Nicolás Esandi nació en Bahía Blanca, Argentina, el 6 de diciembre de 1876. Los padres de Nicolás, José Joaquín y María Nicolao, originarios de España, cristianos, tuvieron dos de sus hijos sacerdotes y dos de sus hijas como integrantes de las Hijas de María Auxiliadora. Su padre José fue el constructor del templo Sagrado Corazón de Jesús de Bahía Blanca y otras obras salesianas de la región.
Nicolás, cuando apenas había cumplido catorce años de edad, acompañaba al padre Domingo Milanesio en sus extensas giras misioneras por el territorio de Río Negro y sur de la Provincia de Buenos Aires. En sulky o a caballo viajaron largas horas, lo que pudo haber influenciado en la formación salesiana de Nicolás.
Ingresó luego como alumno del colegio Don Bosco de Bahía Blanca. Después de dos años de frecuentar el colegio salesiano, fue admitido al noviciado en Viedma. Pasó luego a Buenos Aires, donde hizo la profesión perpetua el 27 de enero de 1894. Cuando se abrió la casa de formación de Bernal, inició el periodo de formador de los jóvenes salesianos, que cumplió por veintisiete años, modelando a las primeras generaciones de salesianos argentinos. El 28 de enero de 1900 fue consagrado sacerdote por monseñor Juan Cagliero en la ciudad de Bahía Blanca.
Nicolás sobresalía por su piedad, actividad y espíritu salesiano. En Bernal organizó los estudios eclesiásticos y la escuela normal para la formación de los docentes. Tenía a su cargo la enseñanza de la literatura, el latín, la pedagogía y la teología. Cultivó también la filología. Como fruto de su enseñanza práctica y sólida, publicó dos volúmenes de Apuntes de Pedagogía, uno de Estudio Metódico del Latín y varios Métodos Didácticos para la enseñanza de la literatura y la escritura, que tuvieron gran difusión en las escuelas de la República Argentina. Se destacó también como profesor, director de estudios, director y maestro de novicios. Inició y dirigió el semanario “La Unión”.
El núcleo principal de la comunidad parroquial lo formaba la colectividad genovesa, por eso lanzó la idea, recibida y secundada con entusiasmo por los feligreses, de erigir un santuario a Nuestra Señora de la Guardia.
En 1922 fue transferido a Buenos Aires en calidad de párroco de San Juan Evangelista de la Boca del Riachuelo. Cinco años trabajó en la Boca, y nuevamente pasó a Bernal como director y párroco por cinco años.
En 1932 fue designado inspector de Buenos Aires y con ocasión de la canonización de don Bosco en 1934 encabezó la delegación argentina que participó en ese acontecimiento.
Su consagración episcopal como obispo de Viedma se llevó a cabo en la catedral de Buenos Aires el 17 de febrero de 1935.
La diócesis tenía un territorio muy vasto, 1.000.000 de kilómetros cuadrados, pero de escasa población, dispersa y azotada por vientos y fríos invernales. Las visitas pastorales exigían resistencia fisica, buena salud y experiencia de misionero. Monseñor Esandi no escatimó esfuerzos durante sus catorce años de episcopado y visitó más de una vez toda su diócesis hasta sus lejanos confines, adaptándose a las incomodidades de los viajes, del alojamiento y del alimento. Tuvo un particular cuidado de los indígenas, dispersos en la cordillera, en las mesetas patagónicas y en Tierra del Fuego.
Visitando la cárcel de Ushuaia encontró entre los alojados en ella a 150 detenidos por una interpretación de la ley desfavorable para los más pobres. Monseñor Esandi tanto hizo que obtuvo la derogación de esa ley y la liberación de algunos presidiarios. Logró que se revisen ciertas condiciones del régimen carcelario, tendientes a humanizar el trato con los presos.
Encabezó la causa de los colonos de Villa Regina, Río Negro, explotados por especuladores: denunció y bloqueó el accionar de la Compañía Ítalo-argentina de Colonización, la Ciac. Su compromiso le generó ser denunciado ante la Santa Sede, pero logró que más de doscientas familias pudieran ser propietarias de las tierras que trabajaban en 1950, (tras su muerte) gracias a las gestiones que en vida realizó durante diez años de constante preocupación y trámites ante las autoridades.
Con la colaboración de su vicario general, monseñor José Borgatti, obtuvo del gobierno central la financiación nacesaria para la construcción de la sede episcopal, que no pudo ver terminada, por lo que permaneció siempre como obispo misionero.
