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Registo de autoridade
Namuncurá, Ceferino
AR-AHS ARS/BB ISAAR 4.NC · Pessoa singular · 1886 - 1905

Ceferino Namuncurá nació el 26 de agosto de 1886, en las tolderías de Chimpay, Río Negro, hijo del cacique Manuel Namuncurá y Rosario Burgos. Desde su nacimiento vivió plenamente la organización tribal y, mientras permaneció en el territorio, participó de las creencias del pueblo mapuche.
Su padre, cacique mapuche, estaba al frente de las huestes armadas, defendiéndose de la campaña militar del naciente estado nacional. Luego de resistir en forma guerrera y diplomática por años al embate del ejército en la llamada “campaña del desierto”, para evitar que su pueblo sea aniquilado, cedió a la mediación ofrecida por el misionero salesiano Domingo Milanesio. Ofreció rendirse pero pedía garantías en las condiciones de supervivencia para su gente: raciones de comida y un territorio donde permanecer. De esta manera, el 5 de mayo de 1884, en General Roca, presentó su rendición y firmó un acuerdo de paz entre el Ejército Argentino y el pueblo mapuche. En ese acto le fue otorgado el grado de Coronel de la Nación, conservando el título de “Gran Cacique”. Viajó a Buenos Aires para gestionar el otorgamiento de tierras y la ayuda prometida.
Ceferino nació en ese momento de inflexión histórica. Llevó en su sangre la estirpe mapuche. Defendió los derechos y los valores de su pueblo, no desde la confrontación y la violencia, sino abriéndose al diálogo intercultural e integrando elementos de la cultura blanca a su identidad aborigen.
El 24 de diciembre de 1888, fue bautizado por el padre Domingo Milanesio. El hecho consta en el Libro de Bautismos N° 29, folio 127 de la parroquia de Carmen de Patagones. Siendo muy pequeño cayó a un canal del Río Negro y fue arrastrado por la corriente. Su papá lo rescató y el hecho fue considerado por los suyos como un milagro.
Alfredo Namuncurá, uno de sus hermanos, al exponer ante el tribunal eclasiástico de Viedma en 1947, señaló: “durante su niñez se dedicaba a pastorear chivos y ovejas. Todos los días llegaba con un atado de leña que traía desde lejos para ayudar a su mamá. Era muy afectuoso con mamá y con nuestro papá”.
Aunque era un niño, se daba cuenta de la situación de postración y decadencia que vivía su gente. Posiblemente haya escuchado protestar a su padre contra los “huincas” que no cumplían con las promesas que había hecho el gobierno sobre el envío de las raciones de comida. Con intuición sorprendente para sus once años le dijo a su padre: “padre, las cosas no pueden seguir así. Quiero estudiar para ser útil a mi gente”.
Su padre lo escuchó. Viajaron a Buenos Aires. Luego de asesorarse con el Ministro de Guerra y Marina, Manuel Namuncurá lo inscribió en la escuela-taller de la Marina de Tigre, a la que ingresó como aprendiz de carpintería. Sin embargo, cuando fue a despedirse, antes de regresar a Chimpay, Ceferino le dijo que no se sentía bien en ese ambiente y le pidió que lo retirara. Accedió a su pedido.
Buscando asesoramiento recurrió al presidente Dr. Luis Saenz Peña, quien le habló de la acción educativa de los Salesianos. Con su recomendación y recordando a los misioneros que trabajaron por la paz en sus tierras, presentó una solicitud de admisión en el colegio “Pío IX” de Almagro. Ceferino fue aceptado e ingresó el 20 de septiembre de 1897, según consta en el libro Mayor de Estudiantes, en el folio 190.
Nada fue fácil o sencillo para él ni para la institución que lo recibía. Los alumnos pupilos comían y dormían en el colegio “Pío IX”, pero estudiaban enfrente, en el colegio “San Francisco de Sales”. Ceferino puso en juego su tenacidad y esfuerzo para desarrollar sus cualidades, pero era sólo un niño que, al arribar al “mundo de los blancos” no conocía el idioma ni esa cultura tan diferente a la suya. Su condición mapuche e hijo del gran cacique, lo hacían “diferente”.
Inició la escolaridad más tarde que los niños de su edad, pero se adaptó rápidamente y, en pocos meses logró comunicarse en español y escribir con una caligrafía excelente. Era rápido y seguro en matemáticas, estableció buena relación con sus compañeros y superiores. Poseía una voz soprano con la que se destacaba como solista en el coro. Su memoria privilegiada le permitió obtener los primeros puestos en los concursos catequísticos y, por su destreza y habilidad, sobresalió en los juegos y el deporte.
