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Bonacina, Pedro
AR-AHS ARS/BB ISAAR 4.BP · Person · 1859 - 1927

Pedro Bonacina nació en Oggiorno, Como, Italia, el 8 de noviembre de 1859. Cursó sus estudios eclesiásticos en el seminario diocesano de Milán donde se ordenó sacerdote el 23 de junio de 1882. Ocupó el cargo de vicerrector, con la responsabilidad de administrador. Hubo un déficit en la contabilidad del seminario y lo culparon, tanto que huyó de Milán. Llegó a Turín y Don Rúa lo ayudó, lo embarcó a América. En enero de 1886, llegó al colegio Pio IX de Buenos Aires y comenzó el noviciado salesiano.
En 1887 visita la zona del río Colorado. En 1889 Cagliero le confió la fundación de dos casas en Pringles, hoy Guardia Mitre, una para los salesianos y otra para las Hijas de María Auxiliadora. Allí trabajaba como maestro en el Colegio "Ángel de la Guarda" de Guardia Mitre, y hacía largas excursiones por los campos.
En aquella comunidad de Pringles: las hermanas amasaban el pan para todos y lo cocinaban en un horno de barro hecho por los Salesianos. En las chacras cosechaban hortalizas abundantes. En algún puesto de la zona, el padre Bonacina conseguía una oveja cada semana, con lo que tenían suficiente alimento para vivir.
En 1892 en una misión por Valcheta encuentra a la tribu de Sayhueque. El padre Pedro Bonacina escribió:
Fuimos también a los toldos de Sayhueque, que a la sazón estaba de paso para Valcheta. ¡El cacique! ¡El gran rey del tiempo! ¡El príncipe del desierto!… El actual Sayhueque ya no era el de antes. (...) algo conservaba de su altivez y poderío de rey de las pampas. El Cacique se me presentó ya viejo, decaído, aplastado, desgarbado, zurdo, sin ninguna dignidad… Eso sí, de a caballo se engrandecía, se percibían los rastros de su perdido imperio y autoridad. Pero de a pie no era más que un indio viejo, un león desmelenado…
En 1892 el Vicario Apostólico le confió una difícil misión en Rawson, la capital del Chubut, que no era más que una aldea. Organizó la parroquia, y poco a poco, logró amigarse con católicos y protestantes, que al principio, fueron muy hostiles con él. En 1894 realizó giras apostólicas por Choele Choel, Chañares, Chimpay, Chichinales, General Roca y el cauce del Río Negro en que impartía sacramentos.
En 1895, hizo su profesión perpetua en Viedma y a solicitud de Cagliero, se trasladó a Fortin Mercedes, a orillas del río Colorado. El padre Pedro Bonacina lo visitaba desde 1887, asumió como director en 1895 y se quedó por más de 20 años.

En sus memorias narra…
Fortín Mercedes. Principios. Estamos en pleno desierto. Los habitantes están diseminados a grandes distancias unos de otros. En Fortín Mercedes había una casa de comercio y la estación telegráfica. En total dos familias. El 29 de junio tomamos posesión de unas 20 hectáreas de terreno en la costa del río, que ocupaban parte del antiguo fuerte en destrucción, pensando en levantar un espacioso colegio sobre una colina, desde la que se puede ver el valle y la campaña circundante. No hay señal de civilización alrededor. Sólo el hilo del telégrafo nos mantiene unidos con el resto del mundo y la galera o correo nacional que de 10 en 10 días pasa en un azaroso viaje cruzando la pampa argentina.
El Sr. José Luro, donante de la tierra y de los materiales, hizo que, con la aprobación del Vicario Apostólico, el 16 de julio de 1895 bendijera el inicio de las obras.
Se fundó un colegio con internado para la educación de un elevado número de niños, hijos de colonos, peones y estancieros. También supo ser hospital, correo, servicio meteorológico, lugar de capacitación agropecuaria y de distribución de semillas y, espacio de encuentro para todos los vecinos en aquellos años.