Esandi tenía como ejemplo a San Francisco de Sales, patrono de la Congregación Salesiana. Intentaba seguir sus enseñanzas, por lo cual trataba a su clero y al pueblo con bondad y afabilidad, siempre abierto a la sencillez y al perdón, dispuesto a ayudar a los necesitados y a socorrer a los más olvidados.
Grandes fueron las demostraciones de pesar por la muerte del primer obispo de Viedma. Sus restos mortales descansan en la catedral viedmense, junto a los de monseñor Juan Cagliero.
El padre Raúl A. Entraigas, que fuera su primer secretario en el obispado de la Patagonia, lo despidió con estas palabras:
"El primer obispo de la Patagonia fue la coronación de la obra misionera del Sur. (...) Nuestros misioneros hicieron todo lo que humanamente pudieron por la civilización cristiana del Sur. Si más no hicieron fue porque los medios con que contaban eran harto exiguos, las distancias enormes, los transportes rudimentarios, viajaban a caballo o en sulkis. Y entonces no había caminos, no había vecinos. Los únicos compañeros del misionero fueron el viento y el sol, el hambre y la sed".
Ese día, todos los periódicos de la Argentina dieron la triste noticia de su fallecimiento, se recibieron más de 2000 telegramas de condolencias y el poder ejecutivo de la nación y los gobernadores de la Patagonia dictaminaron “honores públicos”.
Luego de varios ataques de hemiplegia, murió en Viedma, el 29 de agosto de 1948, a los 71 años de edad, 54 de profesión y 48 de sacerdocio. Fue director por 29 años, inspector por 2 y obispo de Viedma por 14 años.
Carlo Evasio Cavalli nació en San Salvatore Monferrato, provincia de Alessandria, diócesis de Casale Monferrato, el 11 de noviembre de 1849. Hijo de Martino Cavalli y Giuseppa Camurati, campesinos y buenos cristianos. Tuvo ocho hermanos.
En 1859, a los diez años, ingresó al Oratorio “San Francisco de Sales” en Turín. Al llegar asistió al primer gimnasio, pero debido a su mala salud tuvo que abandonar el Oratorio y continuar sus estudios en el Colegio Nacional de los Padres Somaschi en Valenza. Sin embargo, ni bien se recuperó, solicitó y obtuvo la admisión en el colegio salesiano de Mirabello, donde completó sus estudios secundarios con honores.
Atraído por el carisma de don Bosco, regresó al Oratorio de Turín. Se matriculó y el 30 de noviembre de 1878 tomó el hábito clerical en la iglesia de María Auxiliadora. Después del noviciado, hizo sus votos perpetuos en 1879. Cursó filosofía y teología en el Colegio de Valsalice, desempeñándose primero como asistente y más tarde como profesor.
En 1883, estando en la Casa Salesiana de Alassio, el 10 de marzo, fue ordenado sacerdote. Celebró su primera misa en San Salvatore Monferrato, su tierra natal.
Deseoso de ser misionero, con el permiso de sus superiores y la bendición de don Bosco, el 14 de noviembre de 1883, se embarcó en Marsella rumbo a Argentina en el vapor Bearn, junto a otros veinte salesianos y doce Hijas de María Auxiliadora. Fue integrante de la séptima expedición salesiana dirigida por el padre Santiago Costamagna. Nunca regresó a Italia.
Al llegar a Buenos Aires fue destinado sucesivamente a la parroquia de “San Juan Evangelista” en el barrio de “La Boca”; a la parroquia “San Carlos” en Almagro y al colegio “Pío IX” para llegar, finalmente, a la iglesia “Mater Misericordiae”. Pero poco más tarde, en 1887, fue enviado al colegio y parroquia de “Nuestra Señora del Rosario” de Paisandú, en Uruguay, como coadjutor del párroco: allí manifestó su celo y su preferencia pastoral hacia los más pobres y enfermos.
En 1890 el arzobispo de Buenos Aires, monseñor Federico Aneiros, luego de recibir la renuncia de nueve sacerdotes diocesanos, ofreció a los Salesianos la parroquia de Bahía Blanca. Monseñor Juan Cagliero designó al padre Miguel Borghino como párroco, y al padre Carlo Cavali como vicario en la parroquia “Nuestra Señora de la Merced”. El padre Cavalli, permaneció en el lugar durante 23 años, primero como colaborador del padre Borghino y luego, cuando este asumió la dirección del incipiente colegio Don Bosco, como párroco.
