Ceferino Namuncurá nació el 26 de agosto de 1886, en las tolderías de Chimpay, Río Negro, hijo del cacique Manuel Namuncurá y Rosario Burgos. Desde su nacimiento vivió plenamente la organización tribal y, mientras permaneció en el territorio, participó de las creencias del pueblo mapuche.
Su padre, cacique mapuche, estaba al frente de las huestes armadas, defendiéndose de la campaña militar del naciente estado nacional. Luego de resistir en forma guerrera y diplomática por años al embate del ejército en la llamada “campaña del desierto”, para evitar que su pueblo sea aniquilado, cedió a la mediación ofrecida por el misionero salesiano Domingo Milanesio. Ofreció rendirse pero pedía garantías en las condiciones de supervivencia para su gente: raciones de comida y un territorio donde permanecer. De esta manera, el 5 de mayo de 1884, en General Roca, presentó su rendición y firmó un acuerdo de paz entre el Ejército Argentino y el pueblo mapuche. En ese acto le fue otorgado el grado de Coronel de la Nación, conservando el título de “Gran Cacique”. Viajó a Buenos Aires para gestionar el otorgamiento de tierras y la ayuda prometida.
Ceferino nació en ese momento de inflexión histórica. Llevó en su sangre la estirpe mapuche. Defendió los derechos y los valores de su pueblo, no desde la confrontación y la violencia, sino abriéndose al diálogo intercultural e integrando elementos de la cultura blanca a su identidad aborigen.
El 24 de diciembre de 1888, fue bautizado por el padre Domingo Milanesio. El hecho consta en el Libro de Bautismos N° 29, folio 127 de la parroquia de Carmen de Patagones. Siendo muy pequeño cayó a un canal del Río Negro y fue arrastrado por la corriente. Su papá lo rescató y el hecho fue considerado por los suyos como un milagro.
Alfredo Namuncurá, uno de sus hermanos, al exponer ante el tribunal eclasiástico de Viedma en 1947, señaló: “durante su niñez se dedicaba a pastorear chivos y ovejas. Todos los días llegaba con un atado de leña que traía desde lejos para ayudar a su mamá. Era muy afectuoso con mamá y con nuestro papá”.
Aunque era un niño, se daba cuenta de la situación de postración y decadencia que vivía su gente. Posiblemente haya escuchado protestar a su padre contra los “huincas” que no cumplían con las promesas que había hecho el gobierno sobre el envío de las raciones de comida. Con intuición sorprendente para sus once años le dijo a su padre: “padre, las cosas no pueden seguir así. Quiero estudiar para ser útil a mi gente”.
Su padre lo escuchó. Viajaron a Buenos Aires. Luego de asesorarse con el Ministro de Guerra y Marina, Manuel Namuncurá lo inscribió en la escuela-taller de la Marina de Tigre, a la que ingresó como aprendiz de carpintería. Sin embargo, cuando fue a despedirse, antes de regresar a Chimpay, Ceferino le dijo que no se sentía bien en ese ambiente y le pidió que lo retirara. Accedió a su pedido.
Buscando asesoramiento recurrió al presidente Dr. Luis Saenz Peña, quien le habló de la acción educativa de los Salesianos. Con su recomendación y recordando a los misioneros que trabajaron por la paz en sus tierras, presentó una solicitud de admisión en el colegio “Pío IX” de Almagro. Ceferino fue aceptado e ingresó el 20 de septiembre de 1897, según consta en el libro Mayor de Estudiantes, en el folio 190.
Nada fue fácil o sencillo para él ni para la institución que lo recibía. Los alumnos pupilos comían y dormían en el colegio “Pío IX”, pero estudiaban enfrente, en el colegio “San Francisco de Sales”. Ceferino puso en juego su tenacidad y esfuerzo para desarrollar sus cualidades, pero era sólo un niño que, al arribar al “mundo de los blancos” no conocía el idioma ni esa cultura tan diferente a la suya. Su condición mapuche e hijo del gran cacique, lo hacían “diferente”.
Inició la escolaridad más tarde que los niños de su edad, pero se adaptó rápidamente y, en pocos meses logró comunicarse en español y escribir con una caligrafía excelente. Era rápido y seguro en matemáticas, estableció buena relación con sus compañeros y superiores. Poseía una voz soprano con la que se destacaba como solista en el coro. Su memoria privilegiada le permitió obtener los primeros puestos en los concursos catequísticos y, por su destreza y habilidad, sobresalió en los juegos y el deporte.
