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Registo de autoridade
Cavalli, Carlo
AR-AHS ARS/BB ISAAR 4.CC · Pessoa singular · 1849 - 1917

Carlo Evasio Cavalli nació en San Salvatore Monferrato, provincia de Alessandria, diócesis de Casale Monferrato, el 11 de noviembre de 1849. Hijo de Martino Cavalli y Giuseppa Camurati, campesinos y buenos cristianos. Tuvo ocho hermanos.
En 1859, a los diez años, ingresó al Oratorio “San Francisco de Sales” en Turín. Al llegar asistió al primer gimnasio, pero debido a su mala salud tuvo que abandonar el Oratorio y continuar sus estudios en el Colegio Nacional de los Padres Somaschi en Valenza. Sin embargo, ni bien se recuperó, solicitó y obtuvo la admisión en el colegio salesiano de Mirabello, donde completó sus estudios secundarios con honores.
Atraído por el carisma de don Bosco, regresó al Oratorio de Turín. Se matriculó y el 30 de noviembre de 1878 tomó el hábito clerical en la iglesia de María Auxiliadora. Después del noviciado, hizo sus votos perpetuos en 1879. Cursó filosofía y teología en el Colegio de Valsalice, desempeñándose primero como asistente y más tarde como profesor.
En 1883, estando en la Casa Salesiana de Alassio, el 10 de marzo, fue ordenado sacerdote. Celebró su primera misa en San Salvatore Monferrato, su tierra natal.
Deseoso de ser misionero, con el permiso de sus superiores y la bendición de don Bosco, el 14 de noviembre de 1883, se embarcó en Marsella rumbo a Argentina en el vapor Bearn, junto a otros veinte salesianos y doce Hijas de María Auxiliadora. Fue integrante de la séptima expedición salesiana dirigida por el padre Santiago Costamagna. Nunca regresó a Italia.
Al llegar a Buenos Aires fue destinado sucesivamente a la parroquia de “San Juan Evangelista” en el barrio de “La Boca”; a la parroquia “San Carlos” en Almagro y al colegio “Pío IX” para llegar, finalmente, a la iglesia “Mater Misericordiae”. Pero poco más tarde, en 1887, fue enviado al colegio y parroquia de “Nuestra Señora del Rosario” de Paisandú, en Uruguay, como coadjutor del párroco: allí manifestó su celo y su preferencia pastoral hacia los más pobres y enfermos.
En 1890 el arzobispo de Buenos Aires, monseñor Federico Aneiros, luego de recibir la renuncia de nueve sacerdotes diocesanos, ofreció a los Salesianos la parroquia de Bahía Blanca. Monseñor Juan Cagliero designó al padre Miguel Borghino como párroco, y al padre Carlo Cavali como vicario en la parroquia “Nuestra Señora de la Merced”. El padre Cavalli, permaneció en el lugar durante 23 años, primero como colaborador del padre Borghino y luego, cuando este asumió la dirección del incipiente colegio Don Bosco, como párroco.
Los salesianos llegaron a Bahía Blanca en medio de un clima anticlerical y masónico marcado por contrastes sociales, violencia, disturbios, huelgas, incluso inundaciones y epidemias de cólera. El enfrentamiento tomó forma, no sólo a través de la prensa local, sino también con diversas manifestaciones. La acción de anarquistas, socialistas y masones fue subiendo de tono hasta expresiones de violencia física: durante una procesión, el padre Carlo, fue golpeado por una piedra en la cabeza. Desde el ayuntamiento, frente a la plaza central, la multitud era arengada con discursos violentos. Los salesianos, en el lado opuesto de la plaza, tocaban las campanas para atenuar los hechos y acallar la violencia.
El padre “Carlitos”, como era llamado cariñosamente, contribuyó a transformar cristianamente el adverso ambiente garibaldino-masónico de la primitiva Bahía Blanca: con su actitud y su accionar bondadoso, ignorando las ofensas, estuvo presente para llevar consuelo ante el dolor, la pobreza o la tribulación, llegando a pie a los hogares más lejanos de la ciudad, visitando y consolando a quienes se encontraban a su paso.
La parroquia se encontraba edilicia y espiritualmente en un estado deplorable y era un campo muy difícil de trabajar donde el sacerdote tuvo que soportar insultos soeces, silbidos y mofas, también a través de la prensa local. Fue precisamente en este ambiente, en la ciudad de Bahía Blanca, donde vivió con dedicación y pasión su vocación sacerdotal. Poco a poco y, gracias al empeño de los salesianos, las cosas fueron cambiando, al punto que aquellos que detentaban odio hacia la propuesta de la Iglesia, depusieron sus ideas anticlericales transformándose en amigos.
En 1894 se inauguró la Iglesia y el colegio de “Nuestra Señora de la Merced”. Poco a poco, incluso la fuerte oposición entre la iglesia y la masonería, incluidos los italianos "garibaldini y tragacuras", fue disminuyendo para comenzar un período de convivencia civil.
Cumplió su misión sin desfallecimiento. Su preocupación por los pobres y desvalidos no tenía límites. Llevó el consuelo a enfermos y encarcelados.
En 1897 llegó a Bahía Blanca la familia Zatti, con quien estableció un vínculo cercano, por ser “paisanos”. Mientras la parroquia estaba en construcción, el padre Carlo llevaba los libros de registro de bautismo y casamiento a la casa de Hildegarda Zatti, quien fuera hermana mayor de Artémides. El P. Carlo llegó a ser director espiritual de Artémides y lo recomendó para ser admitido en el Aspirantado de Bernal. Cuando Artémides se enfermó de tuberculosis y regresó a Bahía Blanca, le sugirió viajar a Viedma para internarse en el Hospital Buen Pastor al cuidado del Padre Garrone.
En el año 1913, los salesianos entregaron la parroquia “La Merced” a sacerdotes diocesanos. El padre Cavali fue destinado a Carmen de Patagones para ocuparse de la parroquia en ese lugar. En 1917 retornó a Bahía Blanca, donde falleció el 17 de agosto. Sus funerales resultaron una expresión solemne de respeto y amor de parte de la población, sin distinción de clases sociales y de credo.
Fue promotor de la construcción de una nueva iglesia, hoy catedral, y de muchas obras parroquiales. En 1918, en el primer aniversario de su muerte, se puede leer, a través del “homenaje póstumo” los testimonios de gratitud de personas reconocidas de la ciudad.