Su escasa preparación intelectual y el desconocimiento de las prácticas escolares hizo que no logre aprobar el primer año, sino hasta rendir los exámenes finales de febrero de 1899. Desde entonces, con perseverancia y capacidad de superación, en los años siguientes, fue accediendo a los primeros puestos hasta aprobar el sexto grado en 1902. Ese fue un año problemático: comenzaron a aparecer los primeros signos de tuberculosis, por lo que a mediados de octubre fue trasladado a Uribelarrea para recuperarse de la enfermedad.
Desde su ingreso en el colegio “Pío IX”, Ceferino demostró un interés poco usual por la formación cristiana. El padre Antonio Costamagna lo preparó para la Primera Comunión que recibió el 8 de septiembre de 1898 y, monseñor Gregorio Romero le confirió la Confirmación el 5 de noviembre del año siguiente. Según se infiere de la profusa correspondencia que estableció con sus superiores y con su familia, se puede decir que en esta etapa comenzó a vivir una profunda espiritualidad y manifestó el deseo de transmitirlo a su pueblo. El padre Luis Pedemonte, al testimoniar en su Causa refirió que en una oportunidad le dijo: “debo salir primero en el certamen porque después tendré que enseñar el catecismo a mis pobres com-paisanos”.
La oportunidad de educarse en el colegio de los Salesianos y atraído por la acción de los misioneros en su tierra, fue despertando el deseo de ser como ellos, sacerdote y misionero. Su padre esperaba que llegara a ser militar o político para defender los derechos de su raza, pero Ceferino, en cambio, eligió otro camino.
En el cuarto año de su estadía en Buenos Aires su salud comenzó a declinar: una tos insistente y resistente a todos los cuidados atacó sus pulmones. Monseñor Cagliero decidió llevarlo a Viedma por tres razones: había creado el colegio para aspirantes al sacerdocio en Patagones. La segunda razón: esperaba que el clima natal pudiera beneficiar a Ceferino y, la tercera, era que allí se encontraba el padre Evasio Garrone que había desarrollado empíricamente un tratamiento para la tuberculosis y confiaba que con él, Ceferino podría sanar.
En el mes de enero, Ceferino se embarcó hacia Viedma. Viajó solo. En el Libro Matriz del colegio “San Francisco de Sales” se registra su llegada, el 15 de enero de 1903. Le correspondió la matrícula N° 299.
En aquellos años reinaba en el colegio un ambiente de confianza, fervor espiritual y afecto recíproco entre todos los integrantes. Se vivía y respiraba un verdadero clima de familia. Por ello, con espíritu de servicio, Ceferino pudo establecer relaciones con otros salesianos, entre ellos, Artémides Zatti, quien lo atendía en la enfermería. La enfermedad siguió implacablemente su curso. El padre Garrone siguió con solicitud la salud de Ceferino.
A pesar de que Ceferino había llegado a Viedma como aspirante salesiano tuvo muchos obstáculos para realizar su vocación: en principio no era hijo biológico de la mujer que su padre legitimó como esposa al convertirse al cristianismo. En aquellos años, esta condición pesaba mucho para ser admitido al sacerdocio. Por otro lado, no pudo conseguir el acta de bautismo, tan necesaria para aspirar a las órdenes sagradas. Pero sin duda, el factor salud, una de las condiciones de aceptación para la Congregación Salesiana, fue determinante. Por todo esto, cuando finalmente sus compañeros partieron hacia el aspirantado salesiano de Patagones, Ceferino se quedó en Viedma.
El 6 de julio de 1904, junto con monseñor Juan Cagliero y el padre Evasio Garrone viajó desde Viedma rumbo a Buenos Aires, para el 19 de julio embarcarse a Europa, sumándose a los Salesianos nominados para el 10° Capítulo General Salesiano.
Monseñor Cagliero se despedía de la Patagonia en la que había actuado como misionero. El diario “La Nueva Provincia” de Bahía Blanca, el 12 de junio de 1904 publicó:
(...) La misión de la congregación salesiana y a la que monseñor Cagliero ha dedicado especial cuidado ha sido la difusión de las ideas cristianas y la elevación por enseñanza en ese mundo indígena oscuro, ignorante, pobre y casi nómade. Entre los indios es donde se palpa la obra redentora del salesiano y, monseñor Cagliero ha querido llevar un recuerdo de la Patagonia al mismo tiempo que exteriorizar un afecto leal, y ha conseguido que el cacique Namuncurá le confíe su hijo menor, un jovencito de 14 años que va a Italia bajo su tutela, a educarse e instruirse.
En cartas enviadas a sus superiores y a su familia, Ceferino dejó constancia de las vivencias que experimentó al descubrir la “tierra santa de don Bosco y el Papa”. Fue recibido por varias personalidades de la vida pública, cultural y eclesiástica que quisieron conocerlo, incluso lo presentaron ante Miguel Rúa, el sucesor de don Bosco. Ceferino no se dejó perturbar por los “homenajes” ni por los “personajes”. Su sencillez y naturalidad quedaron intactas. Participó de la audiencia que el papa concedió a los Capitulares el 27 de septiembre y, al día siguiente, partió hacia Florencia, Bolonia y Milán.