En el Boletín Salesiano de 1910, el padre Bonacina informa sobre las actividades pastorales, educativas y productivas que se desarrollaban en Fortín Mercedes. La noria podría abastecer de 400 m cúbicos de agua en 24 h. Así obtenían el riego para el cultivo: tenían uvas, cerezos, ciruelos, granados y hasta algodoneros.
En Fortín Mercedes construyeron islas con puentes y jardines, donde todos eran recibidos, particularmente las personas más humildes, tratadas como si fuesen viejos amigos; esos lugares eran la delicia de escolares, vecinos y peregrinos.
Bonacina era un hombre muy sacrificado y trabajador, habilísimo agricultor. Demostró, cuán fértiles eran las tierras de la zona, que, racionalmente trabajadas y cultivadas, se convertían en un oasis, ganando espacios al desierto. Enseñó a la gente a aprovechar el agua del río, a alimentarse también con pescado y no tan solo de carne, a cultivar frutas y verduras.
No existiendo ni el más humilde dispensario de primeros auxilios, también debió ejercer de médico local y hasta de cirujano, ya que, los enfermos debían viajar a Viedma o a Bahía Blanca por territorios sin caminos. Ante esta situación, el padre Pedro se proveyó de libros de medicina y se pasó largas noches, a la luz de una vela, estudiando para adquirir conocimientos médicos.
Estableció una farmacia y al llegar al atardecer de cada jornada visitaba a los enfermos para ofrecerles medicinas y animarlos con su palabra de consuelo.
A principios de 1908 hubo una epidemia de escarlatina que llegó a los colegios de Fortín Mercedes, el P. Pedro hizo intervenir al P. Garrone, pero ante la muerte de 6 alumnos se decidió la clausura de ambos colegios.
En 1915, el padre Pedro pasó a Carmen de Patagones para regir el Colegio y la parroquia del lugar. Ahí continuó trabajando al cuidado de los pobres que acudían para recibir su ración de víveres, que el párroco distribuía personalmente.
Cuando hubo necesidad de personal en la obra salesiana de Junín de los Andes, el padre Pedro, aunque ya escaso de fuerzas, aceptó. Manifestaba que le recordaba sus mejores años de misionero. El 24 de septiembre de 1927, falleció.
En una carta del padre Zacarías Genghini encontramos este relato:
No sé cómo describir el acompañamiento al cementerio. Fue una apoteosis, un triunfo más que un entierro. Estaba todo el pueblo de Junín, todas las autoridades, los comerciantes cerraron las puertas de los negocios, había estancieros, industriales, trabajadores, más de sesenta niños acompañando la cruz parroquial, las asociaciones de Angelitos, Hijas de María, Sagrado Corazón, María Auxiliadora, cada una con su estandarte enlutado, caballeros que vinieron expresamente de San Martín de los Andes para el acompañamiento fúnebre. Fue el primer y único entierro que acompañaron todos los pobladores de Junín. Una prueba que manifiesta el aprecio y veneración que tenían al padre Pedro, fue la propuesta y resolución espontáneamente manifestada de querer edificar ellos mismos un panteón y revestir de zinc el ataúd, para la mejor conservación de los restos.
(...) Tanta concurrencia, el silencio y devoción que los acompañaron en el trayecto desde la iglesia al cementerio, animó al suscrito a dirigirles la palabra e instarlos a practicar los sabios y saludables consejos que recibieron del malogrado padre Bonacina.
Fuente: Carta particular que el padre Zacarías Genghini envió al superior de la misión, padre Manachino. Periódico Misiones de la Patagonia. Colegio Salesiano de Viedma. Año III. Octubre de 1927, N°26
Los restos mortales del padre Pedro Bonacina descansan en el precioso Santuario de María Auxiliadora de Fortín Mercedes.