Su escasa preparación intelectual y el desconocimiento de las prácticas escolares hizo que no logre aprobar el primer año, sino hasta rendir los exámenes finales de febrero de 1899. Desde entonces, con perseverancia y capacidad de superación, en los años siguientes, fue accediendo a los primeros puestos hasta aprobar el sexto grado en 1902. Ese fue un año problemático: comenzaron a aparecer los primeros signos de tuberculosis, por lo que a mediados de octubre fue trasladado a Uribelarrea para recuperarse de la enfermedad.
Desde su ingreso en el colegio “Pío IX”, Ceferino demostró un interés poco usual por la formación cristiana. El padre Antonio Costamagna lo preparó para la Primera Comunión que recibió el 8 de septiembre de 1898 y, monseñor Gregorio Romero le confirió la Confirmación el 5 de noviembre del año siguiente. Según se infiere de la profusa correspondencia que estableció con sus superiores y con su familia, se puede decir que en esta etapa comenzó a vivir una profunda espiritualidad y manifestó el deseo de transmitirlo a su pueblo. El padre Luis Pedemonte, al testimoniar en su Causa refirió que en una oportunidad le dijo: “debo salir primero en el certamen porque después tendré que enseñar el catecismo a mis pobres com-paisanos”.
La oportunidad de educarse en el colegio de los Salesianos y atraído por la acción de los misioneros en su tierra, fue despertando el deseo de ser como ellos, sacerdote y misionero. Su padre esperaba que llegara a ser militar o político para defender los derechos de su raza, pero Ceferino, en cambio, eligió otro camino.
En el cuarto año de su estadía en Buenos Aires su salud comenzó a declinar: una tos insistente y resistente a todos los cuidados atacó sus pulmones. Monseñor Cagliero decidió llevarlo a Viedma por tres razones: había creado el colegio para aspirantes al sacerdocio en Patagones. La segunda razón: esperaba que el clima natal pudiera beneficiar a Ceferino y, la tercera, era que allí se encontraba el padre Evasio Garrone que había desarrollado empíricamente un tratamiento para la tuberculosis y confiaba que con él, Ceferino podría sanar.
En el mes de enero, Ceferino se embarcó hacia Viedma. Viajó solo. En el Libro Matriz del colegio “San Francisco de Sales” se registra su llegada, el 15 de enero de 1903. Le correspondió la matrícula N° 299.
En aquellos años reinaba en el colegio un ambiente de confianza, fervor espiritual y afecto recíproco entre todos los integrantes. Se vivía y respiraba un verdadero clima de familia. Por ello, con espíritu de servicio, Ceferino pudo establecer relaciones con otros salesianos, entre ellos, Artémides Zatti, quien lo atendía en la enfermería. La enfermedad siguió implacablemente su curso. El padre Garrone siguió con solicitud la salud de Ceferino.
A pesar de que Ceferino había llegado a Viedma como aspirante salesiano tuvo muchos obstáculos para realizar su vocación: en principio no era hijo biológico de la mujer que su padre legitimó como esposa al convertirse al cristianismo. En aquellos años, esta condición pesaba mucho para ser admitido al sacerdocio. Por otro lado, no pudo conseguir el acta de bautismo, tan necesaria para aspirar a las órdenes sagradas. Pero sin duda, el factor salud, una de las condiciones de aceptación para la Congregación Salesiana, fue determinante. Por todo esto, cuando finalmente sus compañeros partieron hacia el aspirantado salesiano de Patagones, Ceferino se quedó en Viedma.
El 6 de julio de 1904, junto con monseñor Juan Cagliero y el padre Evasio Garrone viajó desde Viedma rumbo a Buenos Aires, para el 19 de julio embarcarse a Europa, sumándose a los Salesianos nominados para el 10° Capítulo General Salesiano.
Monseñor Cagliero se despedía de la Patagonia en la que había actuado como misionero. El diario “La Nueva Provincia” de Bahía Blanca, el 12 de junio de 1904 publicó:
(...) La misión de la congregación salesiana y a la que monseñor Cagliero ha dedicado especial cuidado ha sido la difusión de las ideas cristianas y la elevación por enseñanza en ese mundo indígena oscuro, ignorante, pobre y casi nómade. Entre los indios es donde se palpa la obra redentora del salesiano y, monseñor Cagliero ha querido llevar un recuerdo de la Patagonia al mismo tiempo que exteriorizar un afecto leal, y ha conseguido que el cacique Namuncurá le confíe su hijo menor, un jovencito de 14 años que va a Italia bajo su tutela, a educarse e instruirse.
