Describe las tierras sureñas “con tinta muy negra”, relata el desastre que significó para los indígenas la invasión de los buscadores de oro en Tierra del Fuego, “con daño inmenso de los desdichados indios, en parte asesinados, o sino, sometidos a dura esclavitud”. En su escrito “Florecillas Silvestres” relata la muerte ejemplar y santa de decenas de aborígenes, particularmente de niños. En “Flores Magallánicas”, otros escritos en torno de las misiones. Gracias a su detallada escritura podemos conocer los hechos más destacados y los movimientos poblacionales y del personal de las misiones.
A pesar de las críticas que le propició en vida, tras la muerte de Fagnano escribió su vida de forma enteramente laudatoria.
Borgatello, vuelto a su patria, estuvo por poco tiempo en Roma y luego puso pie en el Oratorio de Valdocco y desempeñó el cargo de vicepárroco y prefecto de sacristía de la basílica de María Auxiliadora durante 14 años, donde trabajó con celo hasta el final de sus días. Durante su estadía en Valdocco escribió sus memorias.
Su trabajo misionero y etnográfico fue relatado por él mismo en las siguientes publicaciones:
• “Le Nozze D’Argento ossia 25 ani della missione salesiana della Patagonia Merid. E Terra del Fuoco. Prefettura apostólica Di Mons. Giuseppe Fagnano (1887-1912), Societá Editrice Internazionale, Torino, 1921.
• “Fiorellini silvestri Magellanici”, Società Editrice Internazionale, Turín, 1920.
• “Florecilla silvestre del Magallanes”, Escuela Tipográfica Salesiana, Turín, 1924.
• “Padre José Fagnano Vero, misionero salesiano. Vida y obra”, (Con Buvinic) Ed. Salesiana, Santiago de Chile, 1975.
• “Patagonia meridionale e terra del fuoco, memorie di un missionario, nel cinquantenario delle misión salesiane”, Società Editrice Internazionale, Turín, 1929.
• “Nella Terra del fuoco, memorie di un missionario salesiano”, società editrice internazionale, Turín, 1920.
• “Un conquistatore d’anime Monseñor Gius.Fagnano”, En Letture Cattoliche, No 856, Turín, 1994.
Murió en Turín el 20 de diciembre de 1929.
Miguel Borghino nació en Vigone, Turín, Piamonte, el 22 de noviembre de 1855. El colegio de Valsálice lo recibió como alumno el 18 de octubre de 1868. Ingresó en el noviciado el año 1876, para hacer la profesión perpetua el 17 de septiembre de 1877. Continuó sus estudios en Valsálice en 1878. Formó parte de la cuarta expedición de misioneros que don Bosco envió a América. Su primer destino fue el colegio Pío de Villa Colón, Uruguay.
Recibió la consagración sacerdotal el 26 de febrero de 1879. Durante el año 1880 desempeñó la tarea de director espiritual del colegio Pío de Villa Colón de Montevideo y entre 1881 y 1882 ejerció el cargo de director de estudios en Las Piedras.
En 1883 a Borghino le fue confiada la delicada e importante tarea de fundar la grandiosa obra de la ciudad de Niteroi, Río Janeiro, y la casa de formaciớn de Lorena. Se desempeñó como director de Niteroi hasta 1888, dejando consolidada la presencia salesiana en esa ciudad.
Regresó al colegio Pío de Villa Colón en 1889 como subdirector y administrador. Eran épocas de grandes dificultades, pues la masonería imperaba en el Uruguay y el laicismo en la enseñanza, combatían ferozmente la obra de los misioneros católicos. De carácter enérgico y resuelto, afrontó ásperas luchas para afianzar la obra salesiana.
En 1890 el padre Miguel Borghino fue nombrado párroco de Bahía Blanca por el Arzobispo de Buenos Aires, monseñor Antonio Espinosa. Las crónicas del colegio Don Bosco dan cuenta que, cuando Borghino pasó a visitar al obispo para recibir su bendición pastoral, el prelado lo abrazó llorando mientras decía que había hallado un sacerdote que acepte ir a esa ciudad. Ya habían renunciado 9 párrocos diocesanos por no soportar el ambiente anticlerical y masónico.