Garrone, Evasio
AR-AHS ARS/BB ISAAR 4.GE · Person · 1861 - 1911

Evasio Garrone nació el 1 de diciembre de 1861, en un pequeño pueblo ubicado en las colinas de Monferrato, Italia, llamado Grana. Hijo de Pedro Garrone y Olimpia Maggiora, transcurrió su infancia y adolescencia acompañándolos en los trabajos de la granja y en las tareas agrícolas del Piamonte.
Tenía diecisiete años cuando, el 14 de agosto de 1878, ingresó al Oratorio Salesiano de Turín. El trabajo en el campo y en el pequeño negocio que tenía su padre no le había permitido estudiar. Por eso, la novedosa vida cotidiana del Oratorio y la atención dispensada por el mismo don Bosco, consolidaron en él sus deseos de ser sacerdote. Según los testimonios manifestados en la causa de canonización de don Bosco, Evasio, fue testigo y destinatario de los dones proféticos y místicos de don Bosco.
Para cumplir con el servicio militar obligatorio, el 6 de enero de 1882, ingresó al Regimiento 14° de Infantería en Catanzaro, Calabria. Ese mismo año, fue llamado a Turín para prestar servicio en una Compañía de Sanidad del Hospital Militar en el área de enfermería del 5° Regimiento de Alpinos. Durante el tiempo que estuvo en el ejército estudió todo lo relativo a la medicina. Rindió exámenes de competencia ante el Consejo Sanitario de la ciudad de Turín y se perfeccionó en la ciencia médica, con tal aplicación que le confiaron la dirección interna del Hospital Militar de Susa.
Cumplidos los deberes con su patria volvió al Oratorio. Ingresó al noviciado de “San Benigno de Canavese” e hizo su primera profesión religiosa el 11 de octubre de 1885 en manos de don Bosco y la profesión perpetua el 3 de octubre de 1886.
En 1889, junto a un numeroso grupo de salesianos, se embarcó como misionero hacia Argentina. Los acompañaba Monseñor Juan Cagliero, que regresaba a la Patagonia por tercera vez. Cagliero fue quien el 12 de mayo de 1889 lo ordenó sacerdote en Carmen de Patagones junto a otros cuatro compañeros.
El 15 de junio se integró como personal del colegio “San Francisco de Sales” en Viedma. A partir de entonces, además del ejercicio sacerdotal, dedicó todas sus fuerzas a socorrer a los enfermos, conquistando la estima y reconocimiento de los pobladores de Viedma, Patagones y de todo el extenso territorio de Río Negro. En las crónicas del Colegio “San José” de Patagones del 29 de junio, se lee: “El farmacéutico sacerdote salesiano don Garrone, comienza a practicar excelentes curaciones en el pueblo”. Y poco después, monseñor Cagliero, escribió a Don Rúa: "la habilidad de nuestro don Garrone y sus remedios son de una eficacia maravillosa”.
No había hospital ni aistencia pública en Viedma, Patagones, ni en toda la zona, por lo que monseñor Cagliero comenzó a pensar en fundar un hospital salesiano. Fue así que bajo la guía y dirección del padre Evasio Garrone, nacieron casi inmediatamente dos instituciones de suma necesidad: el hospital “San José”, asistido por las hermanas de María Auxiliadora y la farmacia “San Francisco de Sales”.
Los testimonios de la época dan cuenta de las curaciones que realizaba no sólo a la gente sencilla, sino también a militares de alta jerarquía y a familias distinguidas en ambas márgenes del Río Negro. Esto le valió el mote de “padre Dotor”.
La valiosa obra del médico misionero fue uno de los factores más eficaces para llevar a cabo la evangelización de la Patagonia. Para socorrer a los enfermos recorría a caballo centenares de kilómetros hasta Pringles (hoy Guardia Mitre), General Conesa, Río Colorado, Cubanea, China Muerta, San Javier...