En cartas enviadas a sus superiores y a su familia, Ceferino dejó constancia de las vivencias que experimentó al descubrir la “tierra santa de don Bosco y el Papa”. Fue recibido por varias personalidades de la vida pública, cultural y eclesiástica que quisieron conocerlo, incluso lo presentaron ante Miguel Rúa, el sucesor de don Bosco. Ceferino no se dejó perturbar por los “homenajes” ni por los “personajes”. Su sencillez y naturalidad quedaron intactas. Participó de la audiencia que el papa concedió a los Capitulares el 27 de septiembre y, al día siguiente, partió hacia Florencia, Bolonia y Milán.
Su ideal misionero seguía presente. En una carta dirigida al padre Esteban Pagliere, el 26 de septiembre de 1904, le manifestó el deseo de quedarse en Roma para estudiar. Volvió a Turín. Fue inscripto en primer año (equivalente al sexto año aprobado en el colegio “Pío IX”) y, con 18 años de edad, tuvo que compartir la clase con chicos de 12 ó 13 años.
La segunda semana de noviembre tomó una semana de vacaciones en Grana, Monferrato y desde allí regresó definitivamente a Roma para seguir estudiando. En Villa Sora, Frascatti, última etapa de su camino en Italia, Ceferino estuvo desde el 21 de noviembre de 1904 hasta el 28 de marzo de 1905.
La tuberculosis había avanzado. A principios de marzo de 1905 ya no pudo asistir a clase. Y el 28 de ese mes fue internado en el hospital Fatebenefratelli.
Monseñor Cagliero le dio los últimos sacramentos y lo acompañó hasta el final. Su hospitalización duró 44 días. Falleció a las seis de la mañana del 11 de mayo de 1905. Sus restos, llevados a Campo Verano (cementerio de Roma) por un pequeño grupo de personas fueron enterrados en una humilde tumba. Colocaron una cruz de madera, con una chapa de cinc que tenía la siguiente inscripción: “Zeffirino Namuncurá de anni 17. M - Roma L´ 11 maggio 1905”.
En 1911 se lanzó la idea de escribir una obra sobre Ceferino, y el Congreso Internacional de exalumnos de don Bosco presentó la moción de introducir la causa de beatificación y canonización. El 6 de mayo de 1915 su cuerpo fue exhumado, reducido y colocado en una urna en el mismo cementerio de Campo Verano en Roma. Se realizaron los trámites de repatriación y el 13 de mayo de 1924 la urna inició el viaje de regreso. Luego de arribar a Buenos Aires, llegaron en tren a la estación de Pedro Luro, y desde allí fue transportada a Fortín Mercedes. Fue depositada en la sacristía del colegio “San Pedro” y luego transportada solemnemente al “Fortín”, preparado especialmente para venerar sus restos.
El 2 de mayo de 1944 se dispuso la apertura del proceso informativo para la causa de beatificación. La segunda guerra mundial impuso una pausa en la causa por lo que el proceso romano se extendió hasta 6 de octubre de 1948. En enero de 1947 se abrió el proceso diocesano informativo en Viedma. Las sesiones apostólicas concluyeron en 1958. El 7 de abril de ese mismo año, se realizó el reconocimiento de los restos en el santuario de María Auxiliadora de Fortín Mercedes. El 22 de junio de 1972, el papa Paulo VI lo declaró Venerable. Sus restos fueron colocados en el bautisterio del santuario.
El 6 de julio de 2007, el papa Benedicto XVI firmó el decreto sobre el milagro de curación instantánea y total de un cáncer de útero de Valeria Herrera, atribuido a la intercesión del venerable Ceferino Namuncurá. La ceremonia de beatificación se realizó el 11 de noviembre de 2007 en la localidad de Chimpay, Río Negro.
Finalmente, solicitado por su familia y por orden del Vaticano, los restos del beato Ceferino Namuncurá fueron trasladados al paraje “San Ignacio”, acceso Ruta 40, Kilómetro 2294, Comunidad Namuncurá, Neuquén.