Llegó a Bahía Blanca en calidad de director, fundador y párroco. Lo habían precedido por algunos días el padre Domingo Milanesio y el coadjutor Carlos Rossetti. La casa y la capilla eran paupérrimas, el piso era de tierra y por los techos se filtraba el agua de lluvia.
En abril de ese año, llegó Cavalli, nombrado vicepárroco y se iniciaron las obras de la escuela y el templo. En pocos meses comenzó a funcionar una precaria escuela con 4 aulas divididas por tabiques.
En 1897 mudaron la escuela al solar de la calle Vieytes 150, actual ubicación del colegio Don Bosco. Paulatinamente se compró y se fue construyendo sobre los terrenos lindantes, hasta que la edificación completó la totalidad de la manzana.
El padre Borghino continuó con el cargo de director del colegio Don Bosco. El colegio María Auxiliadora fue también fruto del trabajo del padre Borghino. Quedó, a la vez, como responsable de la dirección del colegio Nuestra Señora de La Piedad donado por el señor Luis D'Abreu, inaugurado en 1894. Ambas tareas las realizó simultáneamente hasta 1902.
En Bahía Blanca el ambiente era hostil por la masonería y el liberalismo. Arreciaban los ataques contra la obra salesiana y contra el padre Borghino, con insultos y amenazas de incendio.
En 1899 con ocasión de la catastrófica inundación causada por el desborde del río Negro, Borghino escribía al padre Bonacina: "Yo estoy en la miseria hasta los ojos y con las deudas que me están ahogando. Pero nunca se dirá que he dejado a mis hermanos sin techo y sin vestido... dividiremos juntos... lo poco que tenemos”.
Efectivamente, en agosto, provenientes del Alto Valle, corridos por las aguas del río, llegaron salesianos, religiosas, niños y niñas. A todos se les dio alojamiento vestido y alimento, gracias a la ayuda oportunamente recibida de Buenos Aires y de la población bahiense. Los varones fueron recibidos como internos en el colegio La Piedad.
En 1902 Borghino asumió nuevas y mayores responsabilidades aún, pues fue enviado a Estados Unidos de Norteamérica como vice-inspector. Como tal atendió la obra salesiana de San Francisco (California) y la de Nueva York. En ese cargo permaneció hasta 1908.
De 1909 a 1911 pasó a Venezuela como inspector de la obra salesiana.
El padre Borghino regresó a su querido colegio Don Bosco de Bahía Blanca en 1912 en calidad de director. Pero, ante la enfermedad de su anciana madre, viajó urgentemente a ltalia en 1913 para asistirla en sus últimos momentos.
Desde Italia regresó al Brasil para desempeñar diversas tareas. En 1915 fue el encargado de la casa salesiana de Río de Janeiro. De 1916 a 1919 cumplió la misión de confesor en el liceo Sagrado Corazón de Jesús de San Pablo. Permaneció en Niteroi desde 1920 a 1926. De 1927 a 1929 estuvo a cargo de la capellanía de un hospital donde ejerció su ministerio sacerdotal.
En 1929 al retornar de Brasil a su amada Italia, participó en Roma y en Turín de la celebración de las solemnes fiestas con ocasión de la beatificación de don Bosco.
Por el malestar del corazón, que ya se había manifestado en América, el 14 de noviembre de 1929 dejaba de existir en Turín cuando estaba transitando los 74 años de su vida.
José María Brentana nació en Chiari, Brescia, Italia, el 14 de marzo de 1870, en una familia profundamente cristiana. Entró en el seminario diocesano y en 1886 recibió el hábito eclesiástico.
José María era un asiduo lector del Boletín Salesiano a través del cual conoció las aventuras de los primeros misioneros en la Patagonia. A sus compañeros de seminario les comentaba sus lecturas. Un buen día, improvisadamente, manifestó a las autoridades del seminario su vivo deseo de hacerse misionero salesiano. Inútiles fueron los esfuerzos y los ruegos de los superiores para que desistiera. Guiado por su férrea voluntad, dejó el seminario ese mismo día.