Como fruto de su experiencia inventó medicamentos para los salesianos, que luego fueron reconocidos y aprobados por médicos, como específicos y muy eficaces contra la tuberculosis, la neurastenia y otros males de la época.
En 1902, enfermo de tuberculosis, llegó a Viedma Artémides Zatti. Él mismo dio testimonio de que su curación fue dada por la intervención del padre Garrone. De él aprendió la ciencia médica y lo sucedió en la dirección del hospital. Y un año más tarde, en enero de 1903, recibió a Ceferino Namuncurá, también afectado de tuberculosis.
Es necesario destacar que el padre Garrone por ejercer la medicina en forma gratuita, padeció la persecución originada por celos profesionales y por intrigas sectarias y antirreligiosas que, hasta llegaron a contratar sicarios, para quitarle la vida.
Estas oposiciones sirvieron para confirmar y extender la acción benéfica y la fama del “padre doctor”. En varias oportunidades, se elevaron peticiones y testimonios a las autoridades nacionales avaladas por millares de firmas dejando en claro la pericia médica del misionero, su asidua y desinteresada asistencia a los enfermos y las ayudas gratuitas en el suministro de medicamentos y alimentos que oportunamente se distribuían.
El 6 de julio de 1904, partió hacia Italia donde se realizaba el Capítulo General en Roma. Acompañaba a monseñor Cagliero y a Ceferino Namuncurá. Regresó a Turín, donde además de revivir sus orígenes tuvo la oportunidad de sanar al sucesor de don Bosco, don Miguel Rúa. En su pueblo natal fue recibido con honores y gratitud. La comuna lo condecoró con una medalla y un diploma de honor. Algunos superiores le pidieron que se quedara en Italia, pero regresó a Viedma, donde cada vez era más necesaria su labor.
En 1908 una nueva amenaza de retirarle la autorización de ejercer la medicina, sumado al cansancio por exceso de trabajo, resintieron su salud. Comenzó a experimentar una somnolencia invencible y, en proximidades de las celebraciones navideñas de 1910, fue afectado por una grave neumonía.
Mientras permanecía en cama, un movimiento popular testimoniaba su gratitud, declarando que a él le debían su salud y la de sus seres queridos. El mismo gobernador del entonces territorio de Río Negro, el ingeniero Carlos Gallardo, el 24 de diciembre de 1910, se constituía en intérprete del pueblo ante el ministro del Interior de la República Argentina en los siguientes términos:
Pocas veces se ha presentado un caso como el presente, en el que el gobernador del territorio pide al Señor Ministro, se haga una excepción en la aplicación de la ley que regula el ejercicio de la medicina; pero pocas veces, o quizá ninguna se tratará de una instancia más atendible que la presente, que se refiere a un sacerdote que durante ya hace casi un cuarto de siglo dedica su saber y todas sus energías a socorrer y aliviar las penas y los dolores físicos de los pobres habitantes de estas regiones, prodigando a su prójimo todo su amor. Las informaciones que he recogido me permiten asegurar que, tanto en el pasado como en el presente, el padre Garrone ha empleado su ciencia con la prudencia de un sabio y con el desinterés de un apóstol, y que, si quisiera prohibírsele el ejercicio de la medicina, se presentaría un verdadero problema no sólo de orden moral, sino también material, que esta gobernación no encontraría modo de resolver, a no ser que dispusiese de fuertes y extraordinarias ayudas.
Esta carta, acompañada de otros pedidos de asociaciones, magistrados y médicos y, corroborada por más de mil firmas de todo el territorio, llegó a Buenos Aires juntamente con la triste noticia de la muerte del misionero, el 8 de enero de 1911. Tenía 49 años de edad, 22 de sacerdocio y 25 de profesión religiosa.
Un artístico monumento en el cementerio de la ciudad de Viedma perpetúa su memoria, y una calle de la ciudad, lleva su nombre.