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Stefenelli, Alejandro
AR-AHS ARS/BB ISAAR 4.SA · Person · 1864 - 1952

Alejandro De Stefenelli nació en Fondo, Val di Non, Trento, Italia, el 15 de diciembre de 1864. Fue el séptimo de doce hijos del doctor Enrique De Stefenelli y Catalina De Stefenelli. Su padre, quien ejercía la profesión de médico comunal, falleció cuando Alejandro tenía once años. Tres meses más tarde falleció su mamá. Él y sus siete hermanos (cuatro fallecieron tempranamente) quedaron al cuidado de su tío paterno, Guido De Stefenelli, sacerdote, quien se preocupó de que sus sobrinos recibieran una esmerada educación.
En la mente joven de Alejandro se encontraban y oponían varias tendencias con respecto a su futuro. Amante de la matemática, la mecánica y del arte de construir, deseaba ser ingeniero, pero a menudo se veía misionero en países lejanos, predicando y a la vez, construyendo casas, hospitales e iglesias.
Su párroco, que era Cooperador Salesiano, le habló de don Bosco y le propuso que vaya a vivir y estudiar en el Oratorio de Turín. Su tutor, el tío Guido De Stefenelli, se opuso terminantemente considerando que ni el ambiente ni el cura turinense tenían el nivel social que quería para su sobrino. Pero Alejandro y el párroco insistieron hasta conseguir el permiso para llegar a Turín a modo de prueba: iría a conocer a Don Bosco y ver si se adaptaba a la forma de vida del Oratorio. Como reaseguro llevaba en su bolsillo el dinero para comprar el boleto de regreso.
Alejandro De Stefenelli ingresó en el Oratorio el 15 de marzo de 1879. Evidentemente, el estilo de vida era muy diferente al de su casa: la pobreza y austeridad, la dieta poco atrayente, la rusticidad de los utensilios de latón y madera chocaron con sus costumbres señoriales. Incluso el clima de Turín le generó serios problemas de salud en la piel y consecuencias pulmonares. Pero el ambiente de estudio y alegría y el acompañamiento espiritual de don Bosco, terminaron definiendo el camino a seguir.
Según las costumbres de la época y con diecisiete años de edad, el 4 de noviembre de 1881, recibió la sotana de manos de don Bosco y el 11 del mismo mes inició el noviciado. El 7 de octubre de 1882 hizo su profesión perpetua. En 1884 terminó sus estudios de filosofía, al tiempo que había profundizado en sus ciencias preferidas: matemática, física y química.
Don Bosco y monseñor Juan Cagliero, recientemente designado Vicario Apostólico de la Patagonia septentrional y central, recibieron del padre Denza, barnabita de Moncalieri - insigne físico y astrónomo - la solicitud para que los Salesianos fundasen en la Patagonia una red de observatorios metereológicos. Ante esta propuesta, Don Bosco eligió a Alejandro De Stefenelli para capacitarse como meteorólogo.
El 1 de febrero de 1885, partió con Juan Cagliero hacia la Patagonia. Durante el viaje desde Marsella a Buenos Aires, Stefenelli, que ya había renunciado al “De” de su apellido señorial, tuvo que cambiar el lugar de su destino misionero, de Tierra del Fuego a Carmen de Patagones.
El 8 de junio de 1885 arribó al muelle de Carmen de Patagones. Instaló el observatorio e hizo estudios climatológicos de la región. En el último semestre de 1885 el observatorio funcionó con regularidad, cumpliendo sus tres observaciones diarias, con los cálculos respectivos y enviando los registros al padre Denza, en el Observatorio Moncalieri.
Stefenelli realizaba las puntuales mediciones sin interrumpir sus numerosas horas de clase en el colegio “San José”. Sus colaboradores fueron los marinos de la guarnición en el puerto de Patagones, particularmente el comodoro Martín Rivadavia, jefe naval del puerto.
El de Patagones se convirtió en el primer observatorio permanente y técnicamente organizado de la Patagonia, lo que en 1887 le valdrá al clérigo Stefenelli, el diploma de Socio Efectivo de la Sociedad Meteorológica Italiana.