Ya en su casa, le dijo a los padres y parientes de su ideal, y éstos, algunos años más tarde, le permitieron ingresar en el Oratorio de Turín, donde fue recibido por don Miguel Rúa el 20 de octubre de 1888.
José María estuvo en el oratorio solamente un año. Con la expedición del mes de noviembre de 1889, partió de Turín para América. Arribó a Montevideo y de ahí a Paysandú. Enseguida aprendió el castellano. Hizo su noviciado en Villa Colón en 1890 y el 3 de octubre de 1894 hizo la profesión perpetua. Aún estudiante, su nuevo destino fue Bahía Blanca.
Cuando llegó Brentana a Bahía Blanca, era apenas un pueblo de tres mil habitantes. Si bien los salesianos ya iban disipando el sectarismo y la indiferencia religiosa, eran muy pocos los que concurrían a la parroquia. Brentana, recorría las polvorientas calles del pueblo tocando una campanilla e invitando a concurrir al oratorio. Como por arte de magia, decenas de niños y jóvenes, atraídos por su sus modos suaves y su natural afabilidad llenaron el oratorio, y su alegría y entusiasmo invadió la población. El programa era muy simple: un poco de catecismo, alguna oración, y en seguida, función de títeres.
Ya ordenado sacerdote en Viedma en 1895, trabajó sucesivamente en Carmen de Patagones y en Bahía Blanca con admirable dedicación a su ministerio sacerdotal.
Retornó a Viedma y tuvo a su cargo la dirección del semanario "Flores del Campo", poniéndose en evidencia como escritor y periodista. Pero donde más se manifestó su fibra misionera por más de 25 años fue en el valle superior del río Negro. Misionó en General Roca, Allen, Cipolletti, Neuquén, Cinco Saltos, Contralmirante Cordero. Todos: ricos y pobres, jóvenes y viejos, y también los indiferentes y hasta los opositores, admiraban la bondad de su corazón y su sencillo y humilde modo de proceder. Supo conquistar el aprecio de los ferroviarios: todo el personal lo respetaba sin distinción de jerarquías. Católicos o protestantes, sin medir distancias, lo visitaban para informarse de su estado de salud o pasar un rato en su compañía. En el tren lo rodeaban, le manifestaban su aprecio y admiración y la alegría de verlo. Más de una vez se paró el tren en pleno descampado o retardó su salida de la estación al ver llegar jadeante al Padre José . En el tren le pedían el pasaje y como no lo tenía, ni disponía de dinero para pagarlo, le secuestraban la valija, para devolvérsela luego, llena de regalos.
No tuvo nunca dinero, no comió ni durmió con regularidad, no se concedió nunca una sola hora de distensión. Nunca tuvo fijos un lecho, una mesa y una cocina. Muchos fueron testigos de cómo vestido pobremente y calzado con alpargatas, hacía largos caminos de a pie para cumplir con su ministerio sacerdotal en los diversos pueblos. Lo que recibía de la caridad para que se vistiera y calzara, antes de llegar a casa, ya le había servido para socorrer a algún pobre o enfermo.
El padre José María era un hombre de erudición no común; estaba siempre al corriente de las novedades culturales, especialmente ascéticas y místicas, y era capaz de sostener conversaciones brillantes sobre muchos temas del saber humano.
Con los años, había quedado sordo, con los ojos muy debilitados y con la voz tan cascada que era difícil entenderlo. Por eso pasó a la casa de Fortín Mercedes, donde se vio rodeado por el afecto de los hermanos, de los estudiantes, novicios y aspirantes.
Sus males se fueron acentuando, especialmente la diabetes. Esto obligó a internarlo en el hospital salesiano San José de Viedma. Los médicos y los salesianos le dispensaron todas las atenciones del caso. Falleció el 7 de marzo de 1944 en Viedma, a los 74 años de edad.
Sus restos descansan ahora en el templo parroquial San Juan Bosco de la ciudad de Cipolletti.
Ángel Buodo nació en Barco di Pravisdomini, Udine, Italia, el 27 de junio de 1867, anteúltimo de nueve hermanos. La familia era pobre y la comida escasa. A los doce años tuvo que alejarse de la casa paterna para ganarse la vida con el trabajo. Hizo su primera comunión cuando estaba por cumplir dieciséis años de edad.