Su ideal misionero seguía presente. En una carta dirigida al padre Esteban Pagliere, el 26 de septiembre de 1904, le manifestó el deseo de quedarse en Roma para estudiar. Volvió a Turín. Fue inscripto en primer año (equivalente al sexto año aprobado en el colegio “Pío IX”) y, con 18 años de edad, tuvo que compartir la clase con chicos de 12 ó 13 años.
La segunda semana de noviembre tomó una semana de vacaciones en Grana, Monferrato y desde allí regresó definitivamente a Roma para seguir estudiando. En Villa Sora, Frascatti, última etapa de su camino en Italia, Ceferino estuvo desde el 21 de noviembre de 1904 hasta el 28 de marzo de 1905.
La tuberculosis había avanzado. A principios de marzo de 1905 ya no pudo asistir a clase. Y el 28 de ese mes fue internado en el hospital Fatebenefratelli.
Monseñor Cagliero le dio los últimos sacramentos y lo acompañó hasta el final. Su hospitalización duró 44 días. Falleció a las seis de la mañana del 11 de mayo de 1905. Sus restos, llevados a Campo Verano (cementerio de Roma) por un pequeño grupo de personas fueron enterrados en una humilde tumba. Colocaron una cruz de madera, con una chapa de cinc que tenía la siguiente inscripción: “Zeffirino Namuncurá de anni 17. M - Roma L´ 11 maggio 1905”.
En 1911 se lanzó la idea de escribir una obra sobre Ceferino, y el Congreso Internacional de exalumnos de don Bosco presentó la moción de introducir la causa de beatificación y canonización. El 6 de mayo de 1915 su cuerpo fue exhumado, reducido y colocado en una urna en el mismo cementerio de Campo Verano en Roma. Se realizaron los trámites de repatriación y el 13 de mayo de 1924 la urna inició el viaje de regreso. Luego de arribar a Buenos Aires, llegaron en tren a la estación de Pedro Luro, y desde allí fue transportada a Fortín Mercedes. Fue depositada en la sacristía del colegio “San Pedro” y luego transportada solemnemente al “Fortín”, preparado especialmente para venerar sus restos.
El 2 de mayo de 1944 se dispuso la apertura del proceso informativo para la causa de beatificación. La segunda guerra mundial impuso una pausa en la causa por lo que el proceso romano se extendió hasta 6 de octubre de 1948. En enero de 1947 se abrió el proceso diocesano informativo en Viedma. Las sesiones apostólicas concluyeron en 1958. El 7 de abril de ese mismo año, se realizó el reconocimiento de los restos en el santuario de María Auxiliadora de Fortín Mercedes. El 22 de junio de 1972, el papa Paulo VI lo declaró Venerable. Sus restos fueron colocados en el bautisterio del santuario.
El 6 de julio de 2007, el papa Benedicto XVI firmó el decreto sobre el milagro de curación instantánea y total de un cáncer de útero de Valeria Herrera, atribuido a la intercesión del venerable Ceferino Namuncurá. La ceremonia de beatificación se realizó el 11 de noviembre de 2007 en la localidad de Chimpay, Río Negro.
Finalmente, solicitado por su familia y por orden del Vaticano, los restos del beato Ceferino Namuncurá fueron trasladados al paraje “San Ignacio”, acceso Ruta 40, Kilómetro 2294, Comunidad Namuncurá, Neuquén.

Zenone, Juan
AR-AHS ARS/BB ISAAR 4.ZJ · Pessoa singular · Ca. 1868 - 1941

Juan Zenone nació en Piossasco, Novara, Italia. Hay divergencia en la documentación sobre su fecha de nacimiento. El P. Pietro Stella, quien redactó su carta mortuoria, dice que tenía 69 años al morir, y el libro de Salesiani Defunti dice que tenía 73 años.
Quedó huérfano de padre y madre a los 9 años de edad. Estudió en el San Juan Evangelista de Turín y terminó el secundario en Valsálice. Fue alumno protegido de Felipe Rinaldi, quien lo apreciaba mucho. Realizó los votos perpetuos en 1890 en Foglizzo, Turín, y se ordenó sacerdote en Punta Arenas, Chile, en 1895.
Vino a América en 1892 donde permaneció hasta 1923. Llegó a la misión de la Candelaria en agosto de 1895. Fue el primer maestro rural de los nativos.