En ese mismo tiempo, tal como lo hacían los misioneros itinerantes, recorrió a caballo el valle inferior del río Negro. Y, en 1888, remontándose en barco, acompañó al padre Andrés Pestarino al fuerte General Roca, que entonces era un pequeño pueblo-guarnición de apenas mil habitantes.
En 1889 fue ordenado, con pocos días de diferencia, subdiácono, diácono y sacerdote, de manos de monseñor Cagliero en Carmen de Patagones. Fue la primera ordenación sacerdotal al sur del Río Colorado.
Él mismo se ofreció para quedarse como capellán permanente del fuerte General Roca. Consciente de que no sería tarea fácil relata en sus memorias: “preparé cuatro caballos, puse en mis alforjas el altar portátil, objetos de devoción, catecismos, medicinas y la máquina fotográfica”. La primera noche durmieron en el suelo con los aperos. Al día siguiente, les regalaron dos bolsas; las que llenaron de pasto y en adelante fueron sus “cómodos colchones”.
Y sigue recordando el misionero en sus memorias:
“Era urgente preparar la escuela tanto más que la del estado estaba cerrada por falta de maestro. Con diez tablones construí cinco bancos con patas clavadas en el piso que servían para los alumnos y los fieles. Un cajón vacío sirvió de púlpito para la sacristía. Así, con una silla para el maestro, la escuela fue inaugurada el 20 de julio con catorce alumnos, que a fines de agosto, fueron ya veintisiete.”
Y con un proyecto apenas iniciado, comenzó a planificar otro... Había muchos niños abandonados que vagaban por el pueblo y, analizando la potencialidad que ofrecía la naturaleza, sintió la necesidad de fundar una escuela de agricultura, considerando que sería mucho más útil que una escuela de artes y oficios.
Las fechas siguientes dan una clara impresión del ritmo de trabajo de aquellos tiempos fundacionales: en 1889 el padre Stefenelli pone en marcha no solo el colegio San Miguel, sino también la primera parroquia de General Roca. Ese mismo año, un estudio minucioso realizado por el ingeniero Francisco Dehais, registra que “el cura realiza el primer riego en todo el alto Valle de Río Negro. Con una noria construida con tachos de cinco litros comprados en Buenos Aires alcanza a regar seis hectáreas de los lotes 255 y 256, de cien hectáreas cada uno”.
En la Pascua de 1890 se bendijo la piedra fundamental de la nueva iglesia de San Miguel. Ese mismo año, 18 de julio, con un carromato que le prestaron en Patagones y una tropilla de caballos, también prestada, llevó hasta General Roca a las primeras Hijas de María Auxiliadora que luego fundarían el colegio para las niñas. En 1894 inaugura la iglesia de San Miguel.
A comienzos de 1895, Stefenelli consiguió una audiencia en Buenos Aires con el Presidente de la República José Evaristo Uriburu. Con diez años de estadía en el país, el joven misionero ya puede presentar al primer mandatario una memoria de su actividad y algunos proyectos. Lo hace de esta manera:
En numerosos viajes de excursión tuve la ocasión de conocer palmo a palmo las riberas de los ríos Negro y Colorado y desde entonces sueño con ver transformadas aquellas tierras en preciosos centros agrícolas, activados por laboriosos agricultores que disfrutando de las aguas corrientes, enriquecerían a sus hogares y al país.
En septiembre del ´88 llegué por primera vez a la colonia de General Roca. Aquel embrión de canal que se acababa de abrir decía cuán fácil hubiera sido darle proporciones suficientes para regar las cuarenta mil hectáreas que constituyen los lotes rurales de la colonia, de suerte que, ayudado por la nivelación natural de esos terrenos, fácilmente transformaría estos arbustos amarillentos en lozanos pastizales y verdes trigos y, el espinoso piquillín y el alpataco, en árboles frutales, viñedos y olivares.
Desde luego me di cuenta de la necesidad de preocuparnos no solo de la educación intelectual sino también de dar una profesión o un oficio a los numerosísimos niños desvalidos de aquellas regiones y con permiso de mi Superior, a costa de importantísimos sacrificios, por ser extremada la pobreza de aquella Misión, y antes de tener casa para el misionero, se pensó en tener terreno para una futura escuela de agricultura práctica a beneficio de los niños pobres”.