Estudió como perito agrónomo en el instituto salesiano de agricultura de Mogliano Véneto. Se entusiasmó con ese estilo de vida y el 21 de marzo de 1889 partió para Turín. Ángel ingresó al seminario dirigido por el sacerdote salesiano Felipe Rinaldi.
En 1890 se enfermó y se curó repentinamente, cuando don Rúa le aplicó sobre la cabeza la almohada de Don Bosco al fallecer el 31 de enero de 1888. Nunca más sintió dolor de cabeza. Su vocación quedó definitivamente decidida.
El 24 de agosto de 1891, Ángel dió sus primeros pasos en la Congregación Salesiana. En octubre de 1893 estudió en Valsálice, Turín. El 19 de diciembre de 1896 se ordenó sacerdote en Faenza. Le confiaron el cargo de administrador de la casa, distinguiéndose por el fiel cumplimiento de su tarea y el estricto orden en todas sus cosas.
En 1898 Vespignani, inspector de la Argentina, viajó a Turín por el Capítulo General. Se encontró con Buodo y lo aceptó para las misiones de la Patagonia. Con 31 años de edad, viajó en la 32° expedición misionera.
Llegó a Buenos Aires el 20 de noviembre de 1898. En 1899 fue destinado a San Nicolás de los Arroyos como profesor de teología y director espiritual. En 1901 pasó a la Boca como maestro, director espiritual y ayudante en la parroquia. En junio de 1902 y hasta 1904 estuvo en Mendoza como confesor y profesor de teologia. A principios de 1905 y hasta 1914 fue enviado a la escuela agrícola de Uribelarrea, provincia de Buenos Aires, como director espiritual y confesor. Fue también maestro en esa escuela y misionero de las zonas circundantes.
En enero de 1914, al hacer los ejercicios espirituales en Buenos Aires, el inspector, Vespignani, le comunicó que iría a General Acha, La Pampa. El 27 de marzo ya estaba dando clase en el colegio La Inmaculada. Halló su verdadera vocación como misionero en el campo, para evangelizar, confesar, preparar matrimonios, primeras comuniones, confirmaciones, rezar responsos, visitar familias, construir capillas y templos...
También soportó ataques, como por ejemplo, el del autodenominado "Comité de Libres Pensadores de Bernasconi"; sufrió la oposición del presidente de la Municipalidad de Macachín, un libre pensador mal educado.
El padre Ángel Buodo sirvió con gran amor y caridad a los huérfanos, a los que llamaba cariñosamente sus "guachitos", también cuidó a los enfermos, los necesitados... buscó empleos para los sin trabajo, nombramientos de maestros para las escuelas…
La Pampa estaba poblada por inmigrantes italianos, gauchos llegados de otras regiones de la Argentina e indígenas; estos últimos fueron objeto de su especial dedicación, ayudándolos a integrarse en una sociedad criolla. Se acercó entablando buenas relaciones con los caciques e impulsó el ingreso de los guerreros al cuerpo de policía.
Un accidente sufrido en 1921 resintió su salud y le impidió seguir misionando de forma activa, de modo que algún tiempo después fue nombrado cura párroco de Puelches. Aún tuvo tiempo de levantar una capilla varios kilómetros al este de General Acha, en el paraje que actualmente lleva su nombre; esa capilla fue declarada posteriormente Monumento Histórico Provincial.
En 1922 debió enfrentar una situación violenta cuando un estanciero que había comprado el terreno en que vivían las tribus incendió los ranchos de los indígenas. Buodo viajó a Buenos Aires, donde logró un resarcimiento de parte del estanciero y un lugar para que los indígenas se establecieran.
Gracias a las donaciones recibidas, compró un sulky que usaba para misionar. En 1920 lo sustituyó por un charré, que no le dio buen resultado y en 1927 compró un Ford T. En 1931 volvió al sulky porque las reparaciones eran caras. También recorrió La Pampa en tren.
El padre Buodo no sólo sembró el evangelio, sino que como perito agrónomo, fue un apasionado de la agricultura: enseñó a blancos e indígenas a plantar árboles, cultivar vides, sembrar hortalizas.