Los salesianos llegaron a Bahía Blanca en medio de un clima anticlerical y masónico marcado por contrastes sociales, violencia, disturbios, huelgas, incluso inundaciones y epidemias de cólera. El enfrentamiento tomó forma, no sólo a través de la prensa local, sino también con diversas manifestaciones. La acción de anarquistas, socialistas y masones fue subiendo de tono hasta expresiones de violencia física: durante una procesión, el padre Carlo, fue golpeado por una piedra en la cabeza. Desde el ayuntamiento, frente a la plaza central, la multitud era arengada con discursos violentos. Los salesianos, en el lado opuesto de la plaza, tocaban las campanas para atenuar los hechos y acallar la violencia.
El padre “Carlitos”, como era llamado cariñosamente, contribuyó a transformar cristianamente el adverso ambiente garibaldino-masónico de la primitiva Bahía Blanca: con su actitud y su accionar bondadoso, ignorando las ofensas, estuvo presente para llevar consuelo ante el dolor, la pobreza o la tribulación, llegando a pie a los hogares más lejanos de la ciudad, visitando y consolando a quienes se encontraban a su paso.
La parroquia se encontraba edilicia y espiritualmente en un estado deplorable y era un campo muy difícil de trabajar donde el sacerdote tuvo que soportar insultos soeces, silbidos y mofas, también a través de la prensa local. Fue precisamente en este ambiente, en la ciudad de Bahía Blanca, donde vivió con dedicación y pasión su vocación sacerdotal. Poco a poco y, gracias al empeño de los salesianos, las cosas fueron cambiando, al punto que aquellos que detentaban odio hacia la propuesta de la Iglesia, depusieron sus ideas anticlericales transformándose en amigos.
En 1894 se inauguró la Iglesia y el colegio de “Nuestra Señora de la Merced”. Poco a poco, incluso la fuerte oposición entre la iglesia y la masonería, incluidos los italianos "garibaldini y tragacuras", fue disminuyendo para comenzar un período de convivencia civil.
Cumplió su misión sin desfallecimiento. Su preocupación por los pobres y desvalidos no tenía límites. Llevó el consuelo a enfermos y encarcelados.
En 1897 llegó a Bahía Blanca la familia Zatti, con quien estableció un vínculo cercano, por ser “paisanos”. Mientras la parroquia estaba en construcción, el padre Carlo llevaba los libros de registro de bautismo y casamiento a la casa de Hildegarda Zatti, quien fuera hermana mayor de Artémides. El P. Carlo llegó a ser director espiritual de Artémides y lo recomendó para ser admitido en el Aspirantado de Bernal. Cuando Artémides se enfermó de tuberculosis y regresó a Bahía Blanca, le sugirió viajar a Viedma para internarse en el Hospital Buen Pastor al cuidado del Padre Garrone.
En el año 1913, los salesianos entregaron la parroquia “La Merced” a sacerdotes diocesanos. El padre Cavali fue destinado a Carmen de Patagones para ocuparse de la parroquia en ese lugar. En 1917 retornó a Bahía Blanca, donde falleció el 17 de agosto. Sus funerales resultaron una expresión solemne de respeto y amor de parte de la población, sin distinción de clases sociales y de credo.
Fue promotor de la construcción de una nueva iglesia, hoy catedral, y de muchas obras parroquiales. En 1918, en el primer aniversario de su muerte, se puede leer, a través del “homenaje póstumo” los testimonios de gratitud de personas reconocidas de la ciudad.
José María Brentana nació en Chiari, Brescia, Italia, el 14 de marzo de 1870, en una familia profundamente cristiana. Entró en el seminario diocesano y en 1886 recibió el hábito eclesiástico.
José María era un asiduo lector del Boletín Salesiano a través del cual conoció las aventuras de los primeros misioneros en la Patagonia. A sus compañeros de seminario les comentaba sus lecturas. Un buen día, improvisadamente, manifestó a las autoridades del seminario su vivo deseo de hacerse misionero salesiano. Inútiles fueron los esfuerzos y los ruegos de los superiores para que desistiera. Guiado por su férrea voluntad, dejó el seminario ese mismo día.
Ya en su casa, le dijo a los padres y parientes de su ideal, y éstos, algunos años más tarde, le permitieron ingresar en el Oratorio de Turín, donde fue recibido por don Miguel Rúa el 20 de octubre de 1888.