En 1896, con la intención de ampliar la superficie de riego, Stefenelli compró en Barracas al Sud (la actual ciudad de Avellaneda, al sur de la Capital) un motor a vapor de catorce caballos que pesaba seis mil kg y una bomba de diez pulgadas de diámetro para elevar trescientos metros cúbicos de agua por hora. Con enorme esfuerzo logró trasladarla, primero en barco hasta Patagones y luego en grandes carros tirados por veintiséis bueyes que recorrieron a la rastra, durante veintisiete días, los 620 km restantes hasta Roca. Fue la primera bomba de agua en el alto Valle.
En 1898 con una ayuda recibida del General Roca, que por segunda vez había asumido la presidencia de la nación, Stefenelli consiguió abrir un nuevo canal.
Cuando el cura le comunicó la noticia, el presidente le respondió con un telegrama diciendo: “si alcanza a mantener con agua el canal durante cuatro meses, le doy mi palabra de que le enviaré el mejor ingeniero para construir el canal definitivo”. El cura lo consiguió y el presidente cumplió. Así fue que poco después arribó al Valle del Río Negro el ingeniero italiano César Cipolletti. Enseguida trabó amistad con el cura que lo hospedó durante algunos días y fue el encargado de acompañarlo en las recorridas de reconocimiento y estudio de la zona.
En 1899 todo estaba listo para estrenar el nuevo edificio del colegio San Miguel con la presencia del presidente Roca, que atravesaría en tren el Valle del Río Negro inaugurando las nuevas estaciones del Ferrocarril Sud. Pero apenas antes de la fecha fijada una terrible inundación -provocada por los deshielos en la cordillera- no sólo impidió cualquier festejo sino que arrasó con la pequeña población de la que sólo el nuevo colegio y apenas un poco más quedó en pie cuando bajaron las aguas. Las crónicas del colegio San Miguel recuerdan aquellas horas críticas, con el rescate de los más pequeños en carros, subiendo hasta lo más alto de las bardas, desde donde se escuchaba el rugir de las aguas caudalosas arrasándolo todo. Con lo poco que lograron rescatar a las apuradas, improvisaron un campamento en lo alto de la barda durante quince días, racionando los alimentos y cocinando en grandes fogones que también servían para aliviar el frío. Después, el padre Stefenelli consiguió alquilar carros para trasladar a niñas, niños y hermanas. La caravana tardó siete días para llegar hasta Choele Choel, y varias horas más en tren hasta Bahía Blanca. Los colegios María Auxiliadora y La Piedad se organizaron para albergarlos a todos durante varios meses, hasta que bajaron las aguas y pudieron regresar.
Comenzar todo de nuevo no fue tarea fácil. Pero Stefenelli no era hombre de achicarse a la primera contradicción. Después de la gran inundación, el pueblo nuevo de General Roca se reconstruyó en una parte más alta y segura, a 5 km de la ubicación anterior.
Contra la opinión de muchos, apostó a quedarse en el lugar en el que estaba Roca antes de la gran inundación, confiando tozudamente en que la población se restablecería allí cosa que finalmente no sucedió.
Con dificultad, tanto el colegio como la escuela de agronomía práctica fueron retomando su ritmo hasta que un decreto del presidente Roque Sáenz Peña, fechado el 30 de diciembre de 1912, impuso el desalojo de todas las tierras del colegio agrícola, para instalar allí una estación experimental de agronomía.
Stefenelli viajó a Buenos Aires intentando hacer volver atrás una decisión que le resultaba incomprensible. Lamentablemente no lo logró y la primera escuela de agronomía de la Patagonia terminó siendo expropiada por el gobierno.
Quien había superado el desprecio total en sus inicios, la inundación devastadora e incluso atentados contra su propia vida, no pudo soportar el disgusto que le provocó esa decisión arbitraria del gobierno. Desalentado recaló en Bahía Blanca, donde en poco tiempo levantó la torre de la Iglesia del Sagrado Corazón junto al colegio Don Bosco. Fue su despedida de la Argentina.
Después de casi tres décadas en la Patagonia, partió definitivamente a Italia.
Vivió primero en su pueblo natal, en el Trentino, durante los horrores de la Primera Guerra Mundial ejerciendo su ministerio sacerdotal y ayudando en el cultivo del campo a tantas familias pobres que tenían a los varones enrolados en las filas del ejército.