El padre Buodo construyó en los pueblos de su misión capillas y templos para la protección espiritual de sus pobladores. Fueron muchas: Quehué, Utracán, Gamay, Unanue (dedicada a San Juan Bosco), Hucal, Ranqueles, Santa María, Abramo, Bernasconi, Villa Alba (hoy San Martín), Jacinto Arauz (su Betania), Villa Iris, Rondeau, Rosario, Río Colorado, Pichi Mahuida, Santa Teresita, Doblas, Macachín, Rolón, Alpachiri, San Germán, Riglos, Ataliva Roca, Epupel, Perú, La Adela.
Era un hombre culto: dejó infinidad de apuntes, desde escritos de teología, filosofia, homilías, hasta la lista de cosas que distribuía a los necesitados... También era un hombre libre, valiente, sin alardes ni jactancias. Siempre agradeció a todos aquellos que le ayudaron de una u otra forma.
A inicios de 1943 en el Hospital Italiano de Buenos Aires fue sometido a una dolorosa operación. Se recuperó lo suficiente como para volver a La Pampa y seguir misionando. En 1944 estaba de nuevo en el hospital. Pero a principios de 1945 pudo volver nuevamente a su misión pampeana, ayudado por su bastón.
Pasó sus últimos meses internado en el Hospital Italiano de Buenos Aires y el colegio Pio IX de Almagro, Buenos Aires.
Falleció el domingo 11 de mayo de 1947. El 20 de mayo, en General Acha se realizó una misa en la que participó todo el pueblo.
Juan Cagliero nació en Castelnuovo d´Asti, Italia, el 11 de enero de 1838. Huérfano de padre desde muy pequeño, ayudaba al cura de su pueblo como monaguillo. Así fue que conoció a don Bosco cuando, en septiembre de 1850, llegó al pueblo en uno de los paseos juveniles que solía realizar con los niños del Oratorio. Inmediatamente se sintió atraído por su personalidad de modo que cuando al año siguiente regresó al lugar, le manifestó su deseo de irse con él. Su mamá, Teresa Musso, campesina sencilla y de gran bondad, no puso reparos. Y Juan ingresó al Oratorio de Turín, el 3 de noviembre de 1851.
Demostró ser un joven despierto, independiente, emprendedor y muy activo, cualidades que le permitirían en el futuro asumir la misión salesiana de América. Pero, en ese tiempo de juventud, le sirvieron para ser catalogado como “díscolo” y estuvo a punto de que lo enviaran de regreso a su casa. Lo salvó su buen rendimiento intelectual y la intervención de don Bosco.
Ante la epidemia de cólera que se declaró en Turín en 1854 Cagliero, junto a otros jóvenes del oratorio, se ofreció a cuidar a los enfermos, ninguno se contagió.
Más tarde Juan cayó gravemente enfermo, por la fiebre tifus. Estuvo a punto de morir. En las memorias biográficas de don Bosco se narra esta situación como profecía de la misión salesiana en la Patagonia: al ingresar don Bosco a la habitación de Juan Cagliero para administrarle los sacramentos, vio que sobre su cabeza se cernía una paloma. El entorno desapareció y en su lugar surgieron montes y praderas donde erraban aborígenes, que más tarde reconocería como los habitantes de la Patagonia y Tierra del Fuego. Juan Cagliero se curó y veintiún años más tarde encabezaría la primera expedición salesiana con destino a la Patagonia.
En el oratorio, Cagliero fue maestro y asistente del dormitorio. Junto al estudio de las Ciencias Eclesiásticas se dedicó a la música: estudió piano, órgano, solfeo, composición y contrapunto. Fue maestro de música; compuso notables obras musicales; formó musicalmente a muchos jóvenes y dirigió un coro de más de 300 integrantes.
Secundó a don Bosco como su brazo derecho ante los desafíos y dificultades que tuvo que atravesar y en las difíciles relaciones eclesiales. Aprendió de él y con él, configurando su personalidad, enriqueciéndose culturalmente y con una profunda formación religiosa y sacerdotal.