Domingo Milanesio nació en Settimo Torinese, Italia, el 18 de agosto de 1843, pasó su infancia trabajando en la huerta y haciendo canastas. A los 23 años se presentó a Don Bosco y le dijo que quería ser misionero, fue admitido como aspirante y profesó como salesiano en 1869, a los 26 años, en Trofarello. Con mucho empeño completó en poco tiempo los estudios para el sacerdocio. La consagración sacerdotal le fue conferida el 20 de diciembre de 1873 en Albenga. Trabajó como director del Oratorio Festivo de Valdocco.
En 1877, a los 34 años, formando parte de la tercera expedición misionera, dirigida por Costamagna, el padre Domingo Milanesio llegó a América. Pasó 3 años en la Boca del Riachuelo, Buenos Aires, allí sufrió la agresión de un apóstata de la fe cristiana, que puso en peligro su vida: fue herido de gravedad por un feroz golpe en la cabeza.
Monseñor Mariano Antonio Espinosa, vicario del arzobispo de Buenos Aires, creó en el año 1880 la parroquia de Viedma, que juntamente con las difíciles misiones de la Patagonia, fue encomendada a los salesianos. El primer párroco fue el padre Domingo Milanesio. Su jurisdicción abarcaba 800.000 kilómetros cuadrados. Su cargo duró sólo 3 años, en mayo de 1883 asumió Beauvoir.
En 1883, Milanesio comenzó a explorar, a caballo, el Neuquén y la Cordillera de los Andes. Visitaba las chozas de los indígenas para predicar el Evangelio, impartir sacramentos a las tribus y aliviar su mucha miseria. Alentaba a los colonos blancos a perseverar en la fe de sus antepasados. Cruzó al menos, en veinticinco oportunidades, las altas y peligrosas cimas de la cordillera de los Andes en busca de personal salesiano y medios econónicos para sostener la obra misionera. Visitó Chile en 1886, siendo el primer salesiano que pisó tierra chilena.
Milanesio estudió y logró hablar mapuzungun en 1885. Escribió catecismos y léxicos en lengua originaria. Valoraba los momentos de encuentro con los indígenas para aprender su lengua y hacer extensas anotaciones. Su método, lo humanizó poniéndose “a la par” en un ida y vuelta, en una suerte de alfabetización mutua.
El padre Raúl Entraigas dijo:
El padre Domingo Milanesio; italiano él, se encargó en soledad de descifrar el idioma de los aborígenes, ordenar alfabéticamente los vocablos, usos de armas, herramientas; la interpretación de gestos, sonidos guturales, sistematizó la región con dibujos y mapas, al final publicó, en 1915, un libro denominado: ‘Etimología araucana. Idiomas comparados de la Patagonia. Lecturas y Frasario Araucano’.
Fue mediador en la capitulación del cacique Manuel Namuncurá desde 1881 hasta 1884. El 12 de enero de 1883 el comandante Rufino Ortega escribió al gobierno nacional: “Namuncurá escapó de caer en poder del mayor O’Donnel”. Milanesio intervino: se entrevistó con embajadores del cacique y le envió una carta con fecha del 20 de abril de 1883 donde aprueba la decisión de “tratar la paz con las autoridades militares”.
Ante el problema de la posesión de las tierras para los pueblos originarios, propuso y gestionó un proyecto superador al modelo de reducciones: sugería una colonización agrícola en base a colonias mixtas, ofreciendo espacios de organización donde pudieran convivir criollos, inmigrantes e indígenas; espacios de contacto interétnico o entre grupos de diferente procedencia.
Esta idea entró en colisión directa con el modelo latifundista y ganadero impulsado desde el Estado Argentino. Por eso, a pesar de su astucia e inteligencia para buscar formas de inclusión, chocó con la indolencia de un Estado que no tenía conocimiento, ni interés en la realidad indígena.
Su experiencia de misionero itinerante durante 30 años le permitió conocer la realidad y expresarla. El proceso de invisibilización de los pueblos indígenas estaba en acto. El religioso veía que se vendían indiscriminadamente los terrenos para cubrir necesidades fiscales del Estado, como si no hubiera gente en ellas. Esto producía la concentración de la propiedad de la tierra en pocas manos y generaba un vaciamiento de la población existente en la Patagonia. “Se reemplazan personas por vacas”, decía el padre Milanesio.