Brentana, José María
AR-AHS ARS/BB ISAAR 4.BrJ · Pessoa singular · 1870 - 1944

José María Brentana nació en Chiari, Brescia, Italia, el 14 de marzo de 1870, en una familia profundamente cristiana. Entró en el seminario diocesano y en 1886 recibió el hábito eclesiástico.
José María era un asiduo lector del Boletín Salesiano a través del cual conoció las aventuras de los primeros misioneros en la Patagonia. A sus compañeros de seminario les comentaba sus lecturas. Un buen día, improvisadamente, manifestó a las autoridades del seminario su vivo deseo de hacerse misionero salesiano. Inútiles fueron los esfuerzos y los ruegos de los superiores para que desistiera. Guiado por su férrea voluntad, dejó el seminario ese mismo día.
Ya en su casa, le dijo a los padres y parientes de su ideal, y éstos, algunos años más tarde, le permitieron ingresar en el Oratorio de Turín, donde fue recibido por don Miguel Rúa el 20 de octubre de 1888.
José María estuvo en el oratorio solamente un año. Con la expedición del mes de noviembre de 1889, partió de Turín para América. Arribó a Montevideo y de ahí a Paysandú. Enseguida aprendió el castellano. Hizo su noviciado en Villa Colón en 1890 y el 3 de octubre de 1894 hizo la profesión perpetua. Aún estudiante, su nuevo destino fue Bahía Blanca.
Cuando llegó Brentana a Bahía Blanca, era apenas un pueblo de tres mil habitantes. Si bien los salesianos ya iban disipando el sectarismo y la indiferencia religiosa, eran muy pocos los que concurrían a la parroquia. Brentana, recorría las polvorientas calles del pueblo tocando una campanilla e invitando a concurrir al oratorio. Como por arte de magia, decenas de niños y jóvenes, atraídos por su sus modos suaves y su natural afabilidad llenaron el oratorio, y su alegría y entusiasmo invadió la población. El programa era muy simple: un poco de catecismo, alguna oración, y en seguida, función de títeres.
Ya ordenado sacerdote en Viedma en 1895, trabajó sucesivamente en Carmen de Patagones y en Bahía Blanca con admirable dedicación a su ministerio sacerdotal.
Retornó a Viedma y tuvo a su cargo la dirección del semanario "Flores del Campo", poniéndose en evidencia como escritor y periodista. Pero donde más se manifestó su fibra misionera por más de 25 años fue en el valle superior del río Negro. Misionó en General Roca, Allen, Cipolletti, Neuquén, Cinco Saltos, Contralmirante Cordero. Todos: ricos y pobres, jóvenes y viejos, y también los indiferentes y hasta los opositores, admiraban la bondad de su corazón y su sencillo y humilde modo de proceder. Supo conquistar el aprecio de los ferroviarios: todo el personal lo respetaba sin distinción de jerarquías. Católicos o protestantes, sin medir distancias, lo visitaban para informarse de su estado de salud o pasar un rato en su compañía. En el tren lo rodeaban, le manifestaban su aprecio y admiración y la alegría de verlo. Más de una vez se paró el tren en pleno descampado o retardó su salida de la estación al ver llegar jadeante al Padre José . En el tren le pedían el pasaje y como no lo tenía, ni disponía de dinero para pagarlo, le secuestraban la valija, para devolvérsela luego, llena de regalos.
No tuvo nunca dinero, no comió ni durmió con regularidad, no se concedió nunca una sola hora de distensión. Nunca tuvo fijos un lecho, una mesa y una cocina. Muchos fueron testigos de cómo vestido pobremente y calzado con alpargatas, hacía largos caminos de a pie para cumplir con su ministerio sacerdotal en los diversos pueblos. Lo que recibía de la caridad para que se vistiera y calzara, antes de llegar a casa, ya le había servido para socorrer a algún pobre o enfermo.
El padre José María era un hombre de erudición no común; estaba siempre al corriente de las novedades culturales, especialmente ascéticas y místicas, y era capaz de sostener conversaciones brillantes sobre muchos temas del saber humano.
Con los años, había quedado sordo, con los ojos muy debilitados y con la voz tan cascada que era difícil entenderlo. Por eso pasó a la casa de Fortín Mercedes, donde se vio rodeado por el afecto de los hermanos, de los estudiantes, novicios y aspirantes.
Sus males se fueron acentuando, especialmente la diabetes. Esto obligó a internarlo en el hospital salesiano San José de Viedma. Los médicos y los salesianos le dispensaron todas las atenciones del caso. Falleció el 7 de marzo de 1944 en Viedma, a los 74 años de edad.
Sus restos descansan ahora en el templo parroquial San Juan Bosco de la ciudad de Cipolletti.