El padre Beauvoir en sus memorias, entre otras cosas, escribió de Zenone:
Si bien de constitución muy delicada y de salud precaria, trabajaba como un mártir, atendiendo constantemente a los niños... Les daba clase cuatro horas por día, los asistía siempre y en todas partes con singular paciencia. Los ocupaba con la música y con variados trabajitos, los llevaba a paseo; era paciente con ellos, tolerando sus travesuras infantiles, y muy benigno al corregirlos y castigarlos cuando cometían faltas. Era de una humildad y obediencia a toda prueba; atento y activo: en suma, el padre Juan Zenone era muy virtuoso; era un verdadero salesiano. Por eso, todos lo apreciaban. Doy gracias a Dios por haberme tocado un compañero así.
Fundó la casa de Santa Inés en el Río Fuego, con la intención de acoger a los indios desalojados de la Isla Dawson. Esa casa funcionó tres lustros, fue su primer y único director. Fundó además la casa de San José del Lago Fagnano, actual Tolhuin. Y vivió algún tiempo en en la actual Estancia Viamonte a 47 km al sur de Río Grande, junto con los hermanos Bridges, protestantes, enseñando a los originarios a criar, bañar y esquilar ovejas, de modo que pudieran insertarse en el mercado laboral.
Aprendió el idioma y dejó escritos vocabularios. Dejó su trabajo registrado en los libros de bautismo de campo, un verdadero tesoro no sólo para la Iglesia, ya que rinden cuenta de la existencia de unos trescientos selk’nam en el territorio que recibieron el bautismo. Él es el cronista de los primeros años de la misión. Sus relatos no registran el frío ni las adversidades de la misión, sin embargo, registra las muertes de los indios como lo único que sucede en el día y a veces en la semana, de lo que inferimos que ha sufrido mucho al respecto.
El frío y las condiciones precarias de la vida en el extremo sur habían minado su salud. Comenzó a beber, lo que le generó deudas y dificultades con sus hermanos y superiores. Restringieron sus movimientos y debía pedir permiso para salir.
Los últimos años, ya enfermo de alcoholismo, regresó en 1923 a su tierra natal en Piossasco Italia, donde murió el 23 de marzo de 1941.

Beauvoir, José María
AR-AHS ARS/BB ISAAR 4.BJo · Pessoa singular · 1850 - 1930

José María Beauvoir, nació en Alassio, Reino de Piamonte, el 1 de junio de 1850. Ingresó al Oratorio el 18 de octubre de 1866. Allí estudió, obteniendo el título de maestro elemental.
El 9 de octubre de 1869 ingresó al noviciado. Recibió el hábito talar de manos de don Miguel Rúa, el 18 de marzo de 1871. El 16 de septiembre de 1873 hizo la primera profesión religiosa y, la profesión perpetua, el 16 de mayo de 1876.
Ya salesiano, fue maestro y asistente y, al mismo tiempo, estudiante de Filosofía y Teología. El 15 de septiembre de 1875 recibió el subdiaconado en Casale; el diaconado en Alberga el 7 de noviembre y fue ungido sacerdote por monseñor Manacorda en Fosano, el 18 de diciembre de ese mismo año. Se desempeñó como docente en Alazio desde 1876 a 1878.
Por invitación de don Bosco partió hacia América como misionero. El 2 de enero de 1879 acompañó la cuarta expedición misionera de Salesianos y la segunda de las Hijas de María Auxiliadora, recalando en Montevideo y en Buenos Aires.
Su primer campo de apostolado americano fue el incipiente colegio de San Carlos de Almagro: allí ejerció la docencia y prestó su colaboración como vice-párroco en la parroquia salesiana que se extendía hasta la localidad de Flores.
Fue trasladado a La Boca, donde enfermó a principios del mes de agosto de 1881. Ese mismo mes, si bien convaleciente, fue enviado a acompañar al padre José Fagnano a Carmen de Patagones, arribando el 30 de agosto de 1881.
Ese mismo año, el padre Beauvoir inició, junto al padre Domingo Milanesio, su primera gira apostólica a Guardia Mitre. Por desavenencias entre ambos regresó a Viedma y el 30 de agosto de 1882 inició una nueva excursión misionera a lo largo del Río Negro. Visitó Cubanea, Pringles, Fortín Mercedes, Conesa y Choele Choel.
El 11 de ese mismo mes, emprendió una nueva gira en una expedición más extensa, hasta el fuerte General Roca, donde estaba acantonado el ejército y habitaban varias tribus. Allí se incorporó a las tropas del general Conrado Villegas como capellán. El 1 de enero de 1883 celebró la Eucaristía a orillas del río Collón Curá y el 4 partió hacia la cordillera hasta las orillas del lago Nahuel Huapi, donde catequizó a la tribu de Curruhinca. El 20 de mayo ya estaba de regreso en General Roca, y poco tiempo después, en Viedma.
Un confuso acontecimiento, en medio de la persecución religiosa que acontecía en el país, el padre Beauvoir, entonces párroco de Viedma, tuvo que emigrar a Buenos Aires, porque las autoridades militares lo culparon a él del incendio de la iglesia.