Finalizada la guerra, su destino fue la Escuela Agrícola de Mandrione, que los Salesianos levantaron en las afueras de Roma para los huérfanos de la guerra.
Desde 1927 a 1929 se desempeñó como administrador en Rovereto colaborando con la fundación de la obra salesiana en esa ciudad. Luego pasó al aspirantado “María Auxiliadora” en Trento donde permaneció durante 23 años hasta su fallecimiento el 16 de agosto de 1952 a la edad de 88 años.
En 1933 la antigua estación de ferrocarril “Los Perales”, vecina a General Roca, fue rebautizada en su homenaje con el nombre de Padre Alejandro Stefenelli.
En sus memorias, que redactó en sus últimos años, dejó escrito: “el lugar donde se ha consumado lo mejor de nuestra vida, no puede menos que ser nuestra verdadera patria”.

Bonacina, Pedro
AR-AHS ARS/BB ISAAR 4.BP · Person · 1859 - 1927

Pedro Bonacina nació en Oggiorno, Como, Italia, el 8 de noviembre de 1859. Cursó sus estudios eclesiásticos en el seminario diocesano de Milán donde se ordenó sacerdote el 23 de junio de 1882. Ocupó el cargo de vicerrector, con la responsabilidad de administrador. Hubo un déficit en la contabilidad del seminario y lo culparon, tanto que huyó de Milán. Llegó a Turín y Don Rúa lo ayudó, lo embarcó a América. En enero de 1886, llegó al colegio Pio IX de Buenos Aires y comenzó el noviciado salesiano.
En 1887 visita la zona del río Colorado. En 1889 Cagliero le confió la fundación de dos casas en Pringles, hoy Guardia Mitre, una para los salesianos y otra para las Hijas de María Auxiliadora. Allí trabajaba como maestro en el Colegio "Ángel de la Guarda" de Guardia Mitre, y hacía largas excursiones por los campos.
En aquella comunidad de Pringles: las hermanas amasaban el pan para todos y lo cocinaban en un horno de barro hecho por los Salesianos. En las chacras cosechaban hortalizas abundantes. En algún puesto de la zona, el padre Bonacina conseguía una oveja cada semana, con lo que tenían suficiente alimento para vivir.
En 1892 en una misión por Valcheta encuentra a la tribu de Sayhueque. El padre Pedro Bonacina escribió:
Fuimos también a los toldos de Sayhueque, que a la sazón estaba de paso para Valcheta. ¡El cacique! ¡El gran rey del tiempo! ¡El príncipe del desierto!… El actual Sayhueque ya no era el de antes. (...) algo conservaba de su altivez y poderío de rey de las pampas. El Cacique se me presentó ya viejo, decaído, aplastado, desgarbado, zurdo, sin ninguna dignidad… Eso sí, de a caballo se engrandecía, se percibían los rastros de su perdido imperio y autoridad. Pero de a pie no era más que un indio viejo, un león desmelenado…
En 1892 el Vicario Apostólico le confió una difícil misión en Rawson, la capital del Chubut, que no era más que una aldea. Organizó la parroquia, y poco a poco, logró amigarse con católicos y protestantes, que al principio, fueron muy hostiles con él. En 1894 realizó giras apostólicas por Choele Choel, Chañares, Chimpay, Chichinales, General Roca y el cauce del Río Negro en que impartía sacramentos.
En 1895, hizo su profesión perpetua en Viedma y a solicitud de Cagliero, se trasladó a Fortin Mercedes, a orillas del río Colorado. El padre Pedro Bonacina lo visitaba desde 1887, asumió como director en 1895 y se quedó por más de 20 años.

En sus memorias narra…
Fortín Mercedes. Principios. Estamos en pleno desierto. Los habitantes están diseminados a grandes distancias unos de otros. En Fortín Mercedes había una casa de comercio y la estación telegráfica. En total dos familias. El 29 de junio tomamos posesión de unas 20 hectáreas de terreno en la costa del río, que ocupaban parte del antiguo fuerte en destrucción, pensando en levantar un espacioso colegio sobre una colina, desde la que se puede ver el valle y la campaña circundante. No hay señal de civilización alrededor. Sólo el hilo del telégrafo nos mantiene unidos con el resto del mundo y la galera o correo nacional que de 10 en 10 días pasa en un azaroso viaje cruzando la pampa argentina.