Esandi, Nicolás
AR-AHS ARS/BB ISAAR 4.EN · Pessoa singular · 1876 - 1948

Nicolás Esandi nació en Bahía Blanca, Argentina, el 6 de diciembre de 1876. Los padres de Nicolás, José Joaquín y María Nicolao, originarios de España, cristianos, tuvieron dos de sus hijos sacerdotes y dos de sus hijas como integrantes de las Hijas de María Auxiliadora. Su padre José fue el constructor del templo Sagrado Corazón de Jesús de Bahía Blanca y otras obras salesianas de la región.
Nicolás, cuando apenas había cumplido catorce años de edad, acompañaba al padre Domingo Milanesio en sus extensas giras misioneras por el territorio de Río Negro y sur de la Provincia de Buenos Aires. En sulky o a caballo viajaron largas horas, lo que pudo haber influenciado en la formación salesiana de Nicolás.
Ingresó luego como alumno del colegio Don Bosco de Bahía Blanca. Después de dos años de frecuentar el colegio salesiano, fue admitido al noviciado en Viedma. Pasó luego a Buenos Aires, donde hizo la profesión perpetua el 27 de enero de 1894. Cuando se abrió la casa de formación de Bernal, inició el periodo de formador de los jóvenes salesianos, que cumplió por veintisiete años, modelando a las primeras generaciones de salesianos argentinos. El 28 de enero de 1900 fue consagrado sacerdote por monseñor Juan Cagliero en la ciudad de Bahía Blanca.
Nicolás sobresalía por su piedad, actividad y espíritu salesiano. En Bernal organizó los estudios eclesiásticos y la escuela normal para la formación de los docentes. Tenía a su cargo la enseñanza de la literatura, el latín, la pedagogía y la teología. Cultivó también la filología. Como fruto de su enseñanza práctica y sólida, publicó dos volúmenes de Apuntes de Pedagogía, uno de Estudio Metódico del Latín y varios Métodos Didácticos para la enseñanza de la literatura y la escritura, que tuvieron gran difusión en las escuelas de la República Argentina. Se destacó también como profesor, director de estudios, director y maestro de novicios. Inició y dirigió el semanario “La Unión”.
El núcleo principal de la comunidad parroquial lo formaba la colectividad genovesa, por eso lanzó la idea, recibida y secundada con entusiasmo por los feligreses, de erigir un santuario a Nuestra Señora de la Guardia.
En 1922 fue transferido a Buenos Aires en calidad de párroco de San Juan Evangelista de la Boca del Riachuelo. Cinco años trabajó en la Boca, y nuevamente pasó a Bernal como director y párroco por cinco años.
En 1932 fue designado inspector de Buenos Aires y con ocasión de la canonización de don Bosco en 1934 encabezó la delegación argentina que participó en ese acontecimiento.
Su consagración episcopal como obispo de Viedma se llevó a cabo en la catedral de Buenos Aires el 17 de febrero de 1935.
La diócesis tenía un territorio muy vasto, 1.000.000 de kilómetros cuadrados, pero de escasa población, dispersa y azotada por vientos y fríos invernales. Las visitas pastorales exigían resistencia fisica, buena salud y experiencia de misionero. Monseñor Esandi no escatimó esfuerzos durante sus catorce años de episcopado y visitó más de una vez toda su diócesis hasta sus lejanos confines, adaptándose a las incomodidades de los viajes, del alojamiento y del alimento. Tuvo un particular cuidado de los indígenas, dispersos en la cordillera, en las mesetas patagónicas y en Tierra del Fuego.
Visitando la cárcel de Ushuaia encontró entre los alojados en ella a 150 detenidos por una interpretación de la ley desfavorable para los más pobres. Monseñor Esandi tanto hizo que obtuvo la derogación de esa ley y la liberación de algunos presidiarios. Logró que se revisen ciertas condiciones del régimen carcelario, tendientes a humanizar el trato con los presos.
Encabezó la causa de los colonos de Villa Regina, Río Negro, explotados por especuladores: denunció y bloqueó el accionar de la Compañía Ítalo-argentina de Colonización, la Ciac. Su compromiso le generó ser denunciado ante la Santa Sede, pero logró que más de doscientas familias pudieran ser propietarias de las tierras que trabajaban en 1950, (tras su muerte) gracias a las gestiones que en vida realizó durante diez años de constante preocupación y trámites ante las autoridades.
Con la colaboración de su vicario general, monseñor José Borgatti, obtuvo del gobierno central la financiación nacesaria para la construcción de la sede episcopal, que no pudo ver terminada, por lo que permaneció siempre como obispo misionero.
Esandi tenía como ejemplo a San Francisco de Sales, patrono de la Congregación Salesiana. Intentaba seguir sus enseñanzas, por lo cual trataba a su clero y al pueblo con bondad y afabilidad, siempre abierto a la sencillez y al perdón, dispuesto a ayudar a los necesitados y a socorrer a los más olvidados.
Grandes fueron las demostraciones de pesar por la muerte del primer obispo de Viedma. Sus restos mortales descansan en la catedral viedmense, junto a los de monseñor Juan Cagliero.
El padre Raúl A. Entraigas, que fuera su primer secretario en el obispado de la Patagonia, lo despidió con estas palabras:
"El primer obispo de la Patagonia fue la coronación de la obra misionera del Sur. (...) Nuestros misioneros hicieron todo lo que humanamente pudieron por la civilización cristiana del Sur. Si más no hicieron fue porque los medios con que contaban eran harto exiguos, las distancias enormes, los transportes rudimentarios, viajaban a caballo o en sulkis. Y entonces no había caminos, no había vecinos. Los únicos compañeros del misionero fueron el viento y el sol, el hambre y la sed".
Ese día, todos los periódicos de la Argentina dieron la triste noticia de su fallecimiento, se recibieron más de 2000 telegramas de condolencias y el poder ejecutivo de la nación y los gobernadores de la Patagonia dictaminaron “honores públicos”.
Luego de varios ataques de hemiplegia, murió en Viedma, el 29 de agosto de 1948, a los 71 años de edad, 54 de profesión y 48 de sacerdocio. Fue director por 29 años, inspector por 2 y obispo de Viedma por 14 años.