El 14 de junio de 1862 fue ordenado sacerdote. Comenzó a trabajar como director espiritual del Oratorio de Valdocco. Atendió las capellanías del “Refugio”, la de la obra de la Marquesa Barolo y más tarde, en el Instituto de las Hijas de María Auxiliadora.
El 15 de noviembre de 1865 hizo su profesión perpetua prometiendo dedicar su vida a la Sociedad Salesiana. Se doctoró en Teología el 4 de diciembre de 1873 en la Facultad Pontificia de Turín.
Las intenciones misioneras de Don Bosco fueron madurando. En 1872 tuvo otro sueño profético. Estudiando en los libros de geografía de esa época descubrió que las personas que había visto en sueños, eran habitantes de la Patagonia y de Tierra del Fuego. Casi en simultáneo recibió una propuesta del obispo de Buenos Aires, monseñor Aneiros que, por sugerencia del cónsul Gazzolo, le solicitaba la apertura de colegios como los que ya tenía en Italia, pero en su diócesis, en Argentina.
El 14 de noviembre de 1875, Juan Cagliero, SDB, partió del puerto de Génova encabezando la primera expedición misionera integrada por diez salesianos. Desembarcó en el puerto de Buenos Aires el 14 de diciembre de ese año, dando inicio al itinerario fundamental de su misión en América, como conductor y ejecutor de la propuesta de don Bosco.
Al llegar a Buenos Aires, se establecieron en la Iglesia “Mater Misericordiæ”, la “iglesia de los italianos”. Ni bien arribaron, con ayuda del presidente de las “Conferencias de San Vicente de Paul”, Dr. Eduardo Carranza Viamont, comenzó a funcionar un taller de artes y oficios y, en forma casi simultánea, en los ambientes contiguos, una escuela para estudiantes. Este será el germen del Colegio Pío IX de Almagro. A pedido de monseñor Aneiros los salesianos comenzaron a trabajar en el barrio de “La Boca”, un lugar habitado por genoveses, napolitanos, bandoleros porteños y toda suerte de inmigrantes en un ambiente marcadamente hostil y anticlerical.
A inicios de 1876, Cagliero inauguró en la localidad de San Nicolás el primer colegio salesiano de la República Argentina. Estando allí aceptó la invitación a fundar otro colegio en Uruguay, en Villa Colón. A pesar de la crisis social del momento, su entusiasmo con nuevas presencias salesianas y la posibilidad de vocaciones autóctonas, lo llevó a solicitar permiso para abrir un aspirantado salesiano y, sugerir a Don Bosco, que la segunda expedición salesiana recale, directamente, en Villa Colón.
Su tarea pastoral en Buenos Aires, San Nicolás y Uruguay demoró la propuesta de ir a la Patagonia. Don Bosco se lo reclamó insistentemente en sus cartas, y él consideraba que era necesario analizar las alternativas posibles para avanzar en el territorio. Finalmente la misión salesiana en la Patagonia se concretó a partir del 20 de enero de 1880, cuando el padre José Fagnano pasó por Carmen de Patagones fundando allí dos colegios.
En Italia se estaba organizando el primer Capítulo General de la Congregación. Cagliero, uno de los primeros salesianos, no podía estar ausente. En septiembre de 1877 fue llamado a Turín para ocupar el cargo de director espiritual de la Congregación, tarea que desempeñó hasta fines de noviembre de 1884. No participó solamente al Capítulo General informando sobre los emprendimientos apostólicos americanos sino que, estando en Italia, don Bosco le confió las fundaciones de Lucca, La Spezia, Nápoles, Catania y Randazzo. También en Utrera y en Portugal. Ante el fallecimiento de María Mazzarello, fundadora de las Hijas de María Auxiliadora, asumió la dirección espiritual del Instituto.
Para una mejor organización, expansión y mayor efectividad, en 1883 el papa León XIII, por sugerencia de Don Bosco, aprobó la creación de dos territorios diferenciados: el Vicariato Apostólico de la Patagonia Septentrional con sede en Viedma, designando a padre Juan Cagliero como obispo vicario. Y la Prefectura Apostólica de la Patagonia Meridional, Tierra del Fuego e Islas Malvinas, con sede en Punta Arenas, para la cual nombró prefecto con el título de monseñor, al padre José Fagnano.