En una, de sus cartas pide:
(...) que se le reconozca el derecho como primeros ocupantes de tierras fiscales, derechos a los que se han hecho acreedores por sus trabajos, aunque rudos, en el ramo de agricultura y ganadería. Es cierto que con sus pequeños ensayos han descubierto miles y miles de lugarcitos en donde producen las legumbres, pastos domésticos, hortalizas, etcétera. Ellos han sabido elegir el retazo de tierra más abrigado y de mejor clima y han señalado con eso la ruta que debe seguir el agricultor en mayor escala. Todo esto no tiene mérito?
Su objetivo siempre fue evangelizar y eligió un modo de hacerlo: aprender de la cultura, hablar el idioma y respetar la manera de vivir de los habitantes del lugar.
En 1886 y 1887 cruzó la cordillera de los Andes y visitó Chile junto con Cagliero.
El 24 de diciembre de 1888, en Chimpay, bautizó al hijo del cacique Namuncurá: Ceferino. En 1889 estuvo en Choele Choel. En 1890 se inaugura la misión de Bahía Blanca, Milanesio llega en mayo. Toma contacto con el hermano Rosetti. En sus misiones por la colonia Tornquist, La Vitícola, Sierra de la Ventana, Napostá, y el curso del Sauce Chico llevó al niño Esandi, quien luego sería el primer obispo salesiano. En 1890 en Viedma visitó a los reclusos.
En 1894 fundó la obra salesiana de Junín de los Andes y en 1897 viajó a Chile para recaudar fondos y traer las primeras misioneras para que se hicieran cargo, en Junín de los Andes, de un asilo para indiecitos y niñas pobres.
La libertad y la vida de este intrépido misionero estuvieron en peligro muchas veces. Supo llarmar la atención a los que abusaban de su autoridad en detrimento de los paisanos e indígenas, y por ello, tuvo que soportar la prisión.
El misionero no agradaba al gobernador de Río Negro, el general Lorenzo Vintter, y mientras estaba misionando en Choele Choel, una orden militar lo obligó a galopar casi 400 kilómetros hasta Viedma y quedó detenido. El padre José Fagnano logró liberarlo y lo "exilió" a Buenos Aires, hasta julio de 1885.
El padre Milanesio sufrió otra prisión en Chos Malal, detenido arbitrariamente del 1 de septiembre hasta 22 de noviembre de 1887 por el gobernador del Neuquén, el coronel Manuel José Olascoaga, que trataba de obtener dinero del misionero con la excusa de construir una capilla. Ya se había guardado en su bolsillo 20.000 pesos que le habían sido remitidos desde la Capital Federal para su construcción. Recuperada la libertad, el misionero construyó los caminos para traer los postes y otros materiales para la construcción de la capilla de Chos Malal, ésta se inauguró el 8 de diciembre de 1888.
Desde 1902 y hasta 1906 se encuentra en ltalia y en México, buscando fondos para las misiones.
En 1913 realizó sus últimas excursiones prolongadas. Resentida su salud, vio grandemente disminuida su posibilidad de acción. Se retiró a Viedma el año 1914, afectado de un reumatismo, un año después lo enviaron al Colegio Pío IX de Buenos Aires.
En 1920, se retiró al estudiantado de Bernal donde terminaría sus días. Sin embargo, no olvidó a los pueblos indígenas de la Patagonia. Por ellos siguió llevando adelante ingentes gestiones ante el Estado para lograr la propiedad de las tierras que ocupaban y defender sus derechos. Ese mismo año predicó en mapuzungun en una misa que se llevó a cabo en la Basílica de San Carlos y María Auxiliadora, con motivo del primer Congreso Nacional Indígena en el que tomaron parte delegados y caciques de distintas agrupaciones. En ese congreso se fundó la Asociación Nacional de Aborígenes (ANA) y tuvo repercusión en el Bolettino Salesiano, en su edición de noviembre de 1920.
Trabajó hasta el final de sus días, redactando sus memorias. Murió en Bernal, el 19 de noviembre de 1922, a los 79 años de edad, 49 de sacerdocio y 53 de profesión religiosa. Los restos mortales del “Patiru Domingo”, como lo llamaban los originarios, reposan en el templo parroquial Nuestra Señora de las Nieves de Junín de los Andes.