El Sr. José Luro, donante de la tierra y de los materiales, hizo que, con la aprobación del Vicario Apostólico, el 16 de julio de 1895 bendijera el inicio de las obras.
Se fundó un colegio con internado para la educación de un elevado número de niños, hijos de colonos, peones y estancieros. También supo ser hospital, correo, servicio meteorológico, lugar de capacitación agropecuaria y de distribución de semillas y, espacio de encuentro para todos los vecinos en aquellos años.
En el Boletín Salesiano de 1910, el padre Bonacina informa sobre las actividades pastorales, educativas y productivas que se desarrollaban en Fortín Mercedes. La noria podría abastecer de 400 m cúbicos de agua en 24 h. Así obtenían el riego para el cultivo: tenían uvas, cerezos, ciruelos, granados y hasta algodoneros.
En Fortín Mercedes construyeron islas con puentes y jardines, donde todos eran recibidos, particularmente las personas más humildes, tratadas como si fuesen viejos amigos; esos lugares eran la delicia de escolares, vecinos y peregrinos.
Bonacina era un hombre muy sacrificado y trabajador, habilísimo agricultor. Demostró, cuán fértiles eran las tierras de la zona, que, racionalmente trabajadas y cultivadas, se convertían en un oasis, ganando espacios al desierto. Enseñó a la gente a aprovechar el agua del río, a alimentarse también con pescado y no tan solo de carne, a cultivar frutas y verduras.
No existiendo ni el más humilde dispensario de primeros auxilios, también debió ejercer de médico local y hasta de cirujano, ya que, los enfermos debían viajar a Viedma o a Bahía Blanca por territorios sin caminos. Ante esta situación, el padre Pedro se proveyó de libros de medicina y se pasó largas noches, a la luz de una vela, estudiando para adquirir conocimientos médicos.
Estableció una farmacia y al llegar al atardecer de cada jornada visitaba a los enfermos para ofrecerles medicinas y animarlos con su palabra de consuelo.
A principios de 1908 hubo una epidemia de escarlatina que llegó a los colegios de Fortín Mercedes, el P. Pedro hizo intervenir al P. Garrone, pero ante la muerte de 6 alumnos se decidió la clausura de ambos colegios.
En 1915, el padre Pedro pasó a Carmen de Patagones para regir el Colegio y la parroquia del lugar. Ahí continuó trabajando al cuidado de los pobres que acudían para recibir su ración de víveres, que el párroco distribuía personalmente.
Cuando hubo necesidad de personal en la obra salesiana de Junín de los Andes, el padre Pedro, aunque ya escaso de fuerzas, aceptó. Manifestaba que le recordaba sus mejores años de misionero. El 24 de septiembre de 1927, falleció.
En una carta del padre Zacarías Genghini encontramos este relato:
No sé cómo describir el acompañamiento al cementerio. Fue una apoteosis, un triunfo más que un entierro. Estaba todo el pueblo de Junín, todas las autoridades, los comerciantes cerraron las puertas de los negocios, había estancieros, industriales, trabajadores, más de sesenta niños acompañando la cruz parroquial, las asociaciones de Angelitos, Hijas de María, Sagrado Corazón, María Auxiliadora, cada una con su estandarte enlutado, caballeros que vinieron expresamente de San Martín de los Andes para el acompañamiento fúnebre. Fue el primer y único entierro que acompañaron todos los pobladores de Junín. Una prueba que manifiesta el aprecio y veneración que tenían al padre Pedro, fue la propuesta y resolución espontáneamente manifestada de querer edificar ellos mismos un panteón y revestir de zinc el ataúd, para la mejor conservación de los restos.
(...) Tanta concurrencia, el silencio y devoción que los acompañaron en el trayecto desde la iglesia al cementerio, animó al suscrito a dirigirles la palabra e instarlos a practicar los sabios y saludables consejos que recibieron del malogrado padre Bonacina.
Fuente: Carta particular que el padre Zacarías Genghini envió al superior de la misión, padre Manachino. Periódico Misiones de la Patagonia. Colegio Salesiano de Viedma. Año III. Octubre de 1927, N°26
Los restos mortales del padre Pedro Bonacina descansan en el precioso Santuario de María Auxiliadora de Fortín Mercedes.