Genghini, Zacarías
AR-AHS ARS/BB ISAAR 4.GZ · Pessoa singular · 1870 - 1945

Zacarías Genghini nació en Coriano, Forlí, Italia, el 25 de marzo de 1870. A los doce años de edad quedó huérfano de padre, y al difundirse en su tierra natal la fama de don Bosco, entró como alumno interno en San Benigno Canavese, el 11 de marzo de 1882 en calidad de artesano. A principios de 1885 y hasta 1888 ingresa en el Oratorio de Turín como estudiante donde conoció a Don Bosco.
En 1889 viajó a América como misionero en compañía de monseñor Cagliero. Estuvo un mes en Buenos Aires, desde donde pasó a Carmen de Patagones como maestro y asistente hasta el mes de febrero de 1893. Desde marzo de ese año y hasta mayo de 1895 trabajó en Viedma. Se preparó para el sacerdocio y para la misión entre los indígenas de la Patagonia. A fines de 1894 sufrió una grave enfermedad y monseñor Cagliero le confirió el orden del presbiterado para darle el consuelo de morir como sacerdote. Era el 10 de febrero de 1895. Su salud mejoró y comenzó su vida de misionero.
En el mes de mayo de 1895 fue destinado a Pringles, Río Negro, donde permaneció hasta marzo de 1898. A partir de esa fecha y hasta fines de 1899 se desempeñó como vicario parroquial en Carmen de Patagones.
En el mes de febrero de 1900 llegó a Junín de los Andes como misionero ambulante. Zacarías se convirtió en hombre sano y robusto. Montó a caballo con destreza y visitó choza tras choza de los indígenas, habló correctamente el mapudungun y trató con familiaridad a los indígenas, que lo estimaron y amaron como a uno de ellos. Se encontró innumerables veces con los caciques Cotaro, Namuncurá, Sayhueque. El padre Zacarías visitó los valles del Neuquén, del río Negro, el Nahuel Huapi, EI Bolsón, Los Copahues, el lago Lácar, el volcán Lanín.
En 1906, el padre Esteban Pagliere le encargó la construcción de la capilla "La Inmaculada" de San Carlos de Bariloche, toda en madera, cuya piedra fundamental bendijo el misionero en el mes de febrero de 1907, y ya en agosto estaba concluida.
Desde marzo de 1909 hasta marzo de 1910 desempeñó el cargo de director espiritual y luego de administrador, del colegio Don Bosco de Bahía Blanca. A fines de marzo de 1910 pasó a Viedma, hasta mayo de 1911.
A principios de junio de 1911 pasó nuevamente a Junín de los Andes hasta fines de 1924. Bendijo la piedra fundamental de la capilla "San José" de San Martín de los Andes que el padre Pedro Bonacina, director de Junín de los Andes, inauguró el 19 de marzo de 1922.
En 1925 fue administrador de la escuela agrícola San Isidro de Viedma.
En 1926 con ocasión de la exposición salesiana en Europa viajó a Italia para volver a encontrarse con sus familiares y conocidos.
Vuelto a la Argentina, reinició sus actividades supliendo al director de Bariloche hasta el mes de agosto del año 1927, para luego volver a su viejo y querido Junín de los Andes, donde concluyó su vida misionera desde agosto del mencionado año hasta septiembre de 1933. Este último año, a causa del gran frío reinante en la cordillera se vio materialmente imposibilitado de continuar la vida de misionero ambulante por una llaga en el pié.
Se internó en el hospital "San José" de Viedma, alternando su estadía entre el nosocomio y el colegio San Francisco de Sales. A pesar de los cuidados, la llaga empeoró, dificultándole cada vez más su andar.
No obstante, continuó trabajando desde el confesionario, la predicación y la enseñanza del catecismo a los niños de primera comunión. Mientras tanto, la enfermedad progresaba inexorablemente y le hacía cada vez más penoso el movimiento. Pudo festejar sus bodas de oro sacerdotales.
Murió en Viedma, Argentina, el 1° de noviembre de 1945, a los 75 años de edad, 56 de profesión religiosa y 50 de sacerdocio.

Misión Nuestra Señora de La Candelaria. Río Grande
AR AHS ARS/BB ISAAR. 5.46. Misión Nuestra Señora de la Candelaria. Río Grande. · Pessoa coletiva · 1893 a la actualidad

La misión se fundó el 13 de junio de 1893. En 1886 Fagnano había presenciado la matanza al pueblo Selk'nam en manos del capitán Ramón Lista, mientras participaba de la expedición científico militar que lo llevaría hasta Punta Arenas, sede de la Prefectura Apostólica. Decidió entonces fundar en las proximidades del Río Grande una misión en favor del pueblo selk´nam, para protegerlos del genicidio al que estaban siendo sometidos.
Se necesitaron tres emplazamientos hasta llegar al definitivo: el primero fue Barrancos Negros, Puerto Golondrina. Se fundó el 11 de noviembre de 1893, pero allí la tierra era anegadiza, de modo que se trasladaron a la segunda ubicación a dos kilómetros y medio, en “Los Chorrillos”, pero la misión que ya tenía dos capillas, la casa de los salesianos, la casa de las Hijas de María Auxiliadora, anchos corredores para los recreos, salones dormitorios, salones de clases, talleres, comedores... se incendió, el 12 de diciembre de 1896. Durante un año las hermanas durmieron en las casitas que habían construído para las indias y los salesianos en un cobertizo utilizado para guardar objetos.
En Cabo Domingo se realizó la tercera y definitiva instalación, inaugurada el 6 de noviembre de 1897. Las construcciones se realizaron todas por separado, para poder contener el fuego, en caso de que volviera a suceder.
La vida cotidiana en la misión: salían a pasear salesianos y originarios, los niños tenían clases, las mujeres asistían a talleres para aprender a hilar y tejer con las hermanas, los hombres acompañaban a los salesianos en el trabajo del campo, y al final del día, cada familia construía su toldo en los terrenos de la misión para alojarse. Los salesianos faenaban una vaca por día para alimentar a los 350 indios que frecuentaban los terrenos de la misión.
Eran abastecidos económicamente por los barcos que enviaba Fagnano desde Punta Arenas: la goleta María Auxiliadora y el vapor Torino. También compraron lanares, en 1897 para que los originarios se aprendieran a criarlos y pudieran usarlos para su manutención. En 1912, se comenzó a pagar a los originarios por su trabajo de crianceros, esquiladores y pastores de ovejas.
En las crónicas, los salesianos todas las semanas hacían una lista de los trabajos realizados, entre los que incluyen: arreglar los alambrados, contar y enfardar cueros y lanas, el marcado de los animales, atender la ropa, recoger y cortar leña (para ellos y las hermanas) cortar turba, atender al comedor, la ración, componer zapatos, cortarle las uñas a los caballos, trabajar en la huerta, atender a los enfermos, el cuidado y mantenimiento de la casa, hacer muebles, reparar el piso, forrar con papel el comedor, hacer las ventanas, etc.
También se registra en las crónicas las muertes de los originarios: su nombre, su edad, el parentezco y la causa.
Mucho esfuerzo hicieron los salesianos para poder obtener los terrenos, ya que para comprarlos debían ocuparlos y eso dispersó a la comunidad: los salesianos vivían solos, en viviendas precarias, uno o dos en cada terreno. Finalmente los lograron escriturar en 1913. Pero en 1914 fueron vendidos por ser acusados de latifundistas a la Sociedad Menéndez Behety. En 1934 el padre Aliberti logró comprar 2464 hectáreas con la intención de formar la escuela agrícola que fue oficializada en 1946 y que aún funciona.

Obra Salesiana de Ushuaia
Pessoa coletiva · 1904 a la actualidad

La presencia salesiana en Ushuaia se inscribe en el gran proyecto misionero de la Patagonia austral. Aunque los primeros salesianos llegaron a Tierra del Fuego en 1887, la fundación estable en Ushuaia tomó forma recién a comienzos del siglo XX, cuando la ciudad empezaba a consolidarse alrededor del Presidio Nacional (1902) y de los primeros asentamientos civiles.
La Casa Salesiana de Ushuaia se estableció formalmente hacia 1904, con una pequeña comunidad dedicada a la atención pastoral, la catequesis y la educación básica. La capilla y el oratorio funcionaban como centros de encuentro para niños y jóvenes en un contexto social muy frágil, marcado por el clima extremo, la dispersión poblacional y la convivencia entre indígenas selk’nam y yámanas, colonos europeos, marineros y empleados del presidio. Desde 1905 y hasta 1923 el R. P. José Boido fue el cura párroco de Ushuaia y, desde 1912, vicario foráneo del territorio.
Durante las décadas de 1910 y 1920, la casa se consolidó como un punto de referencia espiritual para la población creciente. En 1911, el padre Boido fundó el colegio “Domingo Savio”, que perduraría hasta 1927. Los escasos salesianos que había atendían la parroquia, visitaban familias y acompañaban a los internos del presidio cuando era permitido. La escuela parroquial, aunque modesta, ofrecía alfabetización y formación religiosa en un territorio donde casi no había instituciones educativas estables. El R.P Juan Aliberti, como inspector salesiano, visitó la Casa periódicamente entre 1927 y 1938, comprobando la labor perseverante de los religiosos en la formación espiritual de la parroquia y en las clases de “cultura general de religión” en la época invernal, donde entretenían a los niños con música, juegos y teatro, además de completar la enseñanza recibida en las clases regulares.
En los años 30 y 40, la comunidad salesiana siguió siendo pequeña —a veces apenas dos o tres religiosos—, pero sostenía una intensa vida pastoral: celebraciones, catequesis, misiones en los alrededores y apoyo a las familias recién llegadas. Al mismo tiempo, esta labor comenzó a ser reconocida y a recibir sostén de las autoridades civiles, militares y de la población en general. No obstante, las crónicas describen una vida austera, difícil, pero marcada por la perseverancia: “Semana santa y Pascua pasaron como siempre. De 1080 habitantes no comulgó una docena, no asistieron 50 a la misa pascual (….) no sé si me sacudiré el polvo al salir. Compadezco a mi sucesor” (1940).
Dedicados a la evangelización, los sacerdotes salesianos alcanzaron al último grupo de aborígenes de la etnia yámana que sobrevivía sobre las costas del Canal Beagle: “El padre Torre salió para Navarino con la lancha del penal y puertos cercanos donde piensa estar algunos días con los indios de allí bautizándolos, catequizándolos un poco y formalizando matrimonios” (1945)
Con el cierre del presidio en 1947, debe aclararse que los salesianos actuaron como capellanes, Ushuaia inició un proceso de transformación urbana. La Casa Salesiana acompañó este crecimiento, ampliando su presencia educativa y parroquial. Hacia mediados del siglo XX, la obra ya era un punto estable de referencia para la comunidad católica local. El 19 de julio de 1956 el padre Giori fundó el colegio “san Benito”, que comenzó con tres grados de primaria y una salita de Jardín de Infantes para ir ampliándose posteriormente. En 1979 este colegió cambió de nombre por el de “Don Bosco” y comenzó a funcionar con doble turno.
A lo largo de todo su recorrido, la casa salesiana de Ushuaia dejó un testimonio de servicio silencioso y constante: una misión que sostuvo la fe, la educación y la vida comunitaria en uno de los territorios más australes del mundo.

Obra Salesiana Puerto Deseado
AR-AHS ARS/BB ISAAR 5.41. · Pessoa coletiva · 1926 a la actualidad

La presencia salesiana en Puerto Deseado se inició el 12 de marzo de 1926, cuando los sacerdotes José María Beauvoir (1850-1930) y Félix Stevenne (1887-1933) fundaron la Casa Salesiana San José. La obra nació en un contexto de aislamiento geográfico y fuerte crecimiento portuario, donde la educación y el acompañamiento pastoral eran necesidades urgentes para las familias de la zona.
En sus primeros años, la casa enfrentó dificultades materiales, escasez de recursos y las condiciones climáticas propias de la región. A pesar de ello, los salesianos consolidaron una escuela, un oratorio festivo y una presencia parroquial estable, convirtiéndose en un punto de referencia para niños, jóvenes y trabajadores del puerto. La obra creció gracias al apoyo de la comunidad y al trabajo conjunto con las Hijas de María Auxiliadora, que también desarrollaron tareas educativas y pastorales en la localidad.
A lo largo de las décadas, la Casa San José atravesó cambios institucionales, por ejemplo, en sus comienzos contaba sólo con la sección primaria, únicamente de varones, tanto pupilos como externos, pero entre 1944 y 1947 se desarrolló el Secundario Comercial dando respuesta a los alumnos que concluían 6° grado y querían continuar sus estudios. Esto conllevó a ampliaciones edilicias, reorganización de niveles educativos y la incorporación de nuevas propuestas pastorales. La escuela se fortaleció como espacio formativo y la obra se integró plenamente en la vida social de Puerto Deseado, acompañando generaciones de estudiantes y familias. Desde 1975 y siempre atento a las necesidades juveniles del lugar, el colegio apostó a la coeducación.
Esta “presencia misionera salesiana”, se une a los colegios y presencias que se encuentran en la Ciudad capital de Río Gallegos (Colegio Ntra. Sra. De Luján y Colegio Domingo Savio); y en la ciudad de Caleta Olivia (Colegio san José Obrero). Todos forman parte de la Inspectoría Salesiana “Beato Ceferino Namuncurá” (Argentina Sur – ARS) con Sede en la Ciudad Autónoma de Buenos Aires, en el barrio de Almagro.
En el siglo XXI, la casa profundizó su identidad como obra educativo-pastoral, articulando escuela, parroquia y grupos juveniles. Las celebraciones de Don Bosco, María Auxiliadora y Pentecostés se consolidaron como momentos comunitarios significativos. En 2026, la institución inició los festejos por su Centenario, reafirmando su misión de educar y evangelizar según el carisma de Don Bosco.
Hoy, la Casa Salesiana San José continúa activa y es parte de la Obra Salesiana de Puerto Deseado, integrada por la única Parroquia “Nuestra Señora De la Guardia”; Capilla “San Juan Bosco”; Centro comunitario y Capilla “José Koltún”, Batallón 91 de Exploradores “Pablo Barton”; Oratorio; Centro Juvenil y miembros de la Familia Salesiana (Salesianos – Salesianos Cooperadores).

Namuncurá, Ceferino
AR-AHS ARS/BB ISAAR 4.NC · Pessoa singular · 1886 - 1905

Ceferino Namuncurá nació el 26 de agosto de 1886, en las tolderías de Chimpay, Río Negro, hijo del cacique Manuel Namuncurá y Rosario Burgos. Desde su nacimiento vivió plenamente la organización tribal y, mientras permaneció en el territorio, participó de las creencias del pueblo mapuche.
Su padre, cacique mapuche, estaba al frente de las huestes armadas, defendiéndose de la campaña militar del naciente estado nacional. Luego de resistir en forma guerrera y diplomática por años al embate del ejército en la llamada “campaña del desierto”, para evitar que su pueblo sea aniquilado, cedió a la mediación ofrecida por el misionero salesiano Domingo Milanesio. Ofreció rendirse pero pedía garantías en las condiciones de supervivencia para su gente: raciones de comida y un territorio donde permanecer. De esta manera, el 5 de mayo de 1884, en General Roca, presentó su rendición y firmó un acuerdo de paz entre el Ejército Argentino y el pueblo mapuche. En ese acto le fue otorgado el grado de Coronel de la Nación, conservando el título de “Gran Cacique”. Viajó a Buenos Aires para gestionar el otorgamiento de tierras y la ayuda prometida.
Ceferino nació en ese momento de inflexión histórica. Llevó en su sangre la estirpe mapuche. Defendió los derechos y los valores de su pueblo, no desde la confrontación y la violencia, sino abriéndose al diálogo intercultural e integrando elementos de la cultura blanca a su identidad aborigen.
El 24 de diciembre de 1888, fue bautizado por el padre Domingo Milanesio. El hecho consta en el Libro de Bautismos N° 29, folio 127 de la parroquia de Carmen de Patagones. Siendo muy pequeño cayó a un canal del Río Negro y fue arrastrado por la corriente. Su papá lo rescató y el hecho fue considerado por los suyos como un milagro.
Alfredo Namuncurá, uno de sus hermanos, al exponer ante el tribunal eclasiástico de Viedma en 1947, señaló: “durante su niñez se dedicaba a pastorear chivos y ovejas. Todos los días llegaba con un atado de leña que traía desde lejos para ayudar a su mamá. Era muy afectuoso con mamá y con nuestro papá”.
Aunque era un niño, se daba cuenta de la situación de postración y decadencia que vivía su gente. Posiblemente haya escuchado protestar a su padre contra los “huincas” que no cumplían con las promesas que había hecho el gobierno sobre el envío de las raciones de comida. Con intuición sorprendente para sus once años le dijo a su padre: “padre, las cosas no pueden seguir así. Quiero estudiar para ser útil a mi gente”.
Su padre lo escuchó. Viajaron a Buenos Aires. Luego de asesorarse con el Ministro de Guerra y Marina, Manuel Namuncurá lo inscribió en la escuela-taller de la Marina de Tigre, a la que ingresó como aprendiz de carpintería. Sin embargo, cuando fue a despedirse, antes de regresar a Chimpay, Ceferino le dijo que no se sentía bien en ese ambiente y le pidió que lo retirara. Accedió a su pedido.
Buscando asesoramiento recurrió al presidente Dr. Luis Saenz Peña, quien le habló de la acción educativa de los Salesianos. Con su recomendación y recordando a los misioneros que trabajaron por la paz en sus tierras, presentó una solicitud de admisión en el colegio “Pío IX” de Almagro. Ceferino fue aceptado e ingresó el 20 de septiembre de 1897, según consta en el libro Mayor de Estudiantes, en el folio 190.
Nada fue fácil o sencillo para él ni para la institución que lo recibía. Los alumnos pupilos comían y dormían en el colegio “Pío IX”, pero estudiaban enfrente, en el colegio “San Francisco de Sales”. Ceferino puso en juego su tenacidad y esfuerzo para desarrollar sus cualidades, pero era sólo un niño que, al arribar al “mundo de los blancos” no conocía el idioma ni esa cultura tan diferente a la suya. Su condición mapuche e hijo del gran cacique, lo hacían “diferente”.
Inició la escolaridad más tarde que los niños de su edad, pero se adaptó rápidamente y, en pocos meses logró comunicarse en español y escribir con una caligrafía excelente. Era rápido y seguro en matemáticas, estableció buena relación con sus compañeros y superiores. Poseía una voz soprano con la que se destacaba como solista en el coro. Su memoria privilegiada le permitió obtener los primeros puestos en los concursos catequísticos y, por su destreza y habilidad, sobresalió en los juegos y el deporte.
Su escasa preparación intelectual y el desconocimiento de las prácticas escolares hizo que no logre aprobar el primer año, sino hasta rendir los exámenes finales de febrero de 1899. Desde entonces, con perseverancia y capacidad de superación, en los años siguientes, fue accediendo a los primeros puestos hasta aprobar el sexto grado en 1902. Ese fue un año problemático: comenzaron a aparecer los primeros signos de tuberculosis, por lo que a mediados de octubre fue trasladado a Uribelarrea para recuperarse de la enfermedad.
Desde su ingreso en el colegio “Pío IX”, Ceferino demostró un interés poco usual por la formación cristiana. El padre Antonio Costamagna lo preparó para la Primera Comunión que recibió el 8 de septiembre de 1898 y, monseñor Gregorio Romero le confirió la Confirmación el 5 de noviembre del año siguiente. Según se infiere de la profusa correspondencia que estableció con sus superiores y con su familia, se puede decir que en esta etapa comenzó a vivir una profunda espiritualidad y manifestó el deseo de transmitirlo a su pueblo. El padre Luis Pedemonte, al testimoniar en su Causa refirió que en una oportunidad le dijo: “debo salir primero en el certamen porque después tendré que enseñar el catecismo a mis pobres com-paisanos”.
La oportunidad de educarse en el colegio de los Salesianos y atraído por la acción de los misioneros en su tierra, fue despertando el deseo de ser como ellos, sacerdote y misionero. Su padre esperaba que llegara a ser militar o político para defender los derechos de su raza, pero Ceferino, en cambio, eligió otro camino.
En el cuarto año de su estadía en Buenos Aires su salud comenzó a declinar: una tos insistente y resistente a todos los cuidados atacó sus pulmones. Monseñor Cagliero decidió llevarlo a Viedma por tres razones: había creado el colegio para aspirantes al sacerdocio en Patagones. La segunda razón: esperaba que el clima natal pudiera beneficiar a Ceferino y, la tercera, era que allí se encontraba el padre Evasio Garrone que había desarrollado empíricamente un tratamiento para la tuberculosis y confiaba que con él, Ceferino podría sanar.
En el mes de enero, Ceferino se embarcó hacia Viedma. Viajó solo. En el Libro Matriz del colegio “San Francisco de Sales” se registra su llegada, el 15 de enero de 1903. Le correspondió la matrícula N° 299.
En aquellos años reinaba en el colegio un ambiente de confianza, fervor espiritual y afecto recíproco entre todos los integrantes. Se vivía y respiraba un verdadero clima de familia. Por ello, con espíritu de servicio, Ceferino pudo establecer relaciones con otros salesianos, entre ellos, Artémides Zatti, quien lo atendía en la enfermería. La enfermedad siguió implacablemente su curso. El padre Garrone siguió con solicitud la salud de Ceferino.
A pesar de que Ceferino había llegado a Viedma como aspirante salesiano tuvo muchos obstáculos para realizar su vocación: en principio no era hijo biológico de la mujer que su padre legitimó como esposa al convertirse al cristianismo. En aquellos años, esta condición pesaba mucho para ser admitido al sacerdocio. Por otro lado, no pudo conseguir el acta de bautismo, tan necesaria para aspirar a las órdenes sagradas. Pero sin duda, el factor salud, una de las condiciones de aceptación para la Congregación Salesiana, fue determinante. Por todo esto, cuando finalmente sus compañeros partieron hacia el aspirantado salesiano de Patagones, Ceferino se quedó en Viedma.
El 6 de julio de 1904, junto con monseñor Juan Cagliero y el padre Evasio Garrone viajó desde Viedma rumbo a Buenos Aires, para el 19 de julio embarcarse a Europa, sumándose a los Salesianos nominados para el 10° Capítulo General Salesiano.
Monseñor Cagliero se despedía de la Patagonia en la que había actuado como misionero. El diario “La Nueva Provincia” de Bahía Blanca, el 12 de junio de 1904 publicó:
(...) La misión de la congregación salesiana y a la que monseñor Cagliero ha dedicado especial cuidado ha sido la difusión de las ideas cristianas y la elevación por enseñanza en ese mundo indígena oscuro, ignorante, pobre y casi nómade. Entre los indios es donde se palpa la obra redentora del salesiano y, monseñor Cagliero ha querido llevar un recuerdo de la Patagonia al mismo tiempo que exteriorizar un afecto leal, y ha conseguido que el cacique Namuncurá le confíe su hijo menor, un jovencito de 14 años que va a Italia bajo su tutela, a educarse e instruirse.
En cartas enviadas a sus superiores y a su familia, Ceferino dejó constancia de las vivencias que experimentó al descubrir la “tierra santa de don Bosco y el Papa”. Fue recibido por varias personalidades de la vida pública, cultural y eclesiástica que quisieron conocerlo, incluso lo presentaron ante Miguel Rúa, el sucesor de don Bosco. Ceferino no se dejó perturbar por los “homenajes” ni por los “personajes”. Su sencillez y naturalidad quedaron intactas. Participó de la audiencia que el papa concedió a los Capitulares el 27 de septiembre y, al día siguiente, partió hacia Florencia, Bolonia y Milán.
Su ideal misionero seguía presente. En una carta dirigida al padre Esteban Pagliere, el 26 de septiembre de 1904, le manifestó el deseo de quedarse en Roma para estudiar. Volvió a Turín. Fue inscripto en primer año (equivalente al sexto año aprobado en el colegio “Pío IX”) y, con 18 años de edad, tuvo que compartir la clase con chicos de 12 ó 13 años.
La segunda semana de noviembre tomó una semana de vacaciones en Grana, Monferrato y desde allí regresó definitivamente a Roma para seguir estudiando. En Villa Sora, Frascatti, última etapa de su camino en Italia, Ceferino estuvo desde el 21 de noviembre de 1904 hasta el 28 de marzo de 1905.
La tuberculosis había avanzado. A principios de marzo de 1905 ya no pudo asistir a clase. Y el 28 de ese mes fue internado en el hospital Fatebenefratelli.
Monseñor Cagliero le dio los últimos sacramentos y lo acompañó hasta el final. Su hospitalización duró 44 días. Falleció a las seis de la mañana del 11 de mayo de 1905. Sus restos, llevados a Campo Verano (cementerio de Roma) por un pequeño grupo de personas fueron enterrados en una humilde tumba. Colocaron una cruz de madera, con una chapa de cinc que tenía la siguiente inscripción: “Zeffirino Namuncurá de anni 17. M - Roma L´ 11 maggio 1905”.
En 1911 se lanzó la idea de escribir una obra sobre Ceferino, y el Congreso Internacional de exalumnos de don Bosco presentó la moción de introducir la causa de beatificación y canonización. El 6 de mayo de 1915 su cuerpo fue exhumado, reducido y colocado en una urna en el mismo cementerio de Campo Verano en Roma. Se realizaron los trámites de repatriación y el 13 de mayo de 1924 la urna inició el viaje de regreso. Luego de arribar a Buenos Aires, llegaron en tren a la estación de Pedro Luro, y desde allí fue transportada a Fortín Mercedes. Fue depositada en la sacristía del colegio “San Pedro” y luego transportada solemnemente al “Fortín”, preparado especialmente para venerar sus restos.
El 2 de mayo de 1944 se dispuso la apertura del proceso informativo para la causa de beatificación. La segunda guerra mundial impuso una pausa en la causa por lo que el proceso romano se extendió hasta 6 de octubre de 1948. En enero de 1947 se abrió el proceso diocesano informativo en Viedma. Las sesiones apostólicas concluyeron en 1958. El 7 de abril de ese mismo año, se realizó el reconocimiento de los restos en el santuario de María Auxiliadora de Fortín Mercedes. El 22 de junio de 1972, el papa Paulo VI lo declaró Venerable. Sus restos fueron colocados en el bautisterio del santuario.
El 6 de julio de 2007, el papa Benedicto XVI firmó el decreto sobre el milagro de curación instantánea y total de un cáncer de útero de Valeria Herrera, atribuido a la intercesión del venerable Ceferino Namuncurá. La ceremonia de beatificación se realizó el 11 de noviembre de 2007 en la localidad de Chimpay, Río Negro.
Finalmente, solicitado por su familia y por orden del Vaticano, los restos del beato Ceferino Namuncurá fueron trasladados al paraje “San Ignacio”, acceso Ruta 40, Kilómetro 2294, Comunidad Namuncurá, Neuquén.

Zenone, Juan
AR-AHS ARS/BB ISAAR 4.ZJ · Pessoa singular · Ca. 1868 - 1941

Juan Zenone nació en Piossasco, Novara, Italia. Hay divergencia en la documentación sobre su fecha de nacimiento. El P. Pietro Stella, quien redactó su carta mortuoria, dice que tenía 69 años al morir, y el libro de Salesiani Defunti dice que tenía 73 años.
Quedó huérfano de padre y madre a los 9 años de edad. Estudió en el San Juan Evangelista de Turín y terminó el secundario en Valsálice. Fue alumno protegido de Felipe Rinaldi, quien lo apreciaba mucho. Realizó los votos perpetuos en 1890 en Foglizzo, Turín, y se ordenó sacerdote en Punta Arenas, Chile, en 1895.
Vino a América en 1892 donde permaneció hasta 1923. Llegó a la misión de la Candelaria en agosto de 1895. Fue el primer maestro rural de los nativos.
El padre Beauvoir en sus memorias, entre otras cosas, escribió de Zenone:
Si bien de constitución muy delicada y de salud precaria, trabajaba como un mártir, atendiendo constantemente a los niños... Les daba clase cuatro horas por día, los asistía siempre y en todas partes con singular paciencia. Los ocupaba con la música y con variados trabajitos, los llevaba a paseo; era paciente con ellos, tolerando sus travesuras infantiles, y muy benigno al corregirlos y castigarlos cuando cometían faltas. Era de una humildad y obediencia a toda prueba; atento y activo: en suma, el padre Juan Zenone era muy virtuoso; era un verdadero salesiano. Por eso, todos lo apreciaban. Doy gracias a Dios por haberme tocado un compañero así.
Fundó la casa de Santa Inés en el Río Fuego, con la intención de acoger a los indios desalojados de la Isla Dawson. Esa casa funcionó tres lustros, fue su primer y único director. Fundó además la casa de San José del Lago Fagnano, actual Tolhuin. Y vivió algún tiempo en en la actual Estancia Viamonte a 47 km al sur de Río Grande, junto con los hermanos Bridges, protestantes, enseñando a los originarios a criar, bañar y esquilar ovejas, de modo que pudieran insertarse en el mercado laboral.
Aprendió el idioma y dejó escritos vocabularios. Dejó su trabajo registrado en los libros de bautismo de campo, un verdadero tesoro no sólo para la Iglesia, ya que rinden cuenta de la existencia de unos trescientos selk’nam en el territorio que recibieron el bautismo. Él es el cronista de los primeros años de la misión. Sus relatos no registran el frío ni las adversidades de la misión, sin embargo, registra las muertes de los indios como lo único que sucede en el día y a veces en la semana, de lo que inferimos que ha sufrido mucho al respecto.
El frío y las condiciones precarias de la vida en el extremo sur habían minado su salud. Comenzó a beber, lo que le generó deudas y dificultades con sus hermanos y superiores. Restringieron sus movimientos y debía pedir permiso para salir.
Los últimos años, ya enfermo de alcoholismo, regresó en 1923 a su tierra natal en Piossasco Italia, donde murió el 23 de marzo de 1941.