Creadas la Prefectura y el Vicariato Apostólico, en 1884 el arzobispo de Buenos Aires lo nombró primer capellán del territorio nacional de Santa Cruz. Allí realizó el primer casamiento de la región. En marzo de 1886 fue enviado por monseñor Juan Cagliero, junto al padre Ángel Savio, a la gobernación de Santa Cruz, convirtiéndose en los primeros en ejercer la enseñanza en la provincia.
Ese año recorrió el estrecho de Magallanes junto a una comisión enviada por el entonces gobernador, Carlos Moyano al Cabo Vírgenes.
En 1887 los padres Beauvoir y Savio regresaron a Puerto Deseado en el vapor “Magallanes”. Fuertes vientos provocaron el naufragio de la nave cerca del puerto. Los viajeros y tripulantes fueron rescatados por el navío chileno “Mercurio” en viaje a Punta Arenas. Repuestos del susto viajaron a Ushuaia.
Fue también fundador de la Presencia Salesiana de Río Gallegos en 1888 y precursor de la Obra Salesiana en San Julián.
El 11 de noviembre de 1893 el P. Beauvoir con los otros primeros misioneros: los hermanos coadjutores Antonio Bergese, Pablo Ronchi y Juan Ferrando, fundaron La Candelaria. Se instalaron en Barrancos Negros, al margen norte del Río Grande y en 1894 se mudó a Los Chorrillos donde Beauvoir reside hasta agosto de 1896, año en que viajó a Italia, llevando al Archivo Central las crónicas de la misión. En diciembre de ese año, la misión se incendió.
En todo este proceso los salesianos constataron que las matanzas hacia los originarios no cedieron y no dejaron de denunciarlas: Beauvoir, Borgatello, Carvajal, Migone, Bernabé y Fagnano denuncian el pago de los estancieros por cada “cabeza de indio”. Beauvoir, en sus memorias escribe: “Para que los indios, acosados por el hambre, no roben ovejas, los estancieros contaban con cuadrillas de peones a caballos que, armados de buenos rifles y cuchillos, recorrían todo lo largo de los alambrados; y a cuantos desgraciados indígenas les venían a la vista, les daban balas hasta alcanzarlos, y cortándoles las cabezas, se las llevaban al dueño, que les daba por cada una de ellas, una libra esterlina”.
Retirado a Punta Arenas, Chile, pensó dejar constancia de toda su experiencia y comenzó a trabajar en escritos sobre lingüística y etnografía. Publicó en 1900 su “Pequeño diccionario de idioma fueguino Ona”, editado en Buenos Aires por la Escuela Tipográfica Salesiana, con un amplio éxito en los ambientes científicos de su época y que aún hoy es estudiado por científicos y lingüistas en el ámbito académico.
En 1907 publicaron en Turín su segundo libro: “Pequeño álbum de retratos de aborígenes fueguinos y patagónicos y de varias apreciaciones de las misiones salesianas de la Patagonia Meridional y de la Tierra del Fuego, editado también por la Escuela Tipográfica Salesiana.
En 1915 apareció en Buenos Aires su tercera publicación: “Los Onas, tradiciones, costumbres y lengua”. Seis años más tarde, en 1921, publicó en Puerto Deseado, su residencia en ese tiempo, su cuarto y último escrito: “Leyendas Onas”. En esta población construyó y fundó en 1926, el colegio salesiano San José.
José María Beauvoir falleció el 29 de abril del año 1930, en Buenos Aires.

Crestanello, Augusto
AR-AHS ARS/BB ISAAR 4.CA · Pessoa singular · 1862 - 1925

Augusto Crestanello nació en Pressana, Vicenza, Italia, el 24 de marzo de 1862. El Colegio Salesiano de Valsálice lo acogió como alumno el 25 de noviembre de 1888. El mes de septiembre de 1890 fue novicio en Foglizzo, para hacer su profesión perpetua en Valsálice el 3 de octubre de 1891. En 1893 llegó a la República Argentina.
En menos de un año recibió todas las órdenes sagradas de manos de monseñor Cagliero en 1894 y el sacerdocio en 1895.
Formado en la escuela de don Bosco y de don Rúa adquirió un conocimiento profundo del Sistema Preventivo que puso en práctica en su misión.
En 1897 el padre Augusto Crestanello ya se encontraba en Junín de los Andes, fue encargado de la obra durante las muchas y prolongadas ausencias del padre Milanesio. Construyó una modesta casa para las hermanas, contigua a la misión salesiana. Fue confesor de la beata Laura Vicuña y su primer biógrafo. Registra su fallecimiento en 1904.
En marzo de 1911 fue destinado a Bahía Blanca. Pero en 1912 lo encontramos como prefecto en Viedma.