José María estuvo en el oratorio solamente un año. Con la expedición del mes de noviembre de 1889, partió de Turín para América. Arribó a Montevideo y de ahí a Paysandú. Enseguida aprendió el castellano. Hizo su noviciado en Villa Colón en 1890 y el 3 de octubre de 1894 hizo la profesión perpetua. Aún estudiante, su nuevo destino fue Bahía Blanca.
Cuando llegó Brentana a Bahía Blanca, era apenas un pueblo de tres mil habitantes. Si bien los salesianos ya iban disipando el sectarismo y la indiferencia religiosa, eran muy pocos los que concurrían a la parroquia. Brentana, recorría las polvorientas calles del pueblo tocando una campanilla e invitando a concurrir al oratorio. Como por arte de magia, decenas de niños y jóvenes, atraídos por su sus modos suaves y su natural afabilidad llenaron el oratorio, y su alegría y entusiasmo invadió la población. El programa era muy simple: un poco de catecismo, alguna oración, y en seguida, función de títeres.
Ya ordenado sacerdote en Viedma en 1895, trabajó sucesivamente en Carmen de Patagones y en Bahía Blanca con admirable dedicación a su ministerio sacerdotal.
Retornó a Viedma y tuvo a su cargo la dirección del semanario "Flores del Campo", poniéndose en evidencia como escritor y periodista. Pero donde más se manifestó su fibra misionera por más de 25 años fue en el valle superior del río Negro. Misionó en General Roca, Allen, Cipolletti, Neuquén, Cinco Saltos, Contralmirante Cordero. Todos: ricos y pobres, jóvenes y viejos, y también los indiferentes y hasta los opositores, admiraban la bondad de su corazón y su sencillo y humilde modo de proceder. Supo conquistar el aprecio de los ferroviarios: todo el personal lo respetaba sin distinción de jerarquías. Católicos o protestantes, sin medir distancias, lo visitaban para informarse de su estado de salud o pasar un rato en su compañía. En el tren lo rodeaban, le manifestaban su aprecio y admiración y la alegría de verlo. Más de una vez se paró el tren en pleno descampado o retardó su salida de la estación al ver llegar jadeante al Padre José . En el tren le pedían el pasaje y como no lo tenía, ni disponía de dinero para pagarlo, le secuestraban la valija, para devolvérsela luego, llena de regalos.
No tuvo nunca dinero, no comió ni durmió con regularidad, no se concedió nunca una sola hora de distensión. Nunca tuvo fijos un lecho, una mesa y una cocina. Muchos fueron testigos de cómo vestido pobremente y calzado con alpargatas, hacía largos caminos de a pie para cumplir con su ministerio sacerdotal en los diversos pueblos. Lo que recibía de la caridad para que se vistiera y calzara, antes de llegar a casa, ya le había servido para socorrer a algún pobre o enfermo.
El padre José María era un hombre de erudición no común; estaba siempre al corriente de las novedades culturales, especialmente ascéticas y místicas, y era capaz de sostener conversaciones brillantes sobre muchos temas del saber humano.
Con los años, había quedado sordo, con los ojos muy debilitados y con la voz tan cascada que era difícil entenderlo. Por eso pasó a la casa de Fortín Mercedes, donde se vio rodeado por el afecto de los hermanos, de los estudiantes, novicios y aspirantes.
Sus males se fueron acentuando, especialmente la diabetes. Esto obligó a internarlo en el hospital salesiano San José de Viedma. Los médicos y los salesianos le dispensaron todas las atenciones del caso. Falleció el 7 de marzo de 1944 en Viedma, a los 74 años de edad.
Sus restos descansan ahora en el templo parroquial San Juan Bosco de la ciudad de Cipolletti.
Miguel Borghino nació en Vigone, Turín, Piamonte, el 22 de noviembre de 1855. El colegio de Valsálice lo recibió como alumno el 18 de octubre de 1868. Ingresó en el noviciado el año 1876, para hacer la profesión perpetua el 17 de septiembre de 1877. Continuó sus estudios en Valsálice en 1878. Formó parte de la cuarta expedición de misioneros que don Bosco envió a América. Su primer destino fue el colegio Pío de Villa Colón, Uruguay.
Recibió la consagración sacerdotal el 26 de febrero de 1879. Durante el año 1880 desempeñó la tarea de director espiritual del colegio Pío de Villa Colón de Montevideo y entre 1881 y 1882 ejerció el cargo de director de estudios en Las Piedras.