En 1883 los salesianos ya habían cabalgado toda la Patagonia septentrional desde el océano Atlántico hasta la cordillera de los Andes y habían surgido centros misioneros, capillas y colegios... pero lamentaban la ausencia del caudillo que don Bosco retenía en Italia.
El 24 de marzo de 1884 Monseñor Cagliero era recibido en Buenos Aires con festejos, pero las circunstancias en las que el nuevo obispo hacía su regreso a la República Argentina no podían ser peores. El delegado de la santa sede había sido expulsado. Imperaba la Ley 1420 de enseñanza laica.
Cagliero esperó inútilmente en Buenos Aires para entrevistarse con el presidente, el general Julio Argentino Roca. Emprendió viaje para Carmen de Patagones, donde fijó sede. El 11 de julio tuvo un encuentro cordial con el gobernador de la Patagonia, el general Lorenzo Vintter.
Con la llegada de monseñor Juan Cagliero al vicariato comenzó una importante expansión misionera salesiana en toda la Patagonia. Los progresos fueron notables, se organizó la acción pastoral y tanto las misiones como los misioneros se fueron multiplicando.
En 1886, Cagliero se reunió con el presidente Roca, en un ambiente hostil propio de la sociedad laicista. Recientemente, el nuncio apostólico argentino, representante de la Santa Sede, había sido expulsado. Cagliero le manifestó que los misioneros tenían derechos de ciudadanos y que eso le permitía ingresar al país. Su objetivo era conversar sobre la problemática de las tierras que se le quitaban a los originarios. Ese mismo año, Cagliero junto con Milanesio, Riccardi y Remotti reunieron a los caciques para conversar sobre la problemática de las tierras y mediar en las capitulaciones para cuidar las vidas y obtener mayores beneficios en favor de los orginarios.
En 1887 Cagliero visitó las casas salesianas de Chile y luego, enterado de que Don Bosco había sido desahausiado, viajó a Italia para verlo por última vez.
En 1889, Cagliero se instaló en Viedma, sede del Vicariato y fundó el Hospital San José de Viedma. En 1890 en Bahía Blanca, fundó el Círculo Católico de obreros y consiguió de Agustín Pedemonte (padre de Luis, futuro inspector) las tierras para construir el Aspirantado de Bernal, el primero de América, que comenzaría a funcionar en 1895.
En 1894 Cagliero, por pedido del Presidente Luis Sáenz Peña ofreció albergar en los colegios de la Congregación Salesiana y de las Hijas de María Auxiliadora de toda la Patagonia, a los “menores delincuentes o depositados y a las mujeres criminales”. Rápidamente ese año, los orfanatos albergaron a muchos niños judicializados.
En 1897 Cagliero visitó Victorica, La Pampa y bendijo las instalaciones del Colegio Don Bosco de Bahía Blanca que se trasladó a su ubicación actual. Luego, en septiembre, en Buenos Aires, visitando el colegio Pío IX de Almagro, monseñor Cagliero, recibió a Ceferino y a su papá: el cacique Manuel Namuncurá.
En 1904 Cagliero viajó a Roma junto con Ceferino ya enfermo, quien falleció un año después.
En 1908, el 7 de agosto, fue nombrado internuncio apostólico para América Central, con sede principal en Costa Rica, cargo que ejerció hasta 1915. Durante ese período se introdujeron las obras salesianas en Costa Rica, Nicaragua y Honduras.
El 9 de diciembre de 1915, Cagliero fue elevado a la dignidad cardenalicia, siendo el primer cardenal Salesiano en la historia del catolicismo universal.
En 1926, el 28 de febrero, Cagliero murió de un infarto en Roma, a la edad de 88 años. Fue sepultado en el cementerio Campo Verano en Roma. Sus restos fueron reclamados por las Autoridades y el Pueblo de la República Argentina, por lo que fueron trasladados hasta la Catedral de la Ciudad de Viedma, lugar de su primera residencia como obispo.
En 1988 fue declarado Siervo de Dios.