En 1913 pasó a Comodoro Rivadavia alquilaron una casa de 4 habitaciones y ahí mismo, abrieron una escuela. “El día 13 de abril de 1914 aparecía sobre la puerta de la calle de la casita la inscripción ‘Colegio Salesiano’ y el 4 de marzo del mismo año comenzaban las clases.” Ese mismo año le ponen el nombre de Miguel Rúa en homenaje al primer sucesor de San Juan Bosco. El Padre Crestanello fue su fundador y director.
Entre 1918 y 1922 fue director de la casa de Rawson, terminó la construcción del templo parroquial y fundó la asociación de exalumnos de Don Bosco de esa localidad. En ese período oficiaba como confesor de la casa de Trelew.
Luego regresó a Comodoro Rivadavia donde permaneció hasta su muerte, acaecida el 25 de julio de 1925, a los 63 años de edad. 30 de sacerdocio y 34 de profesión.

Stefenelli, Alejandro
AR-AHS ARS/BB ISAAR 4.SA · Pessoa singular · 1864 - 1952

Alejandro De Stefenelli nació en Fondo, Val di Non, Trento, Italia, el 15 de diciembre de 1864. Fue el séptimo de doce hijos del doctor Enrique De Stefenelli y Catalina De Stefenelli. Su padre, quien ejercía la profesión de médico comunal, falleció cuando Alejandro tenía once años. Tres meses más tarde falleció su mamá. Él y sus siete hermanos (cuatro fallecieron tempranamente) quedaron al cuidado de su tío paterno, Guido De Stefenelli, sacerdote, quien se preocupó de que sus sobrinos recibieran una esmerada educación.
En la mente joven de Alejandro se encontraban y oponían varias tendencias con respecto a su futuro. Amante de la matemática, la mecánica y del arte de construir, deseaba ser ingeniero, pero a menudo se veía misionero en países lejanos, predicando y a la vez, construyendo casas, hospitales e iglesias.
Su párroco, que era Cooperador Salesiano, le habló de don Bosco y le propuso que vaya a vivir y estudiar en el Oratorio de Turín. Su tutor, el tío Guido De Stefenelli, se opuso terminantemente considerando que ni el ambiente ni el cura turinense tenían el nivel social que quería para su sobrino. Pero Alejandro y el párroco insistieron hasta conseguir el permiso para llegar a Turín a modo de prueba: iría a conocer a Don Bosco y ver si se adaptaba a la forma de vida del Oratorio. Como reaseguro llevaba en su bolsillo el dinero para comprar el boleto de regreso.
Alejandro De Stefenelli ingresó en el Oratorio el 15 de marzo de 1879. Evidentemente, el estilo de vida era muy diferente al de su casa: la pobreza y austeridad, la dieta poco atrayente, la rusticidad de los utensilios de latón y madera chocaron con sus costumbres señoriales. Incluso el clima de Turín le generó serios problemas de salud en la piel y consecuencias pulmonares. Pero el ambiente de estudio y alegría y el acompañamiento espiritual de don Bosco, terminaron definiendo el camino a seguir.
Según las costumbres de la época y con diecisiete años de edad, el 4 de noviembre de 1881, recibió la sotana de manos de don Bosco y el 11 del mismo mes inició el noviciado. El 7 de octubre de 1882 hizo su profesión perpetua. En 1884 terminó sus estudios de filosofía, al tiempo que había profundizado en sus ciencias preferidas: matemática, física y química.
Don Bosco y monseñor Juan Cagliero, recientemente designado Vicario Apostólico de la Patagonia septentrional y central, recibieron del padre Denza, barnabita de Moncalieri - insigne físico y astrónomo - la solicitud para que los Salesianos fundasen en la Patagonia una red de observatorios metereológicos. Ante esta propuesta, Don Bosco eligió a Alejandro De Stefenelli para capacitarse como meteorólogo.
El 1 de febrero de 1885, partió con Juan Cagliero hacia la Patagonia. Durante el viaje desde Marsella a Buenos Aires, Stefenelli, que ya había renunciado al “De” de su apellido señorial, tuvo que cambiar el lugar de su destino misionero, de Tierra del Fuego a Carmen de Patagones.
El 8 de junio de 1885 arribó al muelle de Carmen de Patagones. Instaló el observatorio e hizo estudios climatológicos de la región. En el último semestre de 1885 el observatorio funcionó con regularidad, cumpliendo sus tres observaciones diarias, con los cálculos respectivos y enviando los registros al padre Denza, en el Observatorio Moncalieri.
Stefenelli realizaba las puntuales mediciones sin interrumpir sus numerosas horas de clase en el colegio “San José”. Sus colaboradores fueron los marinos de la guarnición en el puerto de Patagones, particularmente el comodoro Martín Rivadavia, jefe naval del puerto.
El de Patagones se convirtió en el primer observatorio permanente y técnicamente organizado de la Patagonia, lo que en 1887 le valdrá al clérigo Stefenelli, el diploma de Socio Efectivo de la Sociedad Meteorológica Italiana.
En ese mismo tiempo, tal como lo hacían los misioneros itinerantes, recorrió a caballo el valle inferior del río Negro. Y, en 1888, remontándose en barco, acompañó al padre Andrés Pestarino al fuerte General Roca, que entonces era un pequeño pueblo-guarnición de apenas mil habitantes.
En 1889 fue ordenado, con pocos días de diferencia, subdiácono, diácono y sacerdote, de manos de monseñor Cagliero en Carmen de Patagones. Fue la primera ordenación sacerdotal al sur del Río Colorado.
Él mismo se ofreció para quedarse como capellán permanente del fuerte General Roca. Consciente de que no sería tarea fácil relata en sus memorias: “preparé cuatro caballos, puse en mis alforjas el altar portátil, objetos de devoción, catecismos, medicinas y la máquina fotográfica”. La primera noche durmieron en el suelo con los aperos. Al día siguiente, les regalaron dos bolsas; las que llenaron de pasto y en adelante fueron sus “cómodos colchones”.
Y sigue recordando el misionero en sus memorias:
“Era urgente preparar la escuela tanto más que la del estado estaba cerrada por falta de maestro. Con diez tablones construí cinco bancos con patas clavadas en el piso que servían para los alumnos y los fieles. Un cajón vacío sirvió de púlpito para la sacristía. Así, con una silla para el maestro, la escuela fue inaugurada el 20 de julio con catorce alumnos, que a fines de agosto, fueron ya veintisiete.”
Y con un proyecto apenas iniciado, comenzó a planificar otro... Había muchos niños abandonados que vagaban por el pueblo y, analizando la potencialidad que ofrecía la naturaleza, sintió la necesidad de fundar una escuela de agricultura, considerando que sería mucho más útil que una escuela de artes y oficios.
Las fechas siguientes dan una clara impresión del ritmo de trabajo de aquellos tiempos fundacionales: en 1889 el padre Stefenelli pone en marcha no solo el colegio San Miguel, sino también la primera parroquia de General Roca. Ese mismo año, un estudio minucioso realizado por el ingeniero Francisco Dehais, registra que “el cura realiza el primer riego en todo el alto Valle de Río Negro. Con una noria construida con tachos de cinco litros comprados en Buenos Aires alcanza a regar seis hectáreas de los lotes 255 y 256, de cien hectáreas cada uno”.
En la Pascua de 1890 se bendijo la piedra fundamental de la nueva iglesia de San Miguel. Ese mismo año, 18 de julio, con un carromato que le prestaron en Patagones y una tropilla de caballos, también prestada, llevó hasta General Roca a las primeras Hijas de María Auxiliadora que luego fundarían el colegio para las niñas. En 1894 inaugura la iglesia de San Miguel.
A comienzos de 1895, Stefenelli consiguió una audiencia en Buenos Aires con el Presidente de la República José Evaristo Uriburu. Con diez años de estadía en el país, el joven misionero ya puede presentar al primer mandatario una memoria de su actividad y algunos proyectos. Lo hace de esta manera:
En numerosos viajes de excursión tuve la ocasión de conocer palmo a palmo las riberas de los ríos Negro y Colorado y desde entonces sueño con ver transformadas aquellas tierras en preciosos centros agrícolas, activados por laboriosos agricultores que disfrutando de las aguas corrientes, enriquecerían a sus hogares y al país.
En septiembre del ´88 llegué por primera vez a la colonia de General Roca. Aquel embrión de canal que se acababa de abrir decía cuán fácil hubiera sido darle proporciones suficientes para regar las cuarenta mil hectáreas que constituyen los lotes rurales de la colonia, de suerte que, ayudado por la nivelación natural de esos terrenos, fácilmente transformaría estos arbustos amarillentos en lozanos pastizales y verdes trigos y, el espinoso piquillín y el alpataco, en árboles frutales, viñedos y olivares.
Desde luego me di cuenta de la necesidad de preocuparnos no solo de la educación intelectual sino también de dar una profesión o un oficio a los numerosísimos niños desvalidos de aquellas regiones y con permiso de mi Superior, a costa de importantísimos sacrificios, por ser extremada la pobreza de aquella Misión, y antes de tener casa para el misionero, se pensó en tener terreno para una futura escuela de agricultura práctica a beneficio de los niños pobres”.
En 1896, con la intención de ampliar la superficie de riego, Stefenelli compró en Barracas al Sud (la actual ciudad de Avellaneda, al sur de la Capital) un motor a vapor de catorce caballos que pesaba seis mil kg y una bomba de diez pulgadas de diámetro para elevar trescientos metros cúbicos de agua por hora. Con enorme esfuerzo logró trasladarla, primero en barco hasta Patagones y luego en grandes carros tirados por veintiséis bueyes que recorrieron a la rastra, durante veintisiete días, los 620 km restantes hasta Roca. Fue la primera bomba de agua en el alto Valle.
En 1898 con una ayuda recibida del General Roca, que por segunda vez había asumido la presidencia de la nación, Stefenelli consiguió abrir un nuevo canal.
Cuando el cura le comunicó la noticia, el presidente le respondió con un telegrama diciendo: “si alcanza a mantener con agua el canal durante cuatro meses, le doy mi palabra de que le enviaré el mejor ingeniero para construir el canal definitivo”. El cura lo consiguió y el presidente cumplió. Así fue que poco después arribó al Valle del Río Negro el ingeniero italiano César Cipolletti. Enseguida trabó amistad con el cura que lo hospedó durante algunos días y fue el encargado de acompañarlo en las recorridas de reconocimiento y estudio de la zona.
En 1899 todo estaba listo para estrenar el nuevo edificio del colegio San Miguel con la presencia del presidente Roca, que atravesaría en tren el Valle del Río Negro inaugurando las nuevas estaciones del Ferrocarril Sud. Pero apenas antes de la fecha fijada una terrible inundación -provocada por los deshielos en la cordillera- no sólo impidió cualquier festejo sino que arrasó con la pequeña población de la que sólo el nuevo colegio y apenas un poco más quedó en pie cuando bajaron las aguas. Las crónicas del colegio San Miguel recuerdan aquellas horas críticas, con el rescate de los más pequeños en carros, subiendo hasta lo más alto de las bardas, desde donde se escuchaba el rugir de las aguas caudalosas arrasándolo todo. Con lo poco que lograron rescatar a las apuradas, improvisaron un campamento en lo alto de la barda durante quince días, racionando los alimentos y cocinando en grandes fogones que también servían para aliviar el frío. Después, el padre Stefenelli consiguió alquilar carros para trasladar a niñas, niños y hermanas. La caravana tardó siete días para llegar hasta Choele Choel, y varias horas más en tren hasta Bahía Blanca. Los colegios María Auxiliadora y La Piedad se organizaron para albergarlos a todos durante varios meses, hasta que bajaron las aguas y pudieron regresar.
Comenzar todo de nuevo no fue tarea fácil. Pero Stefenelli no era hombre de achicarse a la primera contradicción. Después de la gran inundación, el pueblo nuevo de General Roca se reconstruyó en una parte más alta y segura, a 5 km de la ubicación anterior.
Contra la opinión de muchos, apostó a quedarse en el lugar en el que estaba Roca antes de la gran inundación, confiando tozudamente en que la población se restablecería allí cosa que finalmente no sucedió.
Con dificultad, tanto el colegio como la escuela de agronomía práctica fueron retomando su ritmo hasta que un decreto del presidente Roque Sáenz Peña, fechado el 30 de diciembre de 1912, impuso el desalojo de todas las tierras del colegio agrícola, para instalar allí una estación experimental de agronomía.
Stefenelli viajó a Buenos Aires intentando hacer volver atrás una decisión que le resultaba incomprensible. Lamentablemente no lo logró y la primera escuela de agronomía de la Patagonia terminó siendo expropiada por el gobierno.
Quien había superado el desprecio total en sus inicios, la inundación devastadora e incluso atentados contra su propia vida, no pudo soportar el disgusto que le provocó esa decisión arbitraria del gobierno. Desalentado recaló en Bahía Blanca, donde en poco tiempo levantó la torre de la Iglesia del Sagrado Corazón junto al colegio Don Bosco. Fue su despedida de la Argentina.
Después de casi tres décadas en la Patagonia, partió definitivamente a Italia.
Vivió primero en su pueblo natal, en el Trentino, durante los horrores de la Primera Guerra Mundial ejerciendo su ministerio sacerdotal y ayudando en el cultivo del campo a tantas familias pobres que tenían a los varones enrolados en las filas del ejército.
Finalizada la guerra, su destino fue la Escuela Agrícola de Mandrione, que los Salesianos levantaron en las afueras de Roma para los huérfanos de la guerra.
Desde 1927 a 1929 se desempeñó como administrador en Rovereto colaborando con la fundación de la obra salesiana en esa ciudad. Luego pasó al aspirantado “María Auxiliadora” en Trento donde permaneció durante 23 años hasta su fallecimiento el 16 de agosto de 1952 a la edad de 88 años.
En 1933 la antigua estación de ferrocarril “Los Perales”, vecina a General Roca, fue rebautizada en su homenaje con el nombre de Padre Alejandro Stefenelli.
En sus memorias, que redactó en sus últimos años, dejó escrito: “el lugar donde se ha consumado lo mejor de nuestra vida, no puede menos que ser nuestra verdadera patria”.