En 1883 a Borghino le fue confiada la delicada e importante tarea de fundar la grandiosa obra de la ciudad de Niteroi, Río Janeiro, y la casa de formaciớn de Lorena. Se desempeñó como director de Niteroi hasta 1888, dejando consolidada la presencia salesiana en esa ciudad.
Regresó al colegio Pío de Villa Colón en 1889 como subdirector y administrador. Eran épocas de grandes dificultades, pues la masonería imperaba en el Uruguay y el laicismo en la enseñanza, combatían ferozmente la obra de los misioneros católicos. De carácter enérgico y resuelto, afrontó ásperas luchas para afianzar la obra salesiana.
En 1890 el padre Miguel Borghino fue nombrado párroco de Bahía Blanca por el Arzobispo de Buenos Aires, monseñor Antonio Espinosa. Las crónicas del colegio Don Bosco dan cuenta que, cuando Borghino pasó a visitar al obispo para recibir su bendición pastoral, el prelado lo abrazó llorando mientras decía que había hallado un sacerdote que acepte ir a esa ciudad. Ya habían renunciado 9 párrocos diocesanos por no soportar el ambiente anticlerical y masónico.
Llegó a Bahía Blanca en calidad de director, fundador y párroco. Lo habían precedido por algunos días el padre Domingo Milanesio y el coadjutor Carlos Rossetti. La casa y la capilla eran paupérrimas, el piso era de tierra y por los techos se filtraba el agua de lluvia.
En abril de ese año, llegó Cavalli, nombrado vicepárroco y se iniciaron las obras de la escuela y el templo. En pocos meses comenzó a funcionar una precaria escuela con 4 aulas divididas por tabiques.
En 1897 mudaron la escuela al solar de la calle Vieytes 150, actual ubicación del colegio Don Bosco. Paulatinamente se compró y se fue construyendo sobre los terrenos lindantes, hasta que la edificación completó la totalidad de la manzana.
El padre Borghino continuó con el cargo de director del colegio Don Bosco. El colegio María Auxiliadora fue también fruto del trabajo del padre Borghino. Quedó, a la vez, como responsable de la dirección del colegio Nuestra Señora de La Piedad donado por el señor Luis D'Abreu, inaugurado en 1894. Ambas tareas las realizó simultáneamente hasta 1902.
En Bahía Blanca el ambiente era hostil por la masonería y el liberalismo. Arreciaban los ataques contra la obra salesiana y contra el padre Borghino, con insultos y amenazas de incendio.
En 1899 con ocasión de la catastrófica inundación causada por el desborde del río Negro, Borghino escribía al padre Bonacina: "Yo estoy en la miseria hasta los ojos y con las deudas que me están ahogando. Pero nunca se dirá que he dejado a mis hermanos sin techo y sin vestido... dividiremos juntos... lo poco que tenemos”.
Efectivamente, en agosto, provenientes del Alto Valle, corridos por las aguas del río, llegaron salesianos, religiosas, niños y niñas. A todos se les dio alojamiento vestido y alimento, gracias a la ayuda oportunamente recibida de Buenos Aires y de la población bahiense. Los varones fueron recibidos como internos en el colegio La Piedad.
En 1902 Borghino asumió nuevas y mayores responsabilidades aún, pues fue enviado a Estados Unidos de Norteamérica como vice-inspector. Como tal atendió la obra salesiana de San Francisco (California) y la de Nueva York. En ese cargo permaneció hasta 1908.
De 1909 a 1911 pasó a Venezuela como inspector de la obra salesiana.
El padre Borghino regresó a su querido colegio Don Bosco de Bahía Blanca en 1912 en calidad de director. Pero, ante la enfermedad de su anciana madre, viajó urgentemente a ltalia en 1913 para asistirla en sus últimos momentos.
Desde Italia regresó al Brasil para desempeñar diversas tareas. En 1915 fue el encargado de la casa salesiana de Río de Janeiro. De 1916 a 1919 cumplió la misión de confesor en el liceo Sagrado Corazón de Jesús de San Pablo. Permaneció en Niteroi desde 1920 a 1926. De 1927 a 1929 estuvo a cargo de la capellanía de un hospital donde ejerció su ministerio sacerdotal.
En 1929 al retornar de Brasil a su amada Italia, participó en Roma y en Turín de la celebración de las solemnes fiestas con ocasión de la beatificación de don Bosco.
Por el malestar del corazón, que ya se había manifestado en América, el 14 de noviembre de 1929 dejaba de existir en Turín cuando estaba transitando los 74 años